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24 abr 2017

COMO AGUA PARA CHOCOLATE, de Laura Esquivel- Fragmento

…Después, por medio de una pequeña campana de ensayos llena de gas oxígeno hizo pasar el gas a la campana muy poco a poco. En cuanto el gas oxígeno llegó a la parte superior de la campana, donde se encontraba el fósforo fundido, se produjo una combustión viva e instantánea, que los deslumbró como si fuese un relámpago.


- Como ve, todos tenemos en nuestro interior los elementos necesarios para producir fósforo. Es más, déjeme decirle algo que a nadie le he confiado. Mi abuela tenía una teoría muy interesante, decía que si bien todos nacemos con una caja de cerillos en nuestro interior, no los podemos encender solos, necesitamos, como en el experimento, oxígeno y la ayuda de una vela. Sólo que en este caso el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela puede ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que haga disparar el detonador y así encender uno de los cerillos. Por un momento nos sentiremos deslumbrados por una intensa emoción. Se producirá en nuestro interior un agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase el tiempo, hasta que venga una nueva explosión a reavivarlo. Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía el alma. En otras palabras, esta combustión es su alimento. Si uno no descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillos se humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo. Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar alimento por sí misma, ignorante de que sólo el cuerpo que ha dejado inerme, lleno de frío, es el único que podría dárselo.

3 ago 2016

LA CASA DE LAS BELLAS DURMIENTES, de Yasunari Kawabata

No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido. Había esta habitación, de unos cuatro metros cuadrados, y la habitación contigua, pero al parecer no había más habitaciones en el piso superior; y como la planta baja resultaba demasiado reducida para alojar huéspedes, el lugar apenas podía llamarse una posada. Probablemente porque su secreto no lo permitía, el portal no ostentaba ningún letrero. Todo era silencio. Tras serle franqueado el portal cerrado con llave, el viejo Eguchi sólo había visto a la mujer con quien ahora estaba hablando. Era su primera visita. Ignoraba si se trataba de la propietaria o de una criada. Era mejor no hacer preguntas. La mujer, baja y de unos cuarenta y cinco años, tenía una voz juvenil, y daba la impresión de haber cultivado especialmente una actitud seria y formal. Los labios delgados apenas se abrían cuando hablaba. No miraba a Eguchi con frecuencia. Algo en sus ojos oscuros minaba las defensas de éste, y parecía muy segura de sí misma. Preparó el té con una tetera de hierro sobre el brasero de bronce. Las hojas de té y la calidad de la infusión eran asombrosamente buenas para el lugar y la ocasión -con objeto de tranquilizar al viejo Eguchi. En la alcoba pendía un cuadro de Kawai Gyokudö, probablemente una reproducción, de una aldea de montaña al calor de las hojas otoñales. Nada sugería que la habitación albergara secretos insólitos. -Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera lo que hiciese. Está profundamente dormida y no se da cuenta de nada -la mujer lo repitió-: Continuará dormida y no se daría cuenta de nada, desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quién ha estado con ella. No debe usted preocuparse. Eguchi no mencionó las dudas que empezaban a acometerle. -Es una joven muy bonita. Sólo admito huéspedes en quienes pueda confiar. Cuando Eguchi desvió la vista, la fijó en su reloj de pulsera. -¿Qué hora es? -Las once menos cuarto. -No me sorprende. Los caballeros ancianos gustan de acostarse pronto y levantarse temprano. Así pues, cuando quiera. La mujer se puso de pie y abrió la cerradura de la habitación contigua. Utilizó la mano izquierda. No había nada notable en este acto, pero Eguchi retuvo el aliento mientras la miraba. Ella echó una mirada a la otra habitación. Sin duda estaba acostumbrada a mirar por las puertas, y no había nada extraño en la espalda que daba a Eguchi. No obstante, parecía extraña. Había un pájaro grande y raro en el nudo de su obi. Ignoraba de qué especie podía tratarse. ¿Por qué habrían puesto ojos y pies tan realistas en un pájaro estilizado? No era que el ave fuese inquietante por sí misma, sólo que el diseño era malo; pero si había que atribuir algo inquietante a la espalda de la mujer, se encontraba allí, en el pájaro. El fondo era amarillo pálido, casi blanco. La habitación contigua parecía débilmente iluminada. La mujer cerró la puerta sin dar la vuelta a la llave, y colocó ésta sobre la mesa, frente a Eguchi. Nada en su actitud, ni en el tono de su voz, sugería que había inspeccionado una habitación secreta. -Aquí esta la llave. Espero que duerma bien. Si le cuesta conciliar el sueño, encontrará un sedante junto a la almohada. -¿Tiene algo de beber? -No dispongo de alcohol. -¿Ni siquiera puedo tomar un trago para dormirme? -No. -¿Ella está en la habitación contigua? -Sí, dormida y esperándole. -¡Oh! Eguchi estaba un poco sorprendido. ¿Cuándo había entrado la muchacha en la habitación contigua? ¿Desde cuándo estaría dormida? ¿Acaso la mujer había abierto la puerta para asegurarse de que estaba dormida? Eguchi sabía por un viejo conocido que frecuentaba el lugar que había una muchacha esperando, dormida, y que no se despertaría; pero ahora que se encontraba aquí parecía incapaz de creerlo. -¿Dónde quieres desnudarse? -la mujer parecía dispuesta a ayudarle. Él guardó silencio-. Escuche las olas. Y el viento. -¡Olas? 

27 jul 2016

TU MÁS PROFUNDA PIEL, de Julio Cortázar

Cada memoria enamorada guarda sus magdalenas y la mía -sábelo, allí donde estés- es el perfume del tabaco rubio que me devuelve a tu espigada noche, a la ráfaga de tu más profunda piel. No el tabaco que se aspira, el humo que tapiza las gargantas, sino esa vaga equívoca fragancia que deja la pipa, en los dedos y que en algún momento, en algún gesto inadvertido, asciende con su látigo de delicia para encabritar tu recuerdo, la sombra de tu espalda contra el blanco velamen de las sábanas.

    No me mires desde la ausencia con esa gravedad un poco infantil que hacía de tu rostro una máscara de joven faraón nubio. Creo que siempre estuvo entendido que sólo nos daríamos el placer y las fiestas livianas del alcohol y las calles vacías de la medianoche. De ti tengo más que eso, pero en el recuerdo me vuelves desnuda y volcada, nuestro planeta más preciso fue esa cama donde lentas, imperiosas geografías iban naciendo de nuestros viajes, de tanto desembarco amable o resistido de embajadas con cestos de frutas o agazapados flecheros, y cada pozo, cada río, cada colina y cada llano los hallamos en noches extenuantes, entre oscuros parlamentos de aliados o enemigos. ¡Oh viajera de ti misma, máquina de olvido! Y entonces me paso la mano por la cara con un gesto distraído y el perfume del tabaco en mis dedos te trae otra vez para arrancarme a este presente acostumbrado, te proyecta antílope en la pantalla de ese lecho donde vivimos las interminables rutas de un efímero encuentro.

    Yo aprendía contigo lenguajes paralelos: 

12 jul 2016

LOS AMANTES BAJO EL DANUBIO, Federico Andahazi


fragmento...


Desde la primera conversación puede anticiparse todo lo que ocurrirá entre un hombre y una mujer. Ambos sabrán qué los atrae y qué los rechaza. Advertirán los resquicios del espíritu donde puede anidar el amor; la indiferencia o, incluso, más tarde, el odio. En la primera charla se verán las coincidencias y las diferencias más elementales: la condición social, las creencias, la fe religiosa, las tradiciones, las rebeliones contra el dogma familiar e, incluso, podrá mirarse más allá del follaje y la hojarasca del árbol genealógico.
Todo aparece claramente expuesto en el primer encuentro. Los rasgos, las expresiones, los gestos, los leves matices en el color de los ojos, las bellezas y las fealdades, los pequeños defectos físicos, las concavidades y las convexidades de la anatomía, el talle, el modo de sonreír, de mirar, de afirmar y de negar; se sospecharán las virtudes, las miserias y los vicios; quedará en evidencia aquello que, con el correr del tiempo, determinará el nacimiento, el cenit, el ocaso e, incluso, el fin de una relación entre un hombre y una mujer. Todo esto se ve con claridad meridiana en la primera conversación. Uno, o acaso ambos, pueden cerrar los ojos y decidir clausurar ese examen preliminar. Pero como en una bola de cristal, ya se ha visto lo que habrá de suceder.
El otro nunca engaña; es uno quien decide engañarse a sí mismo y construye al otro a su imagen y semejanza. Este engaño puede durar un instante, un tiempo más o menos extenso o, acaso, toda una vida. Pero cuando el amor desaparece o, por la razón que fuere, el vínculo entre un hombre y una mujer se disuelve, ninguno de los dos podrá declararse la víctima de un engaño.
Igual que las obras arquitectónicas,

7 may 2016

BESOS EN EL PAN, por Almudena Grandes

Desde hace casi un año se encuentran todos los días, a las ocho y media de la mañana, en la misma barra del mismo bar de la misma estación  de metro.
María gracia nunca se ha sentido guapa, pero tuvo una edad luminosa que se prolongó en el tiempo, y buen tipo, un cuerpo donde las formas cóncavas las convexas se acoplaban en una dichosa armonía. Tenía además un pelo espectacular, una melena castaña, larga y rizada que llamaba la atención, restándola de los rasgos de un rostro vulgar de ojos pequeños, mandíbula cuadrada y labios casi inexistentes, de tan finos, que casaban muy mal con su acento venezolano. El paso del tiempo se ha cebado en el espesor de sus cabellos y en las curvas de su silueta, anulándolos por igual para dejarla a solas con sus labios borrosos, su mandíbula cuadrada, sus ojos pequeños, y un odioso flotador de grasa insoluble donde antes, en aquellos tiempos en los que al mirarse en el espejo veía un cuerpo y no un fardo rectangular, recuerda que solía ponerse un cinturón.
 Hace mucho tiempo que no la mira nadie. La primera vez que él lo hace, se repasa directamente a sí misma para comprobar que no ha pisado una caca de perro, ni ha reventado las costuras de los pantalones, ni ha salido de casa con la parte de arriba del pijama. Cuando descubre que todo está en orden, piensa que será una casualidad.
Antonio jamás ha sido guapo, en su juventud menos que nunca. La edad ha ido secando los granos de su cara, eliminando el exceso de grasa que convirtió durante décadas su nariz en un bulto informe, sustituyendo las ondas espesas, apelmazadas, de su flequillo, por una calvicie que le amarga aunque le favorece, o viceversa. Todo lo demás es obra del alcohol. De adolescente envidiaba a los chicos muy delgados, y a fuerza de beber ha logrado quedarse en los huesos. Como nada sale gratis, el coñac le ha asignado a otra raza. Ahora parece un piel roja, rojiza su cara en general, en particular sus pómulos, repletos de venillas rotas que se ramifican día tras día para conquistar ya la base de su nariz.
 Todos los días, a las ocho y media de la mañana, se encuentran en la misma barra del mismo bar de la misma estación de metro.