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26 nov. 2017

LA MONTAÑA, de Anderson Imbert

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie. -¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar. Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
 -¡Papá, papá! El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

Que lo disfruten,
Carmen

17 nov. 2017

¿CUÁL SERÁ EL FAVORITO?, por Carmen Nani

La consigna para el último encuentro del año, es elegir el cuento que más gustó,y decir por qué. 
Los invito a que participen de este juego, que implica leer mucho y disfrutar más...

¿Cuál será el favorito?

A continuación lo leído y compartido durante este año que se despide...






“AMOR 77”, de Julio Cotázar
“LA INUNDACIÓN”, de Pedro Chappa
“MATAR A UN NIÑO”,  de Stig Dagerman
“UN HOMBRE SIN SUERTE”, de Samanta Schweblin
“UNA MEDIDA TEMPORAL”, de Jhumpa Lahari
“TRAVESÍA”, de Gabriela Melania Camaño
“COMO ARREGLAR EL MUNDO”, de Gabriel García Márquez
“PÁJAROS PROHIBIDOS”, de Eduardo Galeano
“HABLABA Y HABLAMA”,  de Maux Aub
“UN SUEÑO”, de Jorge Luis Borges
“DESPECHO”, de Andrés Neuman
“BESOS EN EL PAN”, de Almudena Grandes
“LA TÍA LILA”, de Daniel Moyano
“LA DENSIDAD DE LAS PALABRAS”, de Luisa Valenzuela
“SI ESTO ES LA VIDA, YO SOY CAPERUCITA ROJA”, de Luisa Valenzuela
“VIEJO CON ÁRBOL”, de Fontanarrosa
“LOS POCILLOS”, de Mario Benedetti
“LAS PANTERAS Y EL TEMPLO”, de Abelardo Castillo
“EMA ZUNS”, de Jorge Luis Borges
“EL ESPEJO” de Nicolas Di Candia
"HOY TEMPRANO", de Pedro Mairal

Hasta muy pronto,
Carmen


24 oct. 2017

LAS PANTERAS Y EL TEMPLO, de Abelardo Castillo

Y sin embargo sé que algún día tendré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me temblará la mano y ella abrirá los ojos mirándome aterrada (creyendo acaso que aún sueña, que ese que está ahí junto a la cama, arrodillado y con el hacha en la mano, es un asesino de pesadilla), y entonces me reconocerá, quizá grite, y sé que ya no podré detenerme. Todo fue diabólicamente extraño. Ocurrió mientras corregía aquella historia del hombre que una noche se acerca sigilosamente a la cama de su mujer dormida, con un hacha en alto (no sé por qué elegí un hacha: ésta aún no estaba allí, llamándome desde la pared con un grito negro, desafiándome a celebrar una vez más la monstruosa ceremonia). Imaginé, de pronto, que el hombre no mataba a la mujer. Se arrepiente, y no mata. El horror consistía, justamente, en eso: él guardará para siempre el secreto de aquel juego; ella dormirá toda su vida junto al hombre que esa noche estuvo a punto de deshacer, a golpes, su luminosa cabeza rubia (por qué rubia y luminosa, por qué no podía dejar de imaginarme el esplendor de su pelo sobre la almohada), y ese secreto intolerable sería la infinita venganza de aquel hombre. La historia, así resuelta, me pareció mucho más bella y perversa que la historia original. Inútilmente, traté de reescribirla. Como si alguien me hubiese robado las palabras, era incapaz de narrar la sigilosa inmovilidad de la luna en la ventana, el trunco dibujo del hacha ahora detenida en el aire, el pelo de la mujer dormida, los párpados del hombre abiertos en la oscuridad, su odio tumultuoso paralizado de pronto y transformándose en un odio sutil, triunfal, mucho más atroz por cuanto aplacaba, al mismo tiempo, al amor y a la venganza.