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Mostrando entradas con la etiqueta Cuentos de Carmen Nani. Mostrar todas las entradas
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22 mar 2015

PENSAR EN VOZ ALTA

“Qué gorda estás”, le dijo Elena. Ojalá te conviertas en vaca, pensó Lucía mientras contemplaba la silueta esbelta de su amiga.
Cuando Elena empezó a mugir, Lucía salió corriendo del bar dejando a la vaca frente a un capuchino. Al cruzar la calle, un taxi casi la atropella. “¡Tené más cuidado, abombada!”, escuchó que le gritaba. No pudo responderle pero levantó el brazo, y le mostró el índice y el meñique bien extendidos. El auto amarillo frenó de golpe. Lucía se alarmó. Sintió miedo cuando vio que el taxista se bajaba y avanzaba hacia ella con una tremenda cornamenta en la pelada. Apuró el paso, casi corrió hasta su auto. Cuando llegó ya era muy tarde, el agente estaba anotando la multa. Le rogó que no se la pusiera porque su marido la mataría; pero no hubo caso, la multa era irreversible. “Si usted fuera mujer, me entendería” dijo, finalmente. “Claro que te comprendo, mi marido me hace lo mismo; son todos unos machistas”- le contestó el agente que ahora sacaba un rouge de la cartera para pintarse los labios. Lucía se subió al auto, rumbo a su casa. Cuando llegó estacionó bajo la gran sombra del árbol del vecino, que le gritó: “¡Oiga, siempre lo mismo! Si quiere sombra plante un árbol”.

Tanto lío por este árbol de mierda,pensó, ojalá se te seque. En ese momento las hojas desaparecieron y el tronco se tiñó de un marrón sin vida. Se metió en su casa. Al entrar, su perra Pulki, feliz de verla, casi la tiró de espaldas. Lucía se desparramó en un sillón agobiada por todo lo que le había sucedido, cuando descubrió la mirada solícita de su cachorra, “A vos sólo te falta hablar” “¿Por qué?” - le contestó Pulki.

5 dic 2011

FRAGMENTO DE LA NOVELA "LA PATA DE CABRA"


                                                                         LOCOS DE AMOR                                                     
No, nada llega tarde, porque todas las cosas  
tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas;
sólo que, a diferencia de la espiga y la flor,
cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor...
...Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada,
que era como la llave de una puerta cerrada.
Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor, 
 ni siquiera entonces llegó tarde el amor.
                                                                                     José Ángel Buesa 

Cobijo entre mis brazos a este hombre que se me ofrece desnudo, absolutamente vulnerable. Le acaricio el cabello. Lo dibujo con la yema de los dedos. Ahora duerme tranquilo, sereno, inofensivo. Ha quedado quieto el deseo. Sólo me une a él la ternura y el saberlo tan carente de  afecto como yo. Lo siento respirar sobre mi pecho, tan mío, buscando aún en sueños mis caricias. Es como un gato acurrucado en los brazos de la persona en quien confía. No desconfía de mí. No sabe de mis remordimientos, ni de mis debates entre este hombre que ahora me cautiva, me consume, y ese otro que por momentos me amedrenta hasta el miedo más íntimo. ¡Cómo logro eternizar este momento, atraparlo en el tiempo! Conservarlo así, débil, frágil, sin una sola de sus máscaras. O la que tiene ahora es otra,

5 may 2011

DETRÁS DE LAS BAMBALINAS. A mi hija....

El teatro está lleno. Entro. Estoy temblando. Por más que lo intento no logro arrancar de mi mente aquel bochorno. Todo está listo. Estoy radiante. Nadie sospecha que ahora, hoy, cuando estoy a punto de revivir una noche que pudo ser mágica, llevo conmigo el recuerdo de mi fracaso. De ese fracaso que cegó mis manos y enmudeció mi guitarra. Una guitarra, que seguramente no tiene cuerdas y está cubierta de polvo y oscuridad. La oscuridad provoca expectativa. Con manos cóncavas, ansiosas, esperamos. Se abre el telón. La sala se inunda con un estallido de palmas. Primera posición, segunda, y tercera, suave. No, así no, señorita. Con más gracia. ¿Qué hace todavía en la primera posición?. Usted no avanza. No avanzaba porque sabía, que en unos momentos  más saldrían los alumnos de guitarra. No quería perderme ese momento mágico de acordes y pentagramas. Puede irse señorita, la clase de hoy ya terminó. Termina el cuarto cuadro. No le presto atención. Espero inquieta el quinto. Es mi momento. Respiro profundo. No me puedo mover. Muévase señorita. No la mandan para que esté rígida, como si fuera de yeso. Vuele. No arrastre lo pies. Pies enfundados en zapatos de tacones altos, redoblan el escenario. Piernas firmes se asoman fugaces entre faldones que giran, envuelven, seducen al compás de una sevillana. Un solo golpe con el pie, (ahora se que es una llamada), y ante el silencio de mudos espectadores se oye el aleteo de los abanicos al abrirse. Abra más esas  piernas señorita. Estírelas aunque duela. Debe lograr la abertura máxima. Gotas de humillación me recorren el rostro. Rostro decepcionados de los que me ven fracasar al intentar un “Grand Ecarte”. Un tutú ridículo y mis piernas regordetas que no logran seguir el compás de la música. Música. Para eso sí era buena. Buena con las manos. Acariciaban con la tension justa, las cuerdas de cualquier guitarra, y ponía tanto amor, que le arrancaba la melodía que quisiera. Quería cantar. Pero no se resignaban a que la guitarra y el canto fueran mi pasión. La pasión que se respira en el escenario hace imposible no seguir cada movimiento. Cada salto. Cada juego de manos. Cada  carretilla. Los abanicos se abren y cierran como girasoles de colores diferentes, que persiguen soles falsos, proyectados sobre el escenario. Los abanicos forman un círculo. Parecen flores cromáticamente enfrentadas.  Se cierran, y con otra llamada la señalan en el centro. Un haz de luz realza su figura frágil pero segura.