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25 nov. 2019

EL CIELO ENTRE LOS DURMIENTES, de Humberto Constantini


Ni un alma por la calle. Como si el sol de la siesta cayendo a pique y después derramándose por todos lados, hubiera empujado a bichos y gente a quién sabe qué escondidos refugios, adonde el sol no puede penetrar, pero ante los cuales se queda montando guardia, rabioso y vigilante como un perro en acecho.
Por la calle vamos Ernesto y yo. Hace cinco minutos, un silbido me arrancó de la sombra de la glicina y me mostró entre dos pilares de la balaustrada un rostro enrojecido y contento. No hubiera sido necesario que me dijera "¿salís?" con un grito breve y exacto como un pelotazo. Yo lo estaba esperando, o mejor dicho yo estaba esperando un pretexto cualquiera para dejar aquella modorra del patio adonde me llegaban ruidos lejanos e incitantes entreverados con el aleteo de algún mangangá.
Por eso no le contesté nada y en seguida estuve con él en la puerta. Se sabe que saldríamos a caminar. Ernesto es así y nuestros doce años no soportan otras tratativas que ese "¿salís?" liso y directo viniendo de un mechón caído sobre los ojos, de una transpirada camiseta amarilla y de unas ganas de hacer muchas cosas que le brillan en la mirada.
Un saludo "¿qué hacés?" y caminamos. El agua de la zanja, un agua barrosa, oscura, caliente, cubierta de protuberancias verdes como el lomo de un sapo, se agita por momentos a impulso de invisibles zambullidas o respira a través de unos globos lentos, pesados, que levantan nuevas ampollas en su pellejo y hacen un extraño ruido de glogloteo como si ya estuviera por soltar el hervor.
Caminamos. La tierra quema en los pies y es lindo sentir ese mordisco cariñoso, de cachorro, con que la tierra nos juguetea por las pantorrillas. Pero más lindo es no sentir nada de eso, sino esas ganas locas de meterse en la tarde como en una selva. ¿No es cierto, Ernesto?
Caminamos. Un aguacil grande y rojo viene a despedirnos, pasa zumbando a nuestro lado y siguiendo la línea de yuyos que bordea la zanja llega hasta el puente de la esquina y vuelve volando a toda máquina amagando un encontrón. - ¡A que no lo agarrás!
Caminamos. Las cuadras del barrio quedan atrás. Los paraísos se cambian en plátanos y después otra vez en paraísos. Flechillas, lenguas de vaca, huevitos de gallo. Esta es otra zanja, no la nuestra. ¿Habrá ranones por aquí?
Caminamos. ¡Aquella montaña! ¡A saltarla! La sangre nos golpea en el pecho y en el rostro. La vida es una alegría retenida en los músculos y es ese olor a sol, a sudor y a piel caliente que viene de la ropa de Ernesto.
Caminamos. Ernesto sabe de muchas cosas. De trabajos, de aventuras, de casas abandonadas y de extraños nombres de calles. Mientras caminamos me habla. Me cuenta un disparate y yo me río. Me río como un loco. Me río tanto que Ernesto se contagia de mi propia risa y empieza a reírse él también. Le salen lágrimas de los ojos, se aprieta el costado, no puede parar. Yo lo miro y me da más risa todavía verlo reír. Caminamos tambaleantes, empujándonos, atorándonos de risa. La risa se nos atropella en la boca, nos crece incontenible por todos lados, nos acompaña por cuadras y cuadras esa risa sin por qué, como si una bandada de gorriones enloquecidos nos estuviera siguiendo.
La esquina. Otra cuadra. La risa. Ladridos detrás de un alambre. Otra cuadra. Magnolias, jardines, postes del teléfono. Otra cuadra. Las alpargatas de Ernesto levantando el polvo en las veredas. Otra cuadra. El cielo, la soledad de la siesta, el silbido de una urraca. Otra

18 nov. 2019

AMIGOS POR EL VIENTO, de Liliana Bodoc


A veces, la vida se comporta como un viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se le entiende. A su paso todo peligra; hasta lo que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas.
Cuando la vida se comporta de ese modo, se nos ensucian los ojos con los que vemos. Es decir, los verdaderos ojos. A nuestro lado, pasan papeles escritos con una letra que creemos reconocer. El cielo se mueve más rápido que las horas. Y lo peor es que nadie sabe si, alguna vez, regresara la calma.
Así ocurrió el día que se papá se fue de casa. La vida se nos transformó en viento casi sin dar aviso. Yo recuerdo la puerta que se cerró detrás de su sombra y sus valijas. También puedo recordar la ropa reseca sacudiéndose al sol mientras mamá cerraba las ventanas para que, adentro y adentro, algo quedara en su sitio.
– Le dije a Ricardo que viniera con su hijo. ¿Qué te parece?
– Me parece bien – mentí.
Mamá dejó de pulir la bandeja, y me miró:
– No me lo estás diciendo muy convencida…
– Yo no tengo que estar convencida.
– ¿Y eso que significa? – preguntó la mujer que más preguntas me hizo en mi vida.
Me vi obligada a levantar los ojos del libro:
– Significa que es tu cumpleaños, y no el mío – respondí.
La gata salió de su canasto, y fue a enredarse entre las piernas de mamá.
Que mamá tuviera novio era casi insoportable. Pero que ese novio tuviera un hijo era una verdadera amenaza. Otra vez, un peligro rondaba mi vida. Otra vez había viento en el horizonte.
– Se van a entender bien – dijo mamá -. Juanjo tiene tu edad.
La gata, único ser que entendía mi desolación, salto sobre mis rodillas. Gracias, gatita buena.
Habían pasado varios años desde aquel viento que se llevó a papá. En casa ya estaban reparados los daños. Los huecos de la biblioteca fueron ocupados con nuevos libros. Y hacía mucho que yo no encontraba gotas de llanto escondidas en los jarrones, disimuladas como estalactitas en el congelador, disfrazadas de pedacitos de cristal. «Se me acaba de romper una copa», inventaba mamá, que, con tal de ocultarme su tristeza, era capaz de esas y otras asombrosas hechicerías.
Ya no había huellas de viento ni de llantos. 


4 nov. 2019

NECESITO UN HOMBRE QUE SILBE...., de Vilma Novick

Necesito un hombre que silbe…
- como él -
No importa melodía ni entonación.
Que silbe la vida sin miedos.
Exorcice las penas del alma.
Rompa ausencias y distancias.
Le haga gambetas a la pobreza.
Trabaje sin quejas desde el alba.
Cuelgue notas musicales en los
platos de la justicia, torcida balanza…
Necesito un hombre que silbe
- como él –
con las manos en los bolsillos
mientras pedaleaba atrapando
soles para estrenar mañanas.
Necesito un hombre que silbe
hasta matar la muerte, matarla.
Para que se haga trizas mi nostalgia
y me devuelva en silbido o trino
a mi viejo, el Ruso, a mi corazón niño.
Necesito en aleteo de infancia
recuperar a mi pájaro padre…
Nadie
Nadie
Nadie silba en la calle.

21 oct. 2019

EL NARRADOR, de Oscar Wilde

Había una vez un hombre a quién todos querían porque contaba historias muy bonitas. Diariamente salía por la mañana de su aldea, y cuando volvía al atardecer, los trabajadores, casados de trajinar todo el día, se agrupaban junto a él y le decían:
-¡Anda, cuéntanos lo que has visto hoy!
Y él contestaba:
-He visto en el bosque a un fauno que tocaba la flauta, y a su alrededor muchos enanitos con sus gorras de colores, bailando alegremente.
-¿Qué otra cosa viste?- le preguntaban los hombres, que no se cansaban de escucharlo.
-Cuando llegué a la orilla del mar ¡A que no se imaginan lo que vi!

14 oct. 2019

AMOR DESAPARECIDO, Tununa Mercado


Lo mira insistentemente. Lo toca dejando perdurar sus dedos en las líneas de su boca. Lo besa con labios y lengua. El arrobamiento no aparece. Lo vuelve a abrazar, lo suelta, toma distancia para evaluar con el entendimiento lo que le niega la emoción. Él es el mismo pero ella ya no desentraña en él aquel brillo que otrora la iluminaba. Sus manos son las mismas y cuando las toma entre las suyas cree reconocer una tibieza conocida, pero, si bien la tibieza está, pareciera que de algún modo fuera segregada sin intención ni mensaje y existiera por su propio continente natural, las manos. Se aparta, observa la situación tratando de buscar el punto donde sea posible recomenzar. Se esfuerza por clavar su mirada en sus ojos y transmitirle una pasión incontenible; dice dos o tres frases vehementes intentando crear una situación de reacomodamiento amoroso; sonríe y entorna los ojos retrotrayéndose a gestos de seducción que antes bordeaban el desmayo pero que ahora se disipan, contra paredes muelles y sin resonancias; vuelve a poner sus labios en su boca queriendo extraer una sensación, al menos una distante sensación que vuelva a dibujar la forma del deseo; se aprieta contra su cuerpo y hace coincidir, como tantas otras veces, su pubis contra su sexo.

7 oct. 2019

DELITO, de Antonio Di Benedetto



Yo era un tenaz fumador. Una noche quedé dormido con un tabaco en la boca. Desperté con miedo de despertar. Parece que lo sabía: me había nacido un ala de murciélago. Con repugnancia, en la oscuridad busqué mi cuchillo mayor. Me la corté. Caída, a la luz del día, era una mujer morena y yo decía que la amaba. Me llevaron a prisión.
Del autor del "Caballo en el salitral" y "Zama".
Que lo disfruten,
Carmen

30 sept. 2019

AMUTAY, AMUTAY, TRIPA HUECUFÚ, de Cristina Bajo


AÑO 1807


Dicen que se dice
Que aquesto pasó
A la niña mala
Que al Diablo tentó.


Muchos maliciaron que María de la Cruz estaba “dañada” por haber fornicado con un infiel, lo cual era dos veces vergonzoso, como apuntara su tía Dolorita, por ser la joven cristiana y, además, hija de un Bustamante y una Cabrera, que en Córdoba es prosapia.
Pasado el tiempo de aquellos sucedidos, cuando las criadas eran ya unas morenas arrugadas y friolentas que se lo pasaban al lado del fogón contando cuentos de ánimas, reconocieron que hubo “alardes”, aquellas rarezas con que el Maligno, para que la gente se vaya anoticiando, anuncia sus perversas intenciones.
Estos alardes eran hechos que se presentaban, en un principio, sugestivos y a la vez dudosos de comprender. A saber, se decía que una vez se oyó, en las negruras de la noche, a alguien moviendo trastos en los fogones y cuando las morenas acudieron a conjurar al intruso armadas de escobas y crucifijos —por si era un alma en pena— encontraron cadenas, cerrojos, pasadores y trancas en su sitio... aunque un humillo maloliente escapaba por el ventanuco.
Una de ellas soltó un “¡Ayayayyy!” espeluznante, despertando al ama que, imaginando conductas contra el sexto mandamiento, les dio un susto de ordago al irrumpir en la cocina con la vara de disciplinar.
En la baraúnda de las fámulas que mentaban prodigios, la señora — reacia a aceptar pareceres de esclavas— buscó fundamento a lo sucedido: los ruidos serían de gato o pericote, únicos que podían escurrirse entre las rejas; el humo vendría del rescoldo y la hediondez, con el susto... en fin, dejarlo ahí.
Varios días después, una luz recorrió las habitaciones a las primeras del crepúsculo, mientras rezaban el rosario, y se escuchó el gemido de algo sobrenatural arrastrándose por los sótanos. Fue entonces que María de la Cruz cayó hacia atrás, donde por suerte estaba su ama de cría, una negra enorme llamada Betsabé, que la recogió en brazos mientras tiraba mandobles y distribuía cruces conminando a Belcebú a retirarse.
Calló el atroz lamento y la Niña volvió en sí, encontrándose el ama en la ímproba tarea de explicar aquello. Salió del paso acusando a la hija de haberse hartado de brevas calientes, con el agravante de una insolación, ya que la había descubierto, siestas atrás, volviendo del río, empapada y febril, muda de espanto. Zamarreada por la madre, María de la Cruz confesó haberse topado, en la Ribera del Bajo, con el Sombrerudo. La madre puso el grito en el cielo cuando mentó al duende perverso, ofensor de jovencitas, ladrón de voluntades, pero la desobediente le aseguró que, salvo el susto, nada hubo que lamentar, pues pudo escapar a tiempo, ya que tenía el pie en el estribo y una jaculatoria en la boca.
Poco después, una de las morenas lloró sus lágrimas, arrodillada por el tiempo de un ángelus sobre granos de maíz; la hermana del hacendado, señorita rígida como inquisidor en autos, la había encontrado volteando los retratos de los antepasados en la sala de honor. Sin embargo, no hubo forma de convencer a la chiquilla de que se reconociera culpable, pues se empecinó en que, sospechando una travesura del mozo Agustín (por quien la infeliz penaba) quiso enderezar el entuerto para que no le diera un soponcio al patrón.

23 sept. 2019

CATEDRAL de Raymond Carver


Un ciego, antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De modo que estaba visitando a los parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi mujer desde casa de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren: tras cinco horas de viaje, mi mujer le recibiría en la estación. Ella no le había visto desde hacía diez años, después de un verano que trabajó para él en Seattle. Pero ella y el ciego habían estado en comunicación. Grababan cintas magnetofónicas y se las enviaban. Su visita no me entusiasmaba. Yo no le conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuese ciego. La idea que yo tenía de la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros. Un ciego en casa no era una cosa que yo esperase con ilusión.
Aquel verano en Seattle ella necesitaba trabajo. No tenía dinero. El hombre con quien iba a casarse al final del verano estaba en una escuela de formación de oficiales. Y tampoco tenía dinero. Pero ella estaba enamorada del tipo, y él estaba enamorado de ella, etc. Vio un anuncio en el periódico: Se necesita lectora para ciego, y un número de teléfono.

16 sept. 2019

LA QUE NO ESTÁ, de Ana María Shua

Agregar leyenda
Ninguna tiene tanto éxito como La Que No Está. Aunque todavía es joven, muchos años de práctica consciente la han perfeccionado en el sutilísimo arte de la ausencia. Los que preguntan por ella terminan por conformarse con otra cualquiera, a la que toman distraídos, tratando de imaginar que tienen entre sus brazos a la mejor, a la única, a La Que No Está.





De( Casa de Geishas)

Que lo disfruten,
Carmen

9 sept. 2019

LA JOVEN TEJEDORA, de Marina Colasanti

Se despertaba cuando todavía estaba oscuro, como si pudiera oír al sol llegando por detrás de los márgenes de la noche. Luego, se sentaba al telar.
Comenzaba el día con una hebra clara. Era un trazo delicado del color de la luz que iba pasando entre los hilos extendidos, mientras afuera la claridad de la mañana dibujaba el horizonte.
Después, lanas más vivaces, lanas calientes iban tejiendo hora tras hora un largo tapiz que no acababa nunca.
Si el sol era demasiado fuerte y los pétalos se desvanecían en el jardín, la joven mujer ponía en la lanzadera gruesos hilos grisáceos del algodón más peludo. De la penumbra que traían las nubes, elegía rápidamente un hilo de plata que bordaba sobre el tejido con gruesos puntos. Entonces, la lluvia suave llegaba hasta la ventana a saludarla.
Pero si durante muchos días el viento y el frío peleaban con las hojas y espantaban los pájaros, bastaba con que la joven tejiera con sus bellos hilos dorados para que el sol volviera a apaciguar a la naturaleza.
De esa manera, la muchacha pasaba sus días cruzando la lanzadera de un lado para el otro y llevando los grandes peines del telar para adelante y para atrás.
No le faltaba nada. Cuando tenía hambre, tejía un lindo pescado, poniendo especial cuidado en las escamas. Y rápidamente el pescado estaba en la mesa, esperando que lo comiese. Si tenía sed, entremezclaba en el tapiz una lana suave del color de la leche. Por la noche, dormía tranquila después de pasar su hilo de oscuridad.
Tejer era todo lo que hacía. Tejer era todo lo que quería hacer.
Pero tejiendo y tejiendo, ella misma trajo el tiempo en que se sintió sola, y por primera vez pensó que sería bueno tener al lado un marido.
No esperó al día siguiente. Con el antojo de quien intenta hacer algo nuevo, comenzó a entremezclar en el tapiz las lanas y los colores que le darían compañía. Poco a poco, su deseo fue apareciendo. Sombrero con plumas, rostro barbado, cuerpo armonioso, zapatos lustrados. Estaba justamente a punto de tramar el último hilo de la punta de los zapatos cuando llamaron a la puerta.

2 sept. 2019

ENEMIGA, de Sandra Barrera Andrada

Trepan como animales el muro de metal. Avanzan sigilosos para que los guardias los presientan como una equivocación de la naturaleza. Esta vez, la noche y la luna se disputan una batalla triste. una de las dos será la delatora.




Del libro "La opción del sitio"
Que lo disfruten,
Carmen

26 ago. 2019

ANIVERSARIO, de Rubén Capodacqua


Festejan sus Bodas de Plata. Suben al camarote, cenan, ríen, hay regalos y besos.
En la cama, ella le agradece el momento. Él – en cambio- piensa que 25 años es una eternidad y le aprieta el cuello hasta llevarla al final de su vida.

de "Hagamos el resto"





Que lo disfruten,
Carmen