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11 may 2020

AMOR DE MADRE, de Almudena Grandes


El relato inicia con una foto de una joven sentada al lado de su madre y al otro lado se encuentra un joven algo distante, inconforme cortando leña. Es un paisaje campestre...

Es ella, ¿no se acuerdan?, mi hija Marianne, la jovencita que está a mi lado en esta diapositiva, la misma...A ver, voy a quitarme de delante para que la vean mejor...Claro, si ya sabía yo que la recordarían, con la de disgustos que me ha dado durante tantos años, un quebradero de cabeza perpetuo, no se lo pueden ustedes ni figurar, o bueno, a lo mejor si que se lo figuran, porque si me hubiera tocado en suerte una hija así, no seguiría yo viniendo a las reuniones, todos los lunes y todos los jueves, sin faltar uno, en fin...

Y no saben lo mona que era cuando era pequeña, pero monísima, de verdad una ricura de cría, alegre, dócil, ordenada, obediente, cuando era bebé y la sacaba en su cochecito a dar un paseo por la avenida, tardaba más de media hora en recorrer cien metros, en serio, porque al verla tan gordita, tan rubia, tan sonrosada..., en resumen, tan guapa, todas las señoras se paraban a admirarla, y le acariciaban las manitas, y le hacían cucamonas, y le mandaban besitos en la punta de los dedos, bueno, esa clase de cosas que se le hacen a los niños que se crían tan hermosos como ésta, que parecía un anuncio de Nestlé, eso mismo parecía. De más mayorcita, en el colegio, hacía todos los años de  Virgen María en la función de Navidad


6 feb 2018

UNA NEVERA PORTÁTIL, de Almudena Grandes

Salieron a la calle a las diez y treinta y dos minutos de una mañana de junio soleada, calurosa.
Como todos los sábados, se separaron sin despedirse ante el portal de su casa. Él fue al garaje, a recoger el coche, y ella se quedó esperando con la maleta, la nevera portátil, un cesto de paja lleno de envases con comida preparada, la jaula del canario y el perro de su marido.
A las diez y treinta y siete miró el reloj. Su marido se estaría ajustando ya el cinturón. Aún no habían tenido hijos. Él era partidario de disfrutar de la vida todavía unos años más.
A las diez y cuarenta y dos, el coche no había salido del garaje, pero el perro se había meado en medio de la acera. Ella lo miró con repugnancia. No le gustaban los perros y no entendía por qué se retrasaba tanto su marido.
A las diez y cuarenta y nueve empezó a sudar. Ya faltaría poco para poder freír huevos en el tejado de pizarra de la casita que tenían en la sierra. Y la caravana de ida. Y la de vuelta. Y los mosquitos. Y su suegra.

10 jul 2017

LOS BESOS EN EL PAN, Almudena Grandes

El domingo de Ramos, Diana invita a su madre a comer.
Adela lleva el vino y el postre, como siempre, y se fija en que su yerno no come mucho y habla todavía menos.
 — ¿Me ayudas a recoger la mesa, mamá?
Después del café, Adela está convencida de que su hija quiere encerrarse con ella en la cocina para hablarle de su marido, y sus primeras palabras parecen confirmarlo.
 —Mira, mamá, yo... —abre el lavaplatos, se agacha a estudiar su contenido, y desde allí se explica algo mejor—. Tengo un problema.
 —Ya me he dado cuenta —la madre empieza a llenar de vasos la bandeja de arriba—. ¿Qué le pasa a Pepe?
—¿A Pepe? —pero su hija se vuelve a mirarla con un gesto de estupor y una bandeja de horno chorreando agua entre las manos—. A Pepe no le pasa nada.
 —¿Seguro?
 —Seguro —asiente con energía, regresa al lavaplatos—. No es Pepe, es Sofía, que quiere pasar la Semana Santa en la playa con ese novio que se ha echado, pero como él gana tan poco y no puede pagar un hotel, y tampoco quiere pagarlo ella para que él no se sienta mal, pues me ha dicho que si pueden acoplarse en nuestra casa.
 —¡Ah! —Adela sonríe mientras sigue colocando vasos, porque Diana acaba de recordarle que la que tiene un problema menos es ella—. Fenomenal, me alegro un montón, eso es lo que necesitaba tu hermana, yo estoy encantada.
 —Ya, y yo también pero, verás... —Diana se apoya en el fregadero, levanta una mano, cierra el puño y empieza a desplegar los dedos, uno por uno—. En nuestro cuarto, dormimos nosotros. En el de invitados, mis suegros, que se apuntaron hace un mes. En el cuarto de los niños, duermen Pablo y su amigo Felipe, porque Jose no viene, me ha dicho que tiene que quedarse en Madrid a estudiar. Total, que si pongo a Mariana en el dormitorio de al lado de la cocina, Sofi y su novio pueden dormir en su cuarto, pero...
 —Pero las camas son de ochenta —completa Adela.
 —Eso da igual, mamá. Están en esa fase en la que dos duermen en una cama pequeña y les sobra sitio. No es eso, es que ya no tengo más camas.
 —¿Y? —pero lo entiende todo de repente—. ¡Ah! Lo dices por mí... No te preocupes, hija, si yo no pensaba moverme de Madrid en Semana Santa. Tengo un montón de cosas que hacer.
 —¿De verdad?

7 may 2016

BESOS EN EL PAN, por Almudena Grandes

Desde hace casi un año se encuentran todos los días, a las ocho y media de la mañana, en la misma barra del mismo bar de la misma estación  de metro.
María gracia nunca se ha sentido guapa, pero tuvo una edad luminosa que se prolongó en el tiempo, y buen tipo, un cuerpo donde las formas cóncavas las convexas se acoplaban en una dichosa armonía. Tenía además un pelo espectacular, una melena castaña, larga y rizada que llamaba la atención, restándola de los rasgos de un rostro vulgar de ojos pequeños, mandíbula cuadrada y labios casi inexistentes, de tan finos, que casaban muy mal con su acento venezolano. El paso del tiempo se ha cebado en el espesor de sus cabellos y en las curvas de su silueta, anulándolos por igual para dejarla a solas con sus labios borrosos, su mandíbula cuadrada, sus ojos pequeños, y un odioso flotador de grasa insoluble donde antes, en aquellos tiempos en los que al mirarse en el espejo veía un cuerpo y no un fardo rectangular, recuerda que solía ponerse un cinturón.
 Hace mucho tiempo que no la mira nadie. La primera vez que él lo hace, se repasa directamente a sí misma para comprobar que no ha pisado una caca de perro, ni ha reventado las costuras de los pantalones, ni ha salido de casa con la parte de arriba del pijama. Cuando descubre que todo está en orden, piensa que será una casualidad.
Antonio jamás ha sido guapo, en su juventud menos que nunca. La edad ha ido secando los granos de su cara, eliminando el exceso de grasa que convirtió durante décadas su nariz en un bulto informe, sustituyendo las ondas espesas, apelmazadas, de su flequillo, por una calvicie que le amarga aunque le favorece, o viceversa. Todo lo demás es obra del alcohol. De adolescente envidiaba a los chicos muy delgados, y a fuerza de beber ha logrado quedarse en los huesos. Como nada sale gratis, el coñac le ha asignado a otra raza. Ahora parece un piel roja, rojiza su cara en general, en particular sus pómulos, repletos de venillas rotas que se ramifican día tras día para conquistar ya la base de su nariz.
 Todos los días, a las ocho y media de la mañana, se encuentran en la misma barra del mismo bar de la misma estación de metro.