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6 feb. 2018

UNA NEVERA PORTÁTIL, de Almudena Grandes

Salieron a la calle a las diez y treinta y dos minutos de una mañana de junio soleada, calurosa.
Como todos los sábados, se separaron sin despedirse ante el portal de su casa. Él fue al garaje, a recoger el coche, y ella se quedó esperando con la maleta, la nevera portátil, un cesto de paja lleno de envases con comida preparada, la jaula del canario y el perro de su marido.
A las diez y treinta y siete miró el reloj. Su marido se estaría ajustando ya el cinturón. Aún no habían tenido hijos. Él era partidario de disfrutar de la vida todavía unos años más.
A las diez y cuarenta y dos, el coche no había salido del garaje, pero el perro se había meado en medio de la acera. Ella lo miró con repugnancia. No le gustaban los perros y no entendía por qué se retrasaba tanto su marido.
A las diez y cuarenta y nueve empezó a sudar. Ya faltaría poco para poder freír huevos en el tejado de pizarra de la casita que tenían en la sierra. Y la caravana de ida. Y la de vuelta. Y los mosquitos. Y su suegra.

30 dic. 2017

¡CHAU 2017! ¡BIENVENIDO 2018!

En el ocaso de un año muy intenso, el sentimiento que me embarga es de profundo agradecimiento. Gracias, Liz por ser el contrapunto justo, el complemento ideal para sostener cada encuentro. Gracias a los que a través de distintos medios nos han seguido fieles, siempre con una palabra de aliento. Y por supuesto, un gracias enorme a cada una de las mujeres que han nutrido y enriquecido este taller. 
Levanto la copa por un formidable 2017, y redoblo apuestas  para que el próximo 2018 sea inolvidable...

Hasta el próximo café, cuento o encuentro,
Carmen


26 nov. 2017

LA MONTAÑA, de Anderson Imbert

El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie. -¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar. Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.
 -¡Papá, papá! El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

Que lo disfruten,
Carmen