El relato inicia con una foto de una joven sentada al lado de su madre y
al otro lado se encuentra un joven algo distante, inconforme cortando leña. Es
un paisaje campestre...
Es ella, ¿no se acuerdan?, mi hija Marianne, la jovencita que está a mi
lado en esta diapositiva, la misma...A ver, voy a quitarme de delante para que
la vean mejor...Claro, si ya sabía yo que la recordarían, con la de disgustos
que me ha dado durante tantos años, un quebradero de cabeza perpetuo, no se lo
pueden ustedes ni figurar, o bueno, a lo mejor si que se lo figuran, porque si
me hubiera tocado en suerte una hija así, no seguiría yo viniendo a las
reuniones, todos los lunes y todos los jueves, sin faltar uno, en fin...
Y no saben lo mona que era cuando era pequeña, pero monísima, de verdad
una ricura de cría, alegre, dócil, ordenada, obediente, cuando era bebé y la
sacaba en su cochecito a dar un paseo por la avenida, tardaba más de media hora
en recorrer cien metros, en serio, porque al verla tan gordita, tan rubia, tan
sonrosada..., en resumen, tan guapa, todas las señoras se paraban a admirarla,
y le acariciaban las manitas, y le hacían cucamonas, y le mandaban besitos en
la punta de los dedos, bueno, esa clase de cosas que se le hacen a los niños
que se crían tan hermosos como ésta, que parecía un anuncio de Nestlé, eso
mismo parecía. De más mayorcita, en el colegio, hacía todos los años de
Virgen María en la función de Navidad



