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20 dic. 2011

EL REGALO por María Elena Garay



A los tres años, me trajiste un muñeco enorme, suave como el terciopelo de los capullos tiernos, con ojos de opalina azul que se hamacaban delante de mi asombro.
A los seis, la aventura montada en la vereda con dos rueditas cuidadoras, rodillas lastimadas, la total libertad de la siesta con el sol latiendo en mis mejillas.
A los quince, me trajiste la ilusión envuelta en un tirabuzón de giros, brillos, gasas, un zapato con el taco roto y quince rosas rojas sin espinas.
A los dieciocho, un quintal de mariposas volándome por dentro, los labios húmedos y ajenos explorando mis poros y la maravilla de la sed.
A los veinticinco, me trajiste la felicidad del domador de tempestades, los acordes de otro vals en el centro del anillo de oro, azahares en el pelo y la esperanza del para toda la vida.
A los veintiocho, un vientre tirante como uvas, el rayo que partió la tierra, el miedo de estar viviendo un sueño, el sueño de las mamaderas nocturnas, la cuna rosa y sus manitas...

5 dic. 2011

FRAGMENTO DE LA NOVELA "LA PATA DE CABRA"


                                                                         LOCOS DE AMOR                                                     
No, nada llega tarde, porque todas las cosas  
tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas;
sólo que, a diferencia de la espiga y la flor,
cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor...
...Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada,
que era como la llave de una puerta cerrada.
Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor, 
 ni siquiera entonces llegó tarde el amor.
                                                                                     José Ángel Buesa 

Cobijo entre mis brazos a este hombre que se me ofrece desnudo, absolutamente vulnerable. Le acaricio el cabello. Lo dibujo con la yema de los dedos. Ahora duerme tranquilo, sereno, inofensivo. Ha quedado quieto el deseo. Sólo me une a él la ternura y el saberlo tan carente de  afecto como yo. Lo siento respirar sobre mi pecho, tan mío, buscando aún en sueños mis caricias. Es como un gato acurrucado en los brazos de la persona en quien confía. No desconfía de mí. No sabe de mis remordimientos, ni de mis debates entre este hombre que ahora me cautiva, me consume, y ese otro que por momentos me amedrenta hasta el miedo más íntimo. ¡Cómo logro eternizar este momento, atraparlo en el tiempo! Conservarlo así, débil, frágil, sin una sola de sus máscaras. O la que tiene ahora es otra,

20 nov. 2011

PASAN LOS COMEDIENTES por María Elena Garay




Cada vez que morimos, ganamos más vida.
 Las almas pasan de una esfera a otra sin pérdida de personalidad,
y se hacen más y más brillantes. Víctor Hugo.
                                                 

                                                 I

Pasarás en el carruaje, con los demás artistas, ataviados con sus trajes de tafetán y terciopelo. Seguramente dormida, arrebujada en tu propia pollera, ancha, pesada y llena de polvo de camino.
Conozco la Comedia de memoria sin haberla visto nunca. Recito tus párrafos enteros. Al final de la función los cortesanos te llenarán de halagos, y los bufones del rey anunciarán varias veces tu salida. Al imaginarte tocaré el cielo.
Pero sólo estaré oculto en la espesura del bosque, fisgoneando entre las matas el paso del carruaje. Por días y días habré tratado de colarme en el palacio, en vano. Me quedaré esperando, sólo con la compañía de mi perro, entre las matas.
Antes habré recorrido otros pueblos y llegaré siempre cuando te hayas ido. Mi vida será el purgatorio de vagar, pobre campesino, buscándote sin encontrarte.
Hasta que un día el carruaje llevará cintas ondulantes. Serán blancas y reirás, tomada del brazo de Virgilio. Feliz, recién casada. Entonces me internaré por un largo tiempo en el infierno, mi pequeña, mi lejana Beatriz

.                                                    II

Has de mirarme con mal disimulado asombro, y te recostarás blandamente sobre la cama. Esa mañana habremos de correr sin aliento por las calles, como dos desangelados, y nos contaremos otra vez la historia de nuestro encuentro al pie de la torre Eiffel, cuando decididamente te llamé Beatriz y vos respondiste como si nos conociéramos de toda la vida. Y reiremos recordando mi primera frase para seducirte: - Te estaba aguardando en el infierno.
Por la tarde irás a tus ensayos de teatro y yo te esperaré con los ojos cerrados, soñándote en el sillón a rayas celestes y amarillas. Cuando vuelvas, la alfombra nos acariciará la espalda, mientras Van Gogh nos tira girasoles desde el cuadro y mi perro te lame la cara, como siempre.
La vida, escamoteando de a poco a tu carne su esplendor, cruel enfermedad, no ha de separarnos.
Partiremos de noche. Siempre estamos partiendo. Habrás preparado la cama con las sábanas más finas, la música será suave y nuestro perfil, imperceptible.
Entonces brindaremos por la eternidad y beberemos confiados el último trago. El del veneno. Del mismo vaso. Será en la madrugada, veinte segundos antes de que nuestros cuerpos se tensen al unísono, en un acorde final.

4 nov. 2011

RECUERDOS EN SEPIA por Carmen Nani

La tarde cumple su ciclo, y como cada año él también su ceremonia. Saca una fotografía de la caja que le pidió a la enfermera. La caja está poblada de imágenes y de recuerdos. El espejo que duerme en el fondo, los multiplica.

-         Vamos adentro abuelo, le dice mientras prepara la silla de ruedas.
-         Está muy fresco y le puede hacer mal -
” ¡Qué insolente! ¡Tratarme de viejo!”  El anciano aprieta los apoya brazos del sillón de mimbre con bronca. Las manos empalidecen. No se mueve ni guarda la foto.
-         ¿Es su hijo, abuelo?, la mirada del viejo se endurece. No la mira. La  enfermera entiende que ha hecho la pregunta equivocada.
“¡Qué Estúpida! ¡Quién querría ser su propio hijo!” El viejo se mira en la foto.

Cuarentón, bien parecido. Se examina los dientes con detenimiento. Se evalúa frente al espejo, como siempre. La piel suave. Loción para después de afeitar. Se peina. Después, sacude  levemente el pelo para darle naturalidad. “Bastante bien, no cualquiera”, piensa mientras se calza la campera de cuero y sale del departamento. No imagina que acaba de contemplar su imagen por última vez. No sospecha que ese que vio, solo será un recuerdo que no volverá a encontrar  en ningún espejo

21 oct. 2011

INÚTIL RECORDAR por María Elena Garay


La creación de Adán (fresco de Miguel ´
Angel)
 Todo lo que se da llega a destiempo
No existe otra manera
Entre el ojo y la mano hay un abismo
Jorge Boccanera


Inútil recordar. Lo tenía tan claro en el comienzo de su travesía. Sabe que ha salido a buscar algo importante; ha caminado por días y ahora la fiebre lo confunde. Recuerda vagamente el castaño profundo de los troncos de árboles altísimos, sus ramas color gris plateado, las siluetas temblorosas entre las piedras, y el cielo azul. Añora la humedad, los estuarios de los ríos que se apresuraban a los pantanales.
Camina por una altiplanicie escarpada; el viento es helado y la arena se adentra en cada paso en las llagas de sus pies. Un dolor punzante como espinas. Sí, recuerda las espinas de los arbustos que dejó atrás; se ha pinchado y ha sentido el sabor de su sangre en la boca; ahora está reseca y el calor y la fiebre lo enajenan. Si tan sólo hubiera venido con uno de sus hijos. Está solo, hace mucho tiempo que está solo.
Se detiene a descansar un momento. Cómo olvidarse por qué ha caminado tanto. Se le viene a la mente la madre de sus primeros hijos, tan lejana que no recuerda el color de su pelo. ¿Negro, castaño? Aparece la paleta multicolor de las cabelleras de todas las mujeres que lo amaron. Tan amado y tan solo. Se levanta y camina un trecho más: pasando la meseta encontrará lo que busca, lo sabe y sigue casi sin aliento ya.
No se equivoca; tras el horizonte, una gran bajada lo apura a un terreno lleno de gomeros, mangles y helechos. Los cálices de las orquídeas le dan agua y toma el fruto delicioso de las moreras. Escucha el canto de los pájaros y el bisbiseo de las serpientes. Está en terreno conocido: se lo dicen los gritos de los monos y la furiosa hermosura de las plantas carnívoras. El sol está desapareciendo por la hora y la espesura; se tiende a dormir en un lecho de raíces leñosas, tapizado de musgos.
De pronto aparece una mujer, ella lo acaricia con una piel más suave que la de sus mujeres; una tibieza dulce lo golpea como gotas de lluvia y comprende que es su madre, y es a ella a quien buscaba. La fiebre ha cesado, ya no siente cansancio.
El hombre la mira como si fuera la primera vez, no la recuerda tan hermosa; no la recuerda. Tiene tantas cosas para preguntarle; él ha olvidado todo y ella tendrá que decirle cómo fue su infancia, cantarle las canciones de cuna, repetirle los cuentos, confesarle qué frutos ponía a los potajes que lo hicieron fuerte y añoso. Quiere recuperarse a sí mismo ¿Por quién sino por su madre?
El hombre luego, contará su historia, esa que ha olvidado, a sus hijos que son abuelos y a los hijos que vendrán. Y les hablará de ella, su madre, que ahora le está acariciando la cara y secando las lágrimas. Tienen tanto tiempo para estar juntos y su cansancio es tan grande; se acurruca en su regazo, contra su pecho, como un niño, y se duerme. La ha encontrado.
El sol aparecerá al día siguiente por entre las hojas gris plateado de los árboles del paraíso y Dios, desde lo alto hablará: He cumplido contigo, Adán; te he dado en el último sueño lo que tanto me reclamabas.


5 oct. 2011

LA FIGURA DE UNA MADRE

Como el próximo 16 de octubre se celebra el día de la madre intenté buscar información sobre la figura de la madre en la literatura. Para mi sorpresa y desilusión, mucho de lo que encontré, está bañado de un halo de tragedia y de muerte. La mayoría, asocia el recuerdo de la madre con un sentimiento de devastación, si  tenemos en cuenta la vida de sacrificios  que la generación de nuestras madres debió soportar, o de callosidad si nos referimos al residuo que aquel padecimiento dejó en nosotras. Un ejemplo de esto es la novela de Laura Esquivel “Como agua para chocolate.” Tita, la protagonista está condenada a la soltería a pesar del amor que siente por Pedro porque una tradición familiar le impone, como la menor de las hijas, cuidar a su madre hasta que ésta muera. Una madre que esta muy lejos de ser el estereotipo amoroso que cada quién puede concebir en su imaginario. Por el contrario, es una mujer dura, absolutamente egoísta que no duda en hacer de la vida de Tita un verdadero calvario. Pedro deberá buscar una solución de compromiso para estar cerca de Tita, casándose con su hermana Rosaura. La situación va generando una tensión agridulce que llenará todo el relato de acercamientos y desplantes, de dolor y esperanza. ¿Por qué mamá Elena es tan resentida y descarga toda su frustración en Tita? Como le pasa a todas las mujeres: por una pena de amor. Tita descubre que su otra hermana, Gertrudis no es hija de su padre cuando Mamá Elena es violada por unos asaltantes y Tita tiene que regresar para atenderla. Mamá Elena no acepta ni la ayuda ni los caldos  de Tita y muere a consecuencia de sobredosis de los purgantes que toma para evitar ser envenenada por ella. Es entonces cuando Tita descubre las cartas que cuentan la historia de amor de su madre y el padre de  Gertrudis.  Una novela que incursiona en el realismo mágico pero que arranca todo lo mágico que el amor de una madre puede lograr.
1914. Arde Europa. El archiduque Francisco Fernando ha sido asesinado en Sarajevo y brotan en el mapa las manifestaciones de una guerra que se convertirá en la mayor conflagración de todos los tiempos y se llevará millones de jóvenes vidas. ¿Qué relación hay entre el archiduque muerto y los hijos de Ana, humildes campesinos de Eslovenia? Ladislav, Janez, Josef, Franz y Ferdo: uno a uno la madre los verá partir, con el ardor juvenil en los rostros, hacia lo desconocido. ¿Cómo encontrar belleza en el horror? ¿Acaso alguien podrá rescatar de ese infierno el derrotero de sus vidas y reconstruir el vaivén de sus destinos? Ana, la madre amorosa que vio crecer a cada uno de sus cinco hijos y que enloquece de dolor al comprobar que la guerra lo ha tragado a todos. En “El oso de Karantania” de Cristina Loza, la madre representa ese amor incondicional,  ese amor que espera en silencio el regreso de sus hijos; ese mismo amor que la llevará a la peor de las muertes: sin los que  ha engendrado y en la más absoluta soledad. La madre es en este caso sinónimo de dolor.
Si buceamos en el cine,

21 sept. 2011

BESOS QUE DAN VIDA por María Elena Garay


Hay fotografías que perpetuaron un momento y pasaron a ser íconos de una época: la foto del Che Guevara tomada por Alberto Korda el 5 de marzo de 1960 o la de Albert Einstein sacando la lengua a la cámara, (14 de marzo de 1951) de Arthur Sasse, que nos devuelve una visión cómica y desenfadada del genio. Y tantas otras…
Una en particular me conmueve: la que tomó el fotógrafo Alfred Eisenstaedt el 14 de agosto de 1945: un marinero besa a una enfermera que pasa por la neoyorquina plaza de Time Square. Ese día el presidente de EEUU Harry S. Truman anunció la rendición incondicional de Japón y el final de la Segunda guerra mundial. (La rendición fue el 15 pero por la diferencia horaria, se registró en EE UU cuando todavía era 14). La foto dio la vuelta al mundo. La enfermera, identificada después, era Edith Shain, quien falleció el año pasado a la edad de 91 años; no se sabe la identidad del soldado. Cada año, parejas estadounidenses celebran con un beso multitudinario el fin de la guerra, junto a la estatua que reproduce el famoso beso en la misma plaza. Para ellos esa foto es el símbolo del V.Day (Día de la victoria sobre Japón).
Para mí esa foto representa la victoria del amor sobre la guerra, la alegría sobre la destrucción, de la razón sobre el desquicio, Eros en contra de Tánatos.
En agosto de 2010, EEUU anunció el cierre de su campaña militar en Irak. ¿Los marines vuelvieron a sus casas? Quedan atrás las armas de destrucción masivas nunca encontradas, la tortura en la cárcel de Abu Graib, cincuenta mil soldados estadounidenses caídos y cientos de miles en el país invadido (entre civiles y militares) ; un millón y medio de desplazados. Ante tamaño escenario de masacre me gustaría ver fotos, miles de fotos como las del V. Day, con los soldados de ambos bandos celebrando estar vivos, con un beso. (De hecho hay un mito egipcio en el que al besar se da vida a los muertos) Los besos de las esposas, novias, madres, hermanas que sufrieron los siete años y cinco meses que duró esta atroz guerra, delirio de un loco que escuchando la palabra de Dios (Bush), en marzo de 2003 cacareó una victoria en 40 días.
Pero me temo que eso no será posible, no totalmente. Quedan en Irak más de 50.000 soldados en la Operación Nuevo Amanecer. Y muchos de los que se fueron con su equipo bélico, fueron llevados a Afganistán donde sigue la lucha y persecución contra los talibanes y al Al Qaeda. Besos postergados, abortados, imposibles.
Y me gustaría ver en grandes murales los besos que se dieron en los 60 y 70 las parejas que se opusieron a la guerra de Vietnam. (¿No aprenderán nunca de las derrotas?) Al final tenían razón esos loquitos pelilargos que desde Woodstock proclamaban hacer el amor y no la guerra. ¡Qué sentido tenían aquellas fotos también íconos de Jhon Lenon y Yoko Ono en la cama!
Por ahora, el afán imperialista y armamentista de los “dueños del mundo” sigue renovando conflictos, negociando con el petróleo, las armas y con las drogas; sigue la ruleta rusa con los seres humanos.
Mejor, sigo con los besos. Más aún: los besos en el arte. Los artistas representan la pasión de un beso de amor (su propio sentimiento) de diversas maneras: Imposible olvidar la estatua de El beso de Rodin, esculpida en mármol (1888). Aunque en realidad la imagen femenina representa a Francisca de Rímini, personaje del Infierno de Dante, me la imagino a su amante, la también escultora Camile Claudel. La posición de los cuerpos desnudos, la torsión de los músculos, la pasión que de ellos emana, emociona, encandila; mirarla en directo (mide 1,90 por 1,20 por 1,15) debe ser soberbio.

5 sept. 2011

EL AVISO, de Carmen Nani


“Mirá Sara, no sos la única  que reclama ternura”, dijo Tomás mientras leía el diario del domingo. “¿Qué decís?.” “Nada, es una broma.” ”Para variar, una broma que solamente vos entendés”, contestó Sara mientras doblaba la ropa. Estaba cansada, aburrida, y él se daba cuenta, de eso estaba segura, pero se hacía el oso, le convenía. Era más fácil dejar las cosas como estaban; siempre enfrascado en la lectura, sino era el diario, era un libro, o cualquier cosa que cayera en sus manos y que por supuesto tuviera letras. Al principio creyó que leía por pasión, pero con el tiempo comprendió que lo hacía por comodidad. Tomás prefería un libro a una charla, porque  frente a un libro era dueño de la verdad, el libro no tenía la posibilidad de contradecirlo. Por eso Tomás leía. ¿Y ahora qué hace? pensó Sara mientras veía que su marido buscaba algo. Había dejado el diario sobre la mesa y tuvo la impresión de que había señalado algo. Por primera vez sintió curiosidad. ¿Era curiosidad, o inquietud ante la intuición de un peligro inminente? “¿Dónde está la tijera, Sara?”. “ En el cajón del bargueño debajo de un block de hojas amarillas”, mintió Sara. Aprovechó el tiempo que Tomás demoraba y sin moverse demasiado, se estiró todo lo que pudo para ver qué había marcado su marido en el diario. 

Se busca hombre alto.  
Entre cuarenta y cuarenta y cinco años. 
Requisito fundamental: La ternura.
¿Y a éste que le pasa?, pensó Sara mientras amasaba un pullover de Tomás. Si lo quiere recortar es porque le interesa. No, no puede ser tan cretino, por lo menos podría haber sido más disimulado, pensaba y el pullover que quedaba reducido a una pelota de lana. “¿La encontraste?”.” No”. “Entonces debe estar arriba de la biblioteca”. En un instante Sara memorizó el número de teléfono que aparecía en el aviso. Me voy a dormir. Estoy muy cansado”. “¿Tan temprano?” “¿No íbamos a ver una película?” “No tengo ganas Sara”. Cuando Tomás se acostó, Sara agarró el diario, se metió en el baño. No quería que Tomás la escuchara. El infeliz cortó el aviso, pensó mientras lo doblaba.

  Se busca hombre alto.
  Entre cuarenta y cuarenta y cinco años. 
  Requisito fundamental: La ternura.
      ¿Qué pretendía? No iba a permitir que le diera a otra lo que a ella le negaba. Salió de baño sin hacer ruido. Miró hacia el dormitorio. Tomás ya dormía. ¿Cómo puede dormir así?, pensó Sara indignada. Pretende engañarme y duerme como un bendito. Tratando  de no hacer ruido, fue hasta el teléfono y marcó el número que había memorizado. Contestó una mujer. “Buenas noches, no me conoce”, dijo Sara, “Pero necesito hablar con usted urgente. Se trata de algo personal. Es por el aviso. No, no me mal entienda. Mi marido. Por teléfono no le puedo explicar. ¿Podríamos vernos? ” ¡Pero qué estoy haciendo! Me voy a encontrar con una mujer que no sé quién es, para contarle que mi marido la va a llamar porque pretende serme infiel con ella. Debo estar loca, pensó mientras colgaba. Pero anotó la dirección y se metió en la cama. Intentó dormir, en vano. No pensaba tanto en la traición de Tomás sino en como justificarse ante esa mujer. Después de todo defendía lo que era suyo. ¿Lo era?.

20 ago. 2011

SIN RED por María Elena Garay

                                                                                                                                       A mi madre, aquí

Solo, al filo de la muerte, Porfirio Zapico habría de develar el enigma propuesto por el viejo titiritero aquella noche, tan lejana y tan igual.
Ya era la hora. La oscuridad de su lecho, la inmovilidad de los grillos, esa sorda inmutabilidad del universo, le decían en un último silencio que todo estaba a punto. Y esperó. Como esperaban el plato de la sopa en las noches de invierno, como ansiaba la esquiva mano de la ayudante del mago, cinco centímetros antes del contacto.
Hacía veinte años que, así tan pronto como escuchada, la frase se le había borrado de la memoria, y vino a adherírsele ahora como una tinaja recién moldeada sobre su cerebro.
Comprendió.
Porfirio Zapico vio balancearse delante de sus ojos al trapecio, las gradas venirse a pique a cuarenta y cinco grados vertiginosamente. Creyó sentir fugazmente la risita seductora de la ayudante del mago, escuchar el tropel de los caballos, aturdirse con un estruendo escandaloso de palmas. Entonces buscó las manos desnudas de muñecos del titiritero, sabio anciano que en su lecho de muerte había jurado a su hijo que lo estaría esperando con los brazos extendidos en el trapecio de enfrente, justo a esta hora. Él lo sabía, era ésta la hora.
Y Porfirio Zapico se lanzó.

Cuento publicado en "El límite de lo irreal o de Hoy no pasa"

5 ago. 2011

SOMBRA por Carmen Nani

Siempre me gustó jugar con las palabras. Cuando empecé a leer, me pasaba horas tratando de resolver las adivinanzas más crípticas. Después que las había resuelto a todas pasaba a otro juego: repetía una y otra vez trabalenguas- algunos sin sentido pero cargados de sonoridad- hasta adquirir el ritmo de un mantra. Cuando nacieron mis hijos me deleitaba descubrir cómo transformaban las palabras más difíciles en códigos imposibles de entender: en lugar de papel higiénico, la pequeña decía papel “geligento”. Grande fue mi emoción cuando una noche me dijera  maravillada mirando un cielo pleno de estrellas: “¡Mami! ¡Mirá qué hermoso el techo del patio!” En fin, supongo que heredó mi placer por jugar con las palabras.
Hoy me desvela la cantidad de asociaciones que se pueden establecer a partir de una palabra;cualquier palabra. Por ejemplo, escuchaba el segundo capítulo de la novela de “El Retorno del Profesor de baile” de Henning Mankell, cuando las sombras que aparentemente atormentan al protagonista, me llevaron a preguntarme qué significado tienen las sombras para mí.
La primera asociación fue con un momento del día; el momento en que la tarde va cediendo su lugar a la noche pero que conserva cierta claridad, aunque no suficiente, como para proyectar sombras. En ese momento mínimo, escueto surge la verdad pues la mentira, al no encontrar sombras, no tiene donde esconderse. Es también cobijo, ya que mucho se puede descansar a la sombra de un árbol. ¿Acaso no ha sido oasis de muchos peregrinos? Pero por otra parte la relaciono con el miedo, con el temor que me produce la oscuridad, o los que no tienen sombra, como los vampiros; aunque Drácula es una gran historia de amor, estos seres carentes de alma siempre acosaron mi fantasía de niña, y de no tan niña. Recuerdo cuánto me impresionó el filme “El Hombre sin sombra” versión adaptada de lo que yo conocía como “El Hombre Invisible.” El Dr. Sebastian Caine (Kevin Bacon), un brillante pero megalómano biólogo molecular, trabaja en el suero de invisibilidad para militares de EE.UU., así como en un medio para devolver al receptor la visibilidad. Un hombre, que por invisible no proyecta su propia sombra, una de las razones quizás que lo llevan a perder su humanidad.
En muchos juegos fantásticos, se identifica la sombra generalmente como la fuente de las artes oscuras y la magia negra.

22 jul. 2011

MONTE DE SOLEDAD por María Elena Garay

                       
- ¿Por qué me habéis matado, hermano?
Marguerite Yourcenar

El tren se ha detenido, aquí estás, te veo tras la ventanilla. Siempre imaginé los leves cambios que el paso del tiempo irían produciendo en tu cara, en tu cuerpo y aunque por ahora sólo veo tu cara, pienso que me aproximé bastante a tu imagen. Lo que por otra parte no es difícil porque sos idéntico al viejo. Él no puede venir a recibirte; como dije por teléfono, se está muriendo y sabés que aun pudiendo no vendría; juró no volver a verte la tarde de tu partida, sin su adiós.
Vos no me ves, sé que estás tomando tu bolso, que tendrás en el suelo, entre los pies, el mismo con el que te fuiste, en donde puse un mechón de nuestros cabellos confundidos y aquella carta que comprendo, habrás odiado o ni siquiera habrás leído. Porque en esa carta estaba yo, la causa de tu repentino exilio, de tu vida expulsada a la incertidumbre, a lo ajeno. ¡Ah esa carta!, en ella no escribí: querido hermano, lo debido, sino Aurelio amado, mi amor, mi muerte. ¿Por qué no me respondiste?
Estás bajando el escalón, mirás para un lado y otro, buscándome; no apareceré todavía, unos minutos me darán valor. ¿Te acordás cómo nos escondíamos de chicos entre los espinillos? y después en la adolescencia, cuando nuestros juegos cambiaron, en el monte. No sé qué te voy a decir después de tantos años, tal vez que el monte ya no existe pues las casas han llegado hasta allí y mucho más allá, seguro no te hablo del monte, te preguntaré por tu esposa y tu hijito que no han venido con vos.
La gente en la estación se está yendo, deambulás de un extremo al otro. Prometí venir a recogerte, lo creí más fácil. Y venís porque el viejo se está muriendo ¿no es eso muy triste? que vengas por el viejo, digo, se está muriendo pero sigue duro como el cuero de la fusta que azotó tu espalda, puro surcos de sangre aquel día, pobre Aurelio, querido hermano. Cuántas noches, encerrada en mi cuarto o en cualquier lugar de la casa que fue la cárcel que él me impuso, repetí querido hermano para que el dolor se fuera, para que mi corazón aceptara que no sos un hombre , que sí lo sos pero no para mí que soy tu hermana.
Te veo en ese asiento del andén esperando: mi mente vuela entre el monte y la húmeda oscuridad de la despensa -penumbra ocre que proyectaba el sol en el papel de la banderola-. Y al júbilo de nuestros jóvenes cuerpos inocentes.

4 jul. 2011

LA CARICIA, de Carmen Nani


La Caricia de Humberto Viñas
El vértigo del acantilado me sedujo. Me paré en el borde, apreté los puños con fuerza, hice un bollo con el maldito papel, y ciega de esperanzas, acaricié la cornisa con los dedos desnudos.
El arrojarme era una invitación difícil de rechazar. Cerré los ojos, imaginando la sensación del golpe de mi cuerpo contra el agua dura, impenetrable; marea de mármol que masticaba mis huesos, y los escupía en un túnel negro. Una mano macilenta hurgaba dentro de mis ojos. Cuando los abrí, el vértigo había desaparecido.
Debía enfrentarme a la realidad. Arrojé el bollo de papel al vacío, como si de alguna manera, pudiera arrojar también mi condena. Me alejé del acantilado todavía descalza, y caminé a paso lento, tratando de armar lo que ya no podía ser reparado.
Abrí la puerta y entré en la casa. Por un momento no pude ver. Después lo descubrí sentado en el sillón del living, la mirada expectante.

19 jun. 2011

FUEGO EN LA MEMORIA por María Elena Garay


Los vestiditos de franela floreada, como el percal a la Estercita, me perseguían. Llenos de pliegues y volados, eran la secreta venganza de la tía Luisa, por la resignación de mis siete primos, sus hijos, todos varones, tan insulsos, tan iguales los pantalones a media pierna. Las camisetas de Interlock, herencia de mi hermano, muy cortas para ser enaguas y muy largas para su real destino me daban un aire de muñeca rellena pero ciertamente me mantenían el trasero calentito. De las canillitas al aire ni hablar.
Era el tiempo en que el barrio, para mi gozo, era un gran baldío con todas sus ventajas: acortar distancias, hacer chocitas en los yuyos, jugar a la pelota con los varones. Pero sobre todo, el barrio era un gran anfiteatro con varios escenarios a elección para el día de San Pedro y San Pablo.
Junio arreciaba con ganas, con la pureza de esos tiempos en que las cosas eran o no eran: en invierno hacía frío, sin ambigüedades.

  A la mañana, los más chicos acarreábamos yuyos secos, parvas inmensas, monumentales. Los “grandes” dirigían la operación con la presteza de un capitán de barco: -Estos verdes no sirven , al costado.- Eran los mismos grandes a los que nunca les tocaba el arco. Pero al final todos en un clima de excitación, con nuestras cargas como hormigas trajinábamos de un baldío a otro entre órdenes y contra órdenes, gritos, risas, peleas.
Por turno íbamos a tomar el obligado tazón de leche, siempre dejando a los guardianes adorando al ídolo, esa ingeniería vegetal preparada para el gran instante.
El atardecer marcaba el comienzo: el Líder con una cajita de fósforos Ranchera escamoteada de la cocina de su casa anunciaba el momento. Los chicos con la mirada fija en la parva parecíamos un pelotón de novatos a punto de jurar la bandera.
¡FUEGO! El crepitar de los yuyos secos, la humareda que revolvía el viento y nos hacía toser, las risas, el apurado alimentar la voracidad de esa boca de cien lenguas aceleraban in crescendo el ritmo de la fiesta.
El fío ya no existía y las mejillas coloradas expedían más chispas que el fuego mismo.
La fogata ardía hasta que la noche bien entrada le daba otra dimensión, otro tiempo a nuestro juego. Las sombras proyectadas, la contemplación silenciosa de la consumación, la sensación de un amor inmenso. El fuego empequeñecía y la plenitud crecía hasta el desborde; todo era distinto, como una resurrección.
Pero todavía faltaba algo: entre las negras virutas que se salvaban del vuelo, estaban ellas, hirvientes, crocantes, apetitosas: las batatas. Los palos las rescataban de los últimos rescoldos y en fila india recogíamos el preciado tesoro, nunca tan exquisito.
Al final, exhaustos, felices, tiznados y olorosos regresábamos a casa. Otro año vendría para revivir el rito, los dioses de la niñez todavía nos pedían la pureza del fuego.

5 jun. 2011

LA AGONÍA DE NUESTRA CREATIVIDAD

Estamos siendo testigos ciegos de un cambio radical y trascendente en nuestra cultura. Vivimos, sin ser concientes, en un mundo donde ya no hay tiempo, donde la velocidad, la aceleración, lo absolutamente mediático son las nuevas varas con que medimos nuestra vida, el tiempo que ya no tenemos. Esto nos lleva a una concepción distinta de los medios de comunicación y de su aporte a la cultura, especialmente de aquellos encargados de informar.  Un mundo en el que la computadora y sus cada vez más sofisticados programas nos obligan a un replanteo fundamental de la educación. En este mundo dónde todo se resuelve  apretando un botón, ¿hemos perdido acaso la capacidad de crear?
Este planteo me lo hice no hace mucho, cuando buscaba canciones de los 50’s - 60’s para ambientar una escena de la novela que estoy escribiendo. Me sorprendí al comprobar que Paul Anka, había hecho popular  Put your Head on my Shoulders, así como  “My Way”, adaptación que después interpretaron Frank Sinatra y Julio Iglesias. Dejé de lado mi novela y me dediqué a investigar. Encontré que canciones que había inmortalizado Luis Miguel como Bésame, ya la habían interpretado en los 50’s el grupo Los Panchos, Nat King Cole, Frank Sinatra, y Elvis Presley. Lo mismo ocurrió con el El Reloj, interpretada mucho antes, que Luis Miguel la recuperara del cajón de los recuerdos, por Lucho Gatica, Los Pasteles Verdes y Los cinco Latinos.
Descubrí además,  que la canción emblemática de la película Ghost La sombra del amor, que fue un boom en los 90’s, entonces interpretada por los Righteous Brothers, ya se cantaba en los 50’s  y había causado ese mismo boom de la mano – mejor dicho de la voz- de los Plateros, de Tom Jones y del mismísimo Elvis. Finalmente, Los Cinco Latinos y Estela Raval alcanzaron fama mundial con su primer álbum, Abran las ventanas. Éste  éxito sin precedentes es el inicio de una larga lista de hits llegando a editar 22 álbumes con temas como Solamente tú- Only you- ¿Quién no ha entonado esta canción, mientras se dejaba mecer por los destellos del amor estrenado? Gracias a la interpretación de miles de enamorados, de infinidad de voces, Only you se convirtió en un verdadero clásico de todos los tiempos. Hay versiones logradísimas, como la de Paul Anka, pero sin duda la de Los Plateros es la que más ha conmovido a todos, en todos los tiempos. Ahora me pregunto y les pregunto: ¿por qué no se escriben  letras y músicas como aquellas, que personalicen nuestro mundo de hoy?
Me dediqué entonces a investigar sobre cine.

20 may. 2011

EL GATO EN EL JUZGADO por María Elena Garay

Se despierta cinco minutos antes de que suene el reloj. Abre los ojos con la sonrisa puesta, como si ahí hubiera estado hamacando un fantástico sueño. Cuando saca los brazos para colocarlos detrás de la cabeza, sus dientes parecen un rosario fosforescente en la penumbra. Luego le da un toque al botón del reloj. Es sábado, pero es diferente, no quiere dormir más. Cómo dejarse ganar por la inconciencia si la vida lo pellizca, le bombea litros de júbilo en sus venas. “Un día ya…parece mentira…”

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Se despertó de pronto, como siempre. Se sentó en la cama y aplastó el botón en el momento justo en que el aparato iba a zapatear chillonamente sobre la mesa de luz. En treinta años no había sonado casi nunca – por el malhumor de su esposa -; un sexto sentido le estiraba el manotazo certero que acallaba la posibilidad de un molesto cacareo. Se puso los pantalones marrones y la camisa rayada. Diez minutos de ducha e inodoro hojeando una historieta, en el cuadrado cronograma de sus actos; recalentar el mate cocido, ponerse la corbata y caminar dos cuadras hasta la parada del colectivo. Advirtió con alivio que era viernes, último día de oficina pero al mismo tiempo lo invadió un sentimiento contradictorio. De lunes a viernes lo sostenía un agobio parejo al cual se aferraba como un náufrago, una sensación de abrigo, de jugar un ajedrez en donde sabía de antemano todas las movidas, repetidas e idénticas. Fue el primero en llegar. Abrió el armario y sacó la pila de expedientes.

      Miranda ¿escuchás? –musitó Gloria
“Tan linda y joven, tan inteligente. ¡me ha hablado a mí, hasta me ha tocado el brazo!”
      Miau…
“Sus ojos son dos esmeraldas asombradas”
      Miau…
“Su talle de junco se arquea hacia delante y esa mano de nácar que hace pantalla al caracol marino de su oreja…”
      Miranda, ¡aquí hay un gato! ¡Muchachos!
Una verdadera revolución en el juzgado. ¡Un gato en el tercer piso!
      Está arriba del armario del Protocolo.
      ¡No. Dentro del casillero de las carpetas en trámite!
      Sin embargo se oye debajo del mostrador. Traigan un palo.
Tres horas y un gato convirtieron a la oficina en un coto de caza; plumero, regla, agua caliente, escoba, zapatazos fueron los pertrechos de guerra de los modernos Lancelot. Y el felino impávido en su escondite lanzando sus esporádicos maullidos, como dando pistas para la búsqueda del tesoro.
Miranda, pasivo en su encarne de escritorio de pronto dio un respingo. “Superman logra lo que quiere, por Luisa Lane” A través de dos sillas apiladas se trepó a una biblioteca de roble desde donde el animal lo miraba desconfiado.
      ¡Bravo viejo, arriba, en cuatro patas!
El polvo acumulado desde la fundación del edificio lo enharinó como una milanesa. “No importa, ya lo tengo”. El gato dio un olímpico salto justo en el momento en que lo alcanzaba por la cola.
     

5 may. 2011

DETRÁS DE LAS BAMBALINAS. A mi hija....

El teatro está lleno. Entro. Estoy temblando. Por más que lo intento no logro arrancar de mi mente aquel bochorno. Todo está listo. Estoy radiante. Nadie sospecha que ahora, hoy, cuando estoy a punto de revivir una noche que pudo ser mágica, llevo conmigo el recuerdo de mi fracaso. De ese fracaso que cegó mis manos y enmudeció mi guitarra. Una guitarra, que seguramente no tiene cuerdas y está cubierta de polvo y oscuridad. La oscuridad provoca expectativa. Con manos cóncavas, ansiosas, esperamos. Se abre el telón. La sala se inunda con un estallido de palmas. Primera posición, segunda, y tercera, suave. No, así no, señorita. Con más gracia. ¿Qué hace todavía en la primera posición?. Usted no avanza. No avanzaba porque sabía, que en unos momentos  más saldrían los alumnos de guitarra. No quería perderme ese momento mágico de acordes y pentagramas. Puede irse señorita, la clase de hoy ya terminó. Termina el cuarto cuadro. No le presto atención. Espero inquieta el quinto. Es mi momento. Respiro profundo. No me puedo mover. Muévase señorita. No la mandan para que esté rígida, como si fuera de yeso. Vuele. No arrastre lo pies. Pies enfundados en zapatos de tacones altos, redoblan el escenario. Piernas firmes se asoman fugaces entre faldones que giran, envuelven, seducen al compás de una sevillana. Un solo golpe con el pie, (ahora se que es una llamada), y ante el silencio de mudos espectadores se oye el aleteo de los abanicos al abrirse. Abra más esas  piernas señorita. Estírelas aunque duela. Debe lograr la abertura máxima. Gotas de humillación me recorren el rostro. Rostro decepcionados de los que me ven fracasar al intentar un “Grand Ecarte”. Un tutú ridículo y mis piernas regordetas que no logran seguir el compás de la música. Música. Para eso sí era buena. Buena con las manos. Acariciaban con la tension justa, las cuerdas de cualquier guitarra, y ponía tanto amor, que le arrancaba la melodía que quisiera. Quería cantar. Pero no se resignaban a que la guitarra y el canto fueran mi pasión. La pasión que se respira en el escenario hace imposible no seguir cada movimiento. Cada salto. Cada juego de manos. Cada  carretilla. Los abanicos se abren y cierran como girasoles de colores diferentes, que persiguen soles falsos, proyectados sobre el escenario. Los abanicos forman un círculo. Parecen flores cromáticamente enfrentadas.  Se cierran, y con otra llamada la señalan en el centro. Un haz de luz realza su figura frágil pero segura.

20 abr. 2011

LA SUERTE DE ANA por María Elena Garay



Yo escucho. Mi amiga Ana siempre dice que ella es una persona sin suerte: su matrimonio fracasó, perdió el juicio de alimentos que le inició al ex para los hijos, nunca gana en la lotería ni en el Bingo; si le gusta un hombre está casado. Y le ocuparon un terrenito en las sierras que había comprado en cómodas cuotas en su juventud.
Sigue su lista de quejas: trabaja como una mula y le pagan poco… La última vez que la vi andaba con una bota de yeso “una vereda rota, podés creer?” Aquí no hay dudas: mala pata. Y el Intendente, claro.
Mi amiga Juana a la cual le comenté lo de Ana me dice su frase de cabecera: no hay casualidades, hay causalidades. Se divorció porque eligió mal, perdió el juicio (el de alimentos hasta ahora) porque el abogado es inepto y sin experiencia; no gana el bingo o la lotería porque no compra ni una rifa; perdió el terrenito por dejarse estar, otro pagó los impuestos y por eso de la usucapión ¿viste?. Y se calla. ¿Y lo de los hombres casados? digo. “A su edad qué quiere, un mocoso?” (dicho con eufemismos). Y decile, agrega, que agradezca su sueldo, hay mucha gente que ni trabajo tiene.
Vuelvo a mi amiga Ana y le transmito todo. . . “que se calle esa hueca, si a ella no le falta nada”. Ni le cuento que la pobre Juana no puede tener hijos y sufre mucho por eso. Abrumada me pregunto ¿existe la suerte? Es cierto que Ana es un desastre y los argumentos de Juana son convincentes. Ana no es jugadora,
el verdadero jugador es optimista, confía en sí mismo, sabe que “se le va a dar” , espera un golpe de suerte. Puede que no gane. Pero pide la revancha , insiste, vuelve, invoca a los dioses, al destino.
Y un día hace saltar la banca. ¿Tuvo suerte?

4 abr. 2011

¿CASUALIDAD O CAUSALIDAD?

“Nada ocurre sin un sentido,” afirma un joven chino en la película que me inspiró  estas líneas. Nada ocurre por casualidad, pensé, cuando al abrir las páginas de “Deodora” gaceta de crítica y cultura de la UNC, me encontré con un artículo titulado “Los Otros.” En uno de sus párrafos el autor cuenta como Daniel Defoe, se basó en un hecho real para escribir “Robinsoe Crusoe.” Según el artículo, un marinero escosés Alexander Selkirk fue desembarcado tras una discusión con su capitán, en las islas volcánicas del Pacífico Sur conocidas como “Islas desafortunadas.” Selkirk permaneció en esta isla de la costa chilena desde 1704 hasta 1709 cuando fue recogido por un corsario inglés. Así  como Defoe se basó en un hecho real para concebir “Robinsoe Crusoe,” su novela más importante, publicada en 1719, y considerada la primera novela inglesa, así Borensztein utilizó una noticia que escuchara en un informativo ruso para pensar y dirigir su reciente película, “Un cuento chino”.
¿Casualidad o causalidad? Dos mundos diferentes, el de la literatura y el del cine, se fusionan con un denominador común: la imaginación tanto del escritor, como del director, que toman y recrean un hecho real para pensar un imaginario enriquecido a través de la fantasía. Surgen entonces, la novela de Defoe, una autobiografía ficticia del protagonista, un náufrago inglés, que pasa veintiocho años en una remota isla tropical; y la película de Borensztein, que narra la historia de un hombre huraño y rutinario, cuya aburrida y solitaria tranquilidad se ve afectada por la irrupción de un joven chino que no sabe ni una palabra de español, pero con el que inicia una relación de profunda amistad que le cambia la vida.
Pienso que nada está librado al azar. Todo lo que ocurre tiene una razón de ser. Desde la elección de un libro según el género, la temática, o como en mi caso, siguiendo un autor determinado, hasta la selección de una película, según sea el director o el actor que la protagoniza. Por eso no fue casual que no faltara a la premier de “Un cuento chino.”

20 mar. 2011

PODERES INCÓMODOS Por María Elena Garay

Hay poderes que hacen la delicia y la fuerza de los superhéroes. Superman debe estar muy contento con su mirada de rayos x, la descomunal fuerza, su capa voladora y la capacidad de salvador americano ( EE UU, por supuesto) en todas las situaciones problemáticas. El hombre araña no duda en lanzar su babaza para volar cuando presiente los problemas. He - man y su espada salvadora.
Nosotros, los simples mortales ¿cómo reaccionaríamos si se nos diera detentar poderes extraordinarios? La literatura fantástica, aunque suene contradictorio, nos da respuestas reales. Y para lo fantástico qué mejor que acudir al insuperable Jorge Luis Borges.
Vamos a su cuento más famoso: El Aleph. Dejando de lado las largas disquisiciones eruditas (algunas inventadas) sus ironías y su humor , caminemos en línea recta: nos cuenta un amor inolvidable del protagonista masculino, el mismo Borges (bromita aparte) por Beatriz. Claro que cuando cuenta, la dama ya se encuentra varios metros bajo tierra y él va a la casa de ella de puro masoquista nomás, para ver sus fotos. Pero en esa casa vive un tal Julio Argentino Daneri, primo de Beatriz, al cual Borges no traga mucho; le tiene celos. Un día Daneri lo llama para que vea el Aleph. Y ahí se viene la barahúnda. Qué es el Aleph. Daneri lo define como “un punto del espacio que contiene todos los puntos”. Borges, creyéndolo loco, le dice tranquilizate que voy a echar una mirada. El Aleph se encuentra en el sótano de la casa, y para verlo hay que hacer unas cuantas contorsiones ¡Y oh maravilla!: vio en un punto y simultáneamente, todas las cosas y actos del universo desde el principio de los tiempos, una larga enumeración, un conjunto infinito de cosas aclarando que toda enumeración es poca. Pasaron por sus ojos espejos, laberintos, ¡hasta las cartas obcenas que Beatriz mandaba a Daneri, pérfida mujer! En una palabra, en un punto “el inconcebible universo”. Sale del sótano y urde su venganza contra Julio: le dice que no vio nada, le hace creer que está loco.
Pero Borges lo vio y sale turbado. Y nos queda como brasa entre las manos la noción del Aleph. En una posdata al cuento (¡qué recurso, señores!), el mismo Borges da algunos indicios ( a su manera, claro): dice que Aleph es para la Cábala la ilimitada y pura divinidad; también que esa letra tiene la forma de un hombre que señala la tierra y el cielo; que es el símbolo de los números transfinitos, etc. La verdad es que no aclara mucho y nos queda la sensación de que detrás del cuento, el escritor todavía se está desternillando de risa.

10 mar. 2011

CATALINA, CUENTO INFANTIL. Cuento de Carmen Nani

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Catalina había llegado al Zoo en una caja de cartón con agujeros. Al principio parecía una tortuga normal: cuatro patas cortitas, una cabeza arrugada y el caparazón con quince cuadrados iguales. Catalina se paseaba lentamente; buscaba la tibieza del sol cuando el día estaba fresco y se recostaba a la sombra de algún arbusto cuando hacía mucho calor. 
Catalina había llegado al Zoo en una caja de cartón con agujeros. Al principio parecía una tortuga normal, pero a los cuatro meses, comenzó a notar que caminaba muy agachada, levantando la cola. La pobre tortuga no entendía qué era lo que le pasaba, hasta que un día se dio cuenta de que su cabeza crecía cada vez más. Cuando pasaba por un charco de agua y se veía la cabeza más y más grande, le daban ganas de llorar. ¿Quién la iba a mirar con esa cabezota? Catalina estaba muy preocupada por su aspecto. Se sentía distinta y por eso empezó a aislarse del resto. Ya no hablaba con la hormiga, que antes era su confidente, ni con el gusano, que cada mañana la saludaba, asomando la cabeza por un hueco en la tierra. "Espero que no se den cuenta las otras tortugas", pensó al comprobar que su cabeza seguía creciendo. Pero en seguida escuchó el saludo del tortugo Manolo :"¡Chau cabezona !", le dijo en tono burlón. Esto fue suficiente para que todos la empezaran a llamar así: cabezona, cabezona, cabezona, mientras se reían de ella. 
Catalina había llegado al Zoo en una caja de cartón con agujeros. Al principio parecía una tortuga normal, pero al ver que se había convertido en el hazmerreír de todos, le dio tanta vergüenza, que de un solo movimiento, metió la cabeza dentro del caparazón. Y ahí comenzó el problema.

1 mar. 2011

CUENTOS DE VERANO. Cuento de Cecilia Spina



EL PARAÍSO DE  UN HOMBRE
           

              A Erica Bulmer, por sus narraciones
              inolvidables; y a Lorenzo Tasi,  por
              devolverme un tiempo de carteros y cartas.
                                              
    I

Debí creer a ciegas lo que apunta la inscripción en aquella lápida, y envidiar sencillamente la buena estrella de aquel hombre de polera negra y lentes que velaban unos ojos color hojas de olivo, y que ahora descansa bajo tierra en el cementerio. Sin embargo, me obstino en dudar de la veracidad del juicio escrito. Intuyo que el protagonista víctima de esta historia, algo  escondía detrás de la apariencia, algo que rumoreaban los muros de su casa, los objetos exhibidos y también los excluidos, su amor desmesurado por criaturas vegetales. Susurros éstos que no me hubiesen llegado, de no haber sido yo (cosa que todos ignoran, aún el que escribió la lápida) quien estuvo en su vivienda y pasó con él la larga tarde anterior a su muerte.
Digo aquello de la credulidad y de la envidia, porque buscando la tumba del personaje en cuestión, pasados tres meses de ese día en que cambió el tiempo y bajó en catorce grados la temperatura y que fue el de su muerte, di con ella y un epitafio. Escrito a mano alzada y sobre un bloque de piedra gris, después de las iniciales T.M. y la fecha 2-IV-99, sólo decía: Fue feliz.
La letra, en sus redondeles, parecía de mujer; pero los trazos horizontales de la te y la efe mayúsculas que se resolvían en chicotazos enroscados y luego furiosamente largos, me hablaban de la letra de otro hombre. Quién lo acompañó en esa instancia final y se permitió aseverar tamaño concepto, más arriesgado aún que decir “fue bueno”, no lo sé y no creo tener modo de averiguarlo.
 Aquel ser humano, parecía en su conversación un hombre solo, y esa única vez que estuve en su casa, busqué con especial atención fotos en paredes o en portarretratos y no hallé ninguna. Ni propia, ni ajena.
Por este hombre comencé a perderme en confusos pensamientos durante noches de insomnio.
Todos los primeros de mes, él hacía cola en la puerta del Banco Nación para cobrar su jubilación y yo la de mi padre. Por abreviar el tedio de la espera, manteníamos cortos diálogos. Hablábamos del árbol de la vereda de enfrente, un siempre verde con su copa podada en cubo como un insulto. De las escasas flores del lapacho de la esquina, ese septiembre, arguyendo que tal vez le retardó sus brotes la última helada de agosto... o quizá, la causa fuese la saturación de vapores de gas-oil, puesto que en el nuevo trazado del transporte, casi todas las líneas atravesaban el centro por esa calle antes de dispersarse por los barrios.
Pausadamente, el diálogo arribaba a la misma propuesta: algún día, ya que le gustan las plantas, venga a conocer mi jardín. He conseguido una réplica del paraíso perdido. Sólo le falta un manzano en medio. Pero no, el manzano es el árbol de la perdición, dijo riendo una mañana que se manifestaba más locuaz.
Nunca nombró a nadie. Parecía que el pecho de ese hombre estaba desalojado de personas y que exclusivamente daba albergue a los árboles y a las flores, dejando sospechar que las atendía con la inquietud de un enamorado.
Fue feliz, decía la lápida; conoció la felicidad, debiera decir en tal caso.
Nunca supe lo que es ser feliz, aunque una tarde creí entreverlo. Sólo tengo la sospecha de que tocar ese estado de gracia es cosa del destino, y siempre entreverado con las ocupaciones del corazón. Inasible. Y por sobre todo, efímero. Últimamente pregunto y leo sobre la felicidad por resolver un indescifrable: la historia  de aquel hombre.
Por eso volví a leer el Epistolario de Lorenzo Tasi, escrito en el año 62, y por supuesto, consulté a Erica Bulmer.
 Hace tres noches, la urgí a que me diera su teoría sobre qué es ser feliz. Para mi todo comienza, dijo, cuando alguien nos deslumbra y somos sacados violentamente de la quietud. Entonces se puede ser feliz un instante, algunas horas... por qué no pensar en muchos años. Lo cierto es, que después de tal experiencia corremos el riesgo de quedar turbados toda la vida, terminó diciendo.
El hilo de la conversación llevó  a Erica a narrarme historias. Entre todas, una me resultó inolvidable en su simpleza, aunque no se lo dije. Estoy convencida de que es sabio prestar atención a los acontecimientos que se devanan como juegos intrascendentes entre dos personas o más ( aunque pienso que el número dos tiene otra fuerza por lo intimista), y en los que pareciera no ocurrir nada. Por fuera no hay tragedia ni algarabía. Todo pasa por dentro. Se sacude y se abren grietas o abismos en la arcilla interior; una bala sorda nos atraviesa el cerebro; un desembozado nos secuestra una ilusión. Éste, es uno de esos casos a mi gusto. Por eso, a tal crónica hasta le puse título : Un desconcierto para Herminia.
 Le ocurrió al norte, en Apacheta, cuando dejaba la Quebrada del Río Grande y trepaba hacia la Puna.
Erica Bulmer dijo casi textual:

20 feb. 2011

CUENTOS DE VERANO

                                                             INFLUENCIAS
Por María Elena Garay


Se sienta en la cama, ha recorrido toda la casa, esto es absurdo piensa, se toma la cara entre las manos y permanece así por un rato. Se para bruscamente ¡ la cochera! eso le faltó. Es lo más importante, no busca el auto, no está como lo supuso, sino las herramientas. Los estantes de madera adosados a la pared son esqueletos vacíos. La pintura manchada con grasa y dos grampas solitarias le recuerdan que de ahí colgaban un serrucho y una pala. Ya no hay esperanzas, se dice con agobio.
Esa tarde entró a su casa como a las siete cargada de cuadernos y mapas, como todos los días, cansada igual, pensando que los alumnos están cada día más jodidos y que la geografía no les interesa un pito. Sobre la mesa, la fuente de cristal no había sido retirada, ya debería haber preparativos para cena, al menos siempre pone la mesa, la verdad es lo único que hace de las tareas de la casa y eso que tiene todo el tiempo libre, pero se pone a fabricar objetos inservibles, dele serruchar y clavar: un banquito, una escalera… A ella le pone los nervios de punta y qué escándalo si le dice algo; le contesta que se calle, si a ella le gusta tirar la plata en peluquería, ropa nueva, boludeces. En la cocina, ni una olla sobre la hornalla. Gritó ¡hola! y no obtuvo respuesta. Corrió al dormitorio con un nudo en el estómago, abrió el placard: cuatro perchas flacas como pájaros, oscilando por la corriente de aire. Abrió sus cajones: nada. Con los ojos inundados corrió al baño: lo primero que echó en falta fue la bata de toalla, bata rotosa que él tanto ama.