Nuestros cuerpos son como árboles bonsái. Ni una hojita inocente puede crecer en libertad, sin ser viciosamente suprimida, tan estrecho es nuestro ideal de apariencia. KHYENTSÉ NORBU Desde que me casé, tenía la costumbre de pasear los domingos por la tarde en el jardín botánico de Aoyama. Era una manera de descansar de mi trabajo y de las ocupaciones domésticas –si permanecía en casa los fines de semana, Midori, mi mujer, me pedía inevitablemente que arreglara alguna cosa–. Después del desayuno, tomaba algún libro y caminaba por el barrio, hasta llegar a la avenida Shinjuku para entrar al jardín por la puerta del este. Así podía caminar junto a las fuentes largas, recorrer las hileras de árboles que hay en el patio y, si hacía sol, sentarme a leer en alguna banca. En los días de lluvia entraba al café, casi siempre vacío a esas horas, y me ponía a leer frente a una ventana. Al volver a casa salía por la puerta de atrás, donde el guardia me dirigía un saludo cordial de reconocimiento. A pesar de que iba al parque cada domingo, tardé muchos años en entrar al invernadero. Desde muy niño aprendí a disfrutar de los jardines y los bosques, pero nunca me habían interesado las plantas de manera individual. Un jardín era para mí un espacio arquitectónico donde predomina lo verde, un lugar donde uno puede ir sólo pero nunca sin algo que leer o en que entretenerse y al que era posible acudir incluso con clientes de la empresa para cerrar un buen negocio. De joven había ido a ese mismo jardín con alguna chica del colegio y más tarde con alguna novia de la universidad, pero tampoco a ellas se les había ocurrido visitar el invernadero. Hay que reconocer que el edificio no era precisamente atractivo: más que un jardín cerrado, parecía un gallinero o un almacén de verduras. Lo imaginaba un lugar agobiante, enloquecedor como el mercado de Tsukiji, aunque más pequeño y lleno de plantas desconocidas con nombres impronunciables. Pero una tarde,
de manera repentina, el invernadero empezó a interesarme. Recuerdo que era un jueves de puente. En esa ocasión no habíamos salido de la ciudad y había en el aire algo muy parecido al ambiente de un domingo. Tal vez por eso sentí deseos de caminar entre los árboles. No era un día precisamente apropiado para dar un paseo al aire libre: al salir de casa mi mujer me señaló que estaba lloviendo. Tomé mi libro y un gran paraguas y me dispuse a salir del departamento. Sin embargo, justo cuando iba a cerrar la reja del edificio, Midori apareció sonriente en las escaleras, con el impermeable puesto, y anunció que vendría conmigo. Desde que nos casamos, no habíamos vuelto a pasear juntos por ese jardín. Después de tantos años, Aoyama se había convertido en un espacio reservado para mí, uno de esos lugares de los que uno se va apropiando y que constituyen una suerte de refugio, una isla apartada del contacto con los otros. No voy a negar que sentí cierta aprensión ante la idea de que Midori comenzara a acompañarme a Aoyama los domingos. Sin embargo tampoco intenté oponerme. Cuando decidí casarme me propuse compartir todo con ella y me gustaba hacerle saber que entre nosotros no había ningún secreto. Como era mi costumbre, entramos al jardín por la puerta del este y saludamos al guardia, que se mostró contento de verme acompañado. Probablemente se habría preguntado ya cuál era mi situación familiar, puesto que nunca me había visto con alguien. Además, Midori y yo dábamos la imagen perfecta de un matrimonio feliz, o de estar «hechos el uno para el otro», nos lo habían dicho hasta el cansancio desde el día de nuestra boda, al punto que nosotros mismos habíamos terminado por creerlo. A Midori le gusta mucho la lluvia y estaba animada ese día. La recuerdo debajo del paraguas agitando las manos mientras hablaba de su adolescencia en Aoyama. Aunque entonces no nos conocíamos, Midori y yo habíamos vivido en ese barrio durante la adolescencia y le teníamos especial afecto. –Antes, yo venía a este parque tan seguido como tú –me dijo, como si quisiera recobrar cierta legitimidad–. Qué raro que nunca nos hayamos visto, ¿no crees? Mi mujer recorrió el parque una y otra vez, revisándolo todo, con la actitud de quien vuelve a su propiedad después de una larga ausencia y constata los estragos del tiempo. Mientras tanto, yo sostenía el paraguas que nos cubría a los dos. Cuando parecía que nunca iba a cansarse de caminar, se detuvo súbitamente, como si recordara algo. –¡Pero claro! –dijo con los ojos muy abiertos–. ¡El invernadero! –Y salió del paraguas para correr hacia el edificio vetusto. Sintiendo cómo mis pies se hundían ligeramente en la tierra mojada, la miré dirigirse hacia la puerta sin moverme de mi sitio. Pero el invernadero estaba cerrado y a Midori eso le causó una decepción proporcional a su entusiasmo. –Me habría gustado tanto volver a ver al viejo –exclamó. Yo no sabía de quién estaba hablando. Y se lo pregunté. –Antes había aquí un jardinero con el que me sentaba a conversar. ¡Decía cada cosa! A nadie más le gustaba hablar con él. Según mis compañeros de clase, causaba una sensación de desazón en el estómago, como alguien de mal agüero. Pero yo le tenía cariño y no puedo decir que me haya hecho algo malo. –¿En serio decían eso? –pregunté realmente interesado–. ¿Pues de qué hablaba? –La verdad, no lo recuerdo bien, de plantas, me parece. –¿Qué tanta desazón en el estómago pueden causar las plantas si uno no se las come o las prepara en infusión? –pregunté. Nos reímos y cambiamos el tema. El resto de la tarde en el jardín de Aoyama transcurrió tan apacible como había comenzado. Midori y yo volvimos a casa temprano y nos entregamos a la lujuria hasta quedarnos dormidos. El lunes, mientras miraba con atención la alfombra de mi oficina, me descubrí pensando en el jardinero. Yo conocía perfectamente al guardia de la caseta que nos había saludado en la entrada del jardín; conocía también al que poda los arbustos en primavera y pone flores alrededor de las fuentes, pero, en todos los años de ir a ese lugar, nunca había visto al jardinero de Midori. Si el señor seguía ahí, mi mujer tenía una ventaja sobre mí en la posesión del parque. El domingo siguiente, no pude evitar dirigirme de inmediato al invernadero, pero no vi a nadie. Me acerqué a la caseta y le pregunté al guardia por el viejo. –No viene los domingos –respondió–. ¿Para qué lo quiere? –En su rostro me pareció adivinar cierta inquietud. –Mi mujer lo conoce y me pidió que lo saludara –mentí. –Ya casi no viene, está demasiado viejo para seguir trabajando, pero por qué no se da una vuelta el sábado, con un poco de suerte lo encuentra. De modo que pasó una semana más sin que yo conociera al jardinero. Los sábados, Midori tenía la costumbre de pasar la tarde entera en el salón de belleza. Como el paseo en Aoyama para mí, la estética era un espacio que ella se reservaba a sí misma y la sola idea de verme aparecer por la calle, tras la ventana, le habría puesto los pelos de punta. En cambio yo raramente sabía en qué ocuparme a esas horas. A veces leía el periódico por segunda vez o veía algún programa deportivo en la televisión. Recuerdo que ese sábado caía una lluvia sucia, una especie de granizo derretido. A diferencia de mi esposa, yo detestaba la lluvia. Sin embargo, en cuanto Midori salió del departamento, me puse el impermeable y salí rumbo a Aoyama. Era poco probable que, una tarde como ésa y siendo tan viejo, el jardinero estuviera trabajando, pero en cuanto llegué al invernadero lo vi arrodillado, con el uniforme gris, manipulando la tierra de una maceta. Me acerqué a él lentamente, con actitud respetuosa. –¡Mire nada más! –exclamó el viejo al verme–. ¿Qué lo trae por aquí en un sábado, señor Okada? –Su pregunta me desconcertó. Me avergonzaba explicarle que había ido únicamente para conocerlo. Así que preferí escapar por la tangente. –¿Cómo sabe que sólo vengo los domingos? –pregunté. –Un jardinero conoce a todos los gusanos de su territorio, incluso a los que vienen de vez en cuando. Me sonreí. Aunque su broma me hubiera parecido un poco atrevida, en ningún momento sentí la desazón en el estómago de la que había hablado Midori. Al contrario, el viejo se veía simpático y daban ganas de quedarse un rato con él. Así que seguí en el invernadero, observando su trabajo. A diferencia de los otros empleados del jardín, éste no usaba guantes; rascaba la tierra con una espátula muy pequeña y arrancaba las raíces con sus dedos arrugados. Ahora, casi un año después, el solo recuerdo de esas uñas renegridas basta para entristecerme, pero entonces sus manos me habían parecido curiosas, como las de un duende o algún personaje de cuento. El jardinero volvió a su trabajo en silencio. Para no molestarlo, di una vuelta por el invernadero, fingiendo interesarme por los nombres de las diferentes especies que almacenaban ahí, pero no tardé en acercarme de nuevo. Cuando me vio regresar, el viejo levantó la cara y arrojó sobre mí una mirada acuosa. Su ojos negros parecían flotar en esas cuencas tan grandes. Como pasa a menudo con los viejos, su expresión tenía algo infantil, de quien permite todavía que el mundo lo sorprenda. –¿A usted le gustan las plantas, señor Okada? –preguntó con voz seria. –Para serle franco, nunca me han interesado –respondí. –Debí suponerlo. Usted es de los que sólo vienen a pasear por el parque. ¿No es cierto? Si el domingo que entra no estuvieran los pinos, sino una hilera de cipreses, a usted le daría lo mismo, o tal vez ni siquiera lo notara. –Puede que tenga razón –admití–. Con tal de que no haya mucha diferencia entre un pino y un ciprés. –(La verdad, no tenía ni idea de cómo eran los cipreses.) El viejo me miró sin decir nada. Pensé que quizás, para un jardinero apasionado, lo que acababa de decir podía interpretarse como un insulto, pero ni en su rostro ni en la expresión de sus ojos negros y acuosos había rastros de resentimiento. –No lo culpo –dijo por fin–, hay que conocer a las plantas para quererlas y también hay que conocerlas para odiarlas. –¿Odiarlas? –pregunté. –Las plantas son seres vivos, señor Okada, y la relación que uno mantiene con ellas es como cualquier relación con un ser vivo. ¿Los animales tampoco le interesan? Me acordé de un perro que había tenido en la secundaria. Después de un periodo de gloria en que mi hermana y yo jugábamos con él, había acabado arrumbado en la cocina de la casa. Ni siquiera recuerdo cómo desapareció de ahí. –Para serle franco... –volví a decir. –Pues, a pesar de lo que usted pueda creer, las plantas son peores que los animales: o las atiende o se mueren; en pocas palabras, son un chantaje perpetuo. Plante una y verá: en cuanto salga la primera hoja, no podrá dejar de regarla; cuando crezca demasiado tendrá que cambiarla de maceta, quizás con el tiempo le salga alguna plaga. No crea, señor Okada, las plantas son un fastidio. Miré a mi alrededor. En el invernadero todas las plantas se veían perfectamente alineadas y brillantes. Todo parecía estar en su sitio: las plantas de luz en los lugares soleados, las de sombra en el fondo del galpón, más oscuro que la parte de enfrente. El jardinero parecía cumplir perfectamente con su trabajo. –Si le fastidian tanto –pregunté–, ¿por qué se sigue ocupando de ellas? –Digamos que es un compromiso –contestó lacónicamente–. Algunos tenemos el sentido del deber, aunque no todo el mundo sabe qué es eso. Al aceptar el trabajo en el invernadero me comprometí a cuidar de estas plantas y así lo haré hasta que ya no me sea posible. El día siguiente no salí de casa. Puesto que había estado ahí la tarde del sábado, no volví al jardín de Aoyama. Me quedé complaciendo a mi mujer, que, previsiblemente, me encargó una multitud de labores, como arreglar la puerta de la cocina –la cerradura no servía y era necesario cambiarla–, instalar una nueva repisa en el baño –sus cosméticos no cabían ya dentro del clóset–. Después miramos televisión y, aunque Midori insistió varias veces, esa tarde no nos entregamos a la lujuria. Tampoco le hablé de mi visita al invernadero. Así fue como empecé a ir los sábados por la tarde al jardín de Aoyama en lugar de los domingos. Ya no llegaba por la puerta del este, como había sido mi costumbre durante años, sino que lo hacía directamente por la entrada cercana al invernadero. Tampoco paseaba entre los árboles una y otra vez ni me sentaba a leer en una banca. Al verme llegar, el viejo no mostraba sorpresa sino que me recibía con una sonrisa de reconocimiento. También, conforme pasaba el tiempo, hablaba menos conmigo. En general se limitaba a hacer comentarios sobre la planta que estaba podando. A mí me recordaba un poco el ambiente que se instaura en las oficinas entre dos personas acostumbradas a trabajar en el mismo espacio. Sólo que en este caso yo no trabajaba con el jardinero: me sentaba frente a él y encendía un cigarro, luego otro, mientras lo miraba hacer. Poco a poco empecé a familiarizarme con su trabajo, pero también con las plantas. Algunas de ellas empezaron a llamarme la atención más que otras. Cuando me cansaba, me despedía del viejo y salía del invernadero para ir a tomar algo en el café de enfrente. Podrá pensarse que era estúpido, pero así transcurrían mis sábados por la tarde y a mí me parecían toda una aventura. No sé si era el hecho de ver trabajar al jardinero o de mirar las plantas o si era la clandestinidad, pues seguía sin decirle nada a Midori. Y, como ocurre a menudo, para preservar esa clandestinidad tuve que comenzar a hacer malabarismos. Los domingos, por ejemplo, tomaba algún libro del despacho y salía de casa fingiendo que iba a pasear por el jardín botánico, pero en realidad me quedaba en el café de Jenjiko, situado a unas cuantas cuadras de nuestro edificio. Así, sin darme cuenta, pasó más de un mes sin que yo abordara el tema con Midori. «Finalmente», me dije a mí mismo, «fue ella quien te habló de él y si entraste al invernadero, fue animado por sus recuerdos. ¿Por qué mantenerlo en secreto?» Era como si me estuviera robando algo de ella, algo que me negaba a devolverle. En vez de sentirme avergonzado, ese robo me causaba un placer al que no tenía deseos de renunciar y, de la misma manera en que un ladrón se aferra a su botín por ridículo que sea, me negaba a abordar el tema con mi esposa. Pero tampoco ese placer iba a ser duradero. Como dije antes, las plantas empezaron a volverse más interesantes a mis ojos o por lo menos no tan aburridas. Tampoco es que me hubiera vuelto fanático de la botánica, pero de pronto les fui descubriendo cierta personalidad. En pocas palabras, dejaron de ser objetos para convertirse en seres vivos. Un día, por ejemplo, noté que el jardinero no se ocupaba nunca de los cactus. Estaban ahí, olvidados en su tierra seca y cobriza. Algunos erguidos como centinelas, otros en forma de ovillo, a ras del suelo, asumiendo la posición circunspecta de un erizo. Me acerqué a su maceta y me quedé observándolos durante algunos minutos. No parecía haber en ellos ningún movimiento, además de esa actitud tiesa y como a la defensiva. La multitud de espinas diminutas sobre esa piel verdosa me hizo recordar mi propio rostro cuando llevo más de dos días sin afeitarme. Según mi mujer, tengo demasiado pelo para ser japonés. Pero, más allá de la barba, me pareció que los cactus y yo teníamos algo en común (no por nada me resultaban tan entrañables, aunque también me dieran un poco de lástima). Qué diferentes eran de las otras plantas, como los expansivos helechos o las palmeras. Entre más los miraba, más comprendía a los cactus. Seguramente se sentían solos en ese gran invernadero, sin la posibilidad de comunicarse siquiera entre ellos. Los cactus eran los outsiders del invernadero, outsiders que no compartían entre ellos sino el hecho de serlo y, por lo tanto, de estar a la defensiva. «Si yo hubiera nacido planta», reconocí para mis adentros, «no habría podido sino pertenecer a ese género.» La pregunta era inevitable y no se hizo esperar: si yo era una cactácea, ¿qué planta era Midori? La mujer que había elegido para compartir mi vida no era, a todas luces, un cactus. Nada en ellos me la recordaba. Es cierto que Midori también era frágil, pero lo era de otra forma, pues no estaba a la defensiva, blandiendo espinas hacia todas partes. No, ella tenía que ser otra cosa, algo mucho más suave pero, al mismo tiempo, no tan incompatible. Pasé la tarde del sábado mirando las diferentes especies del invernadero pero no logré dar con la planta a la que se parecía Midori. Conforme pasaron los días, mi pertenencia a los cactus me fue pareciendo más y más evidente. En la oficina, me mantenía siempre erguido, esperando con aprensión el momento en que la puerta iba a abrirse para dejar entrar una mala noticia. Cada vez que el teléfono sonaba, sentía sobre mi piel el nacimiento de una nueva espina. En realidad siempre había sido así. Tanto mis compañeros de escuela como mis colegas de trabajo me habían jugado ya algunas bromas acerca de mi temperamento austero, pero nunca les había dado importancia. Ahora, en cambio, todo me parecía una consecuencia lógica de mi condición. Era así de simple: yo era un cactus, ellos no. De vez en cuando podía ocurrir que, en un elevador o en algún pasillo de la empresa, reconociera al pasar a otro cactus. Entonces nos saludábamos casi a la fuerza, evitando mirarnos. Fue como una liberación. En ese momento dejé de preocuparme por cosas que antes me pesaban y me causaban angustia, como el hecho de no saber bailar. Midori, quien bailaba con una sensualidad inimitable, me reprochaba siempre mi rigidez. «No tiene remedio», podía responderle ahora, cínicamente, «tú escogiste casarte con un cactus.» También por esas fechas dejé de propinar sonrisas hipócritas a los colegas que encontraba en el restaurante de la empresa, como había hecho durante tantos años. No era falta de amabilidad, sino simple coherencia con mi naturaleza. Y, al contrario de lo que se podía esperar, la gente no lo tomó a mal. Es más, los compañeros de oficina comentaban que últimamente me veía «en buena forma», incluso «más natural». En la casa también se produjeron algunos cambios. Cuando no tenía nada que decir, no hablaba. A partir de entonces me negué a sostener conversaciones fingidas con Midori acerca de su pedicura, de su vestido nuevo o de lo que le había ocurrido a su amiga Shimamoto durante las vacaciones, y sobre todo dejé de sentirme culpable por no contarle mi amistad con el jardinero. Eso no significaba que mi amor por ella estuviera disminuyendo, al contrario, entre más me asumía, mejor me relacionaba con el mundo. Pero Midori no lo tomó de la misma manera. Mi afirmación como cactus la hacía exagerar todas sus reacciones. Me preguntaba con mayor frecuencia dónde había pasado la tarde y, por si fuera poco, se puso muy insistente con la cuestión de la lujuria. En las mañanas antes de ir al trabajo o en las noches antes de dormir, a Midori le entraban ganas de hacer el amor, cosa que por supuesto contrariaba mi naturaleza cactus. Una noche, desperté sobresaltado después de una pesadilla que no lograba recordar. La luna casi llena entraba por el shoji, pintando la habitación con una luz azulada. El cuerpo de Midori yacía prácticamente sobre el mío, respirando con placidez en un sueño profundo. Tanto sus piernas como sus brazos estaban enlazados con los míos, semejando las ramas de una hiedra o de una madreselva. Así fue como lo supe, mi mujer era una enredadera, suave y brillante. «Por eso le gusta tanto la lluvia», pensé, «mientras que yo no la soporto.» Durante algunos minutos, me quedé pensando en Midori, en su manera callada de infiltrarse en cualquier espacio y de tomar posesión de mi vida. Entre más lo pensaba más iba perdiendo el sueño. Por fortuna recordé la agenda del día siguiente: tenía una cita importante a las nueve. Debía tratar de dormir. Me costó trabajo despertar esa mañana y tomé una ducha más larga que de costumbre. Durante el desayuno, mi mujer permaneció silenciosa. Parecía agobiada por algo. –¿Te sientes bien? –le pregunté cariñosamente, pero evitando tocarla. –Sí, no te preocupes. Es por el sueño de anoche. –¿Cuál sueño? –exclamé, notando ansiedad en mi voz. Antes de responder, Midori tomó una profunda inspiración. –Soñé que teníamos un niño, un bebé precioso. Nunca hemos hablado de eso –explicó mirándome a los ojos, inquisitivamente, como si intentara descifrar mis pensamientos. Sentí un escalofrío. Miré el reloj alarmado: tenía quince minutos de retraso. –Hoy en la noche hablamos. Te lo prometo. Midori y yo llevábamos ocho años casados. Los matrimonios de amigos tenían casi todos hijos. Cuando nos preguntaban cómo hacíamos para vernos tan felices, decíamos que el secreto consistía en no tenerlos. Era curioso que, justo la noche en que había descubierto su verdadera identidad, Midori hablara de ese tema. La cita de la mañana fue un auténtico fiasco, no logré concentrarme ni un minuto en la conversación con el cliente y aún menos convencerlo de que firmara un contrato. Decidí tomar la tarde libre e ir al jardín de Aoyama. En cuanto llegué al invernadero, me puse a buscar una enredadera para constatar mi descubrimiento. Mientras lo hacía, casi tropiezo con el jardinero, que rascaba la tierra de una maceta como un gatito. Pareció sorprendido de verme. –¿No debería estar trabajando, señor Okada? –preguntó sin dejar de podar un arbusto que tenía entre las manos. –Hoy he salido temprano. –Y casi enseguida añadí–: ¿Qué opina de las enredaderas? El jardinero dejó las tijeras en el suelo y me miró sorprendido. –La fuerza de una planta como ésa –me dijoradica en su voluntad a prueba de todo. Son capaces de trepar desde el suelo hasta lo alto de una torre. La ventaja es que sobreviven donde quiera que las ponga, se adaptan a cualquier clima. En la voz del jardinero había una inflexión extraña, como de quien va a anunciar una mala noticia. Por un momento pensé que ya lo sabía todo. –Y esas plantas –pregunté, sintiéndome aún más nervioso– ¿tienen un periodo especial de reproducción? El anciano se tomó un tiempo antes de responder. –Depende, algunas lo hacen cada mes y otras cada semana. ¿Por qué cree que avanzan tan rápido? –¿Y los cactus? –pregunté. –Los cactus son otra cosa. Algunos se reproducen una sola vez en la vida y generalmente lo hacen poco antes de morir. –Al decir esto, echó las tijeras a su bolsa y se levantó–. Venga conmigo –dijo–, le voy a enseñar una cosa. El jardinero me mostró la maceta donde estaban unos cactus que había visto varias veces, sólo que ahora uno de ellos tenía una flor roja en la punta. –Éste es un caso especial. Puede vivir hasta ochenta años y se reproduce cada veinte. Pero no es eso lo que quería mostrarle –explicó–, sino lo que hay aquí. Junto a la maceta de los cactus, pero a unos centímetros del suelo, advertí un recipiente gris de forma rectangular que antes no estaba en ese sitio. El jardinero la había puesto ahí aquella tarde en la que no me esperaba. El recipiente contenía una reproducción en miniatura del jardín de Aoyama. Ahí estaba el café, las fuentes rectangulares, el invernadero y también las hileras de árboles, los pinos y los cerezos. –¿Son de verdad? –pregunté, sorprendido. Y al decir esto me di cuenta de que estábamos hablando en voz baja como dos personas que comparten un secreto. Por toda respuesta el jardinero movió la cabeza, pero de manera tan ambigua que yo no supe si se trataba de una afirmación o de una negativa. Los bonsáis siempre me habían causado una especie de miedo, en todo caso una aprensión inexplicable. Hacía mucho que no veía alguno y encontrarme de repente con tal cantidad de ellos me produjo un malestar casi físico. El viejo debió de darse cuenta y comentó: –Estoy de acuerdo con usted. Son aberrantes. Me sorprendió escuchar esa expresión en la boca de un jardinero, pero al mismo tiempo esa palabra correspondía muy de cerca a lo que yo estaba sintiendo. –¿Por qué están aquí? –pregunté irritado y subiendo un poco la voz–. ¿Por qué me ha traído a ver esto? –Llevo muchos años cultivándolos, he podado cada una de sus hojas, los he visto secar y caer sobre la tierra de la maceta, simulando el estertor de los árboles verdaderos, pero sin ninguna clase de estrépito. Véalos bien, señor Okada –insistió, mientras yo revisaba con cuidado la pequeña corteza como si en ella se escondiera alguna respuesta–. Pienso que ya ha aprendido a mirar lo suficiente las plantas como para darse cuenta: no son plantas, tampoco son árboles. Los árboles son los seres más espaciosos que hay sobre la tierra, en cambio un bonsái es una contracción. Así vengan de un árbol frondoso o de un árbol frutal, los bonsáis sólo son eso, bonsáis, árboles que traicionan su verdadera naturaleza. Volví a casa caminando bajo la lluvia. Como no llevaba paraguas, llegué con la ropa escurriendo. Durante todo el camino, pensé en las enredaderas y en los cactus. Un cactus sufría en ese clima de lluvia, mientras que una enredadera era feliz así. Yo amaba a Midori, pero dejarme invadir era actuar en contra de mi naturaleza. También pensé en lo traicionada y triste que sería una enredadera incapaz de reproducirse. Entré a la casa y me di una ducha caliente. Midori estaba ocupada con un asunto de pruebas que debía mandar a la imprenta esa misma noche, así que, para mi fortuna, no abordamos el tema de la reproducción. El sábado fui al jardín de Aoyama pero el anciano no estaba en el invernadero. Pregunté por él al guardia pero no supo darme ninguna explicación. Al parecer, en el parque estaban acostumbrados a que el jardinero se ausentara algunos días. Estuve esperando un rato en el café, para ver si aparecía de repente, pero al poco tiempo me di cuenta de que era inútil. Al volver a casa me encontré con Midori. Regresaba del salón de belleza. Como cada sábado, tenía el pelo alaciado en un peinado muy semejante al que le deja el agua al salir de la ducha. –¿Por qué me miras así? –me preguntó. –¿Así cómo? –respondí–. ¿Qué te hiciste en el pelo? –Lo mismo de siempre –contestó ella, molesta. Era verdad, el peinado era el de siempre y también el color de las uñas. No había nada nuevo y sin embargo yo no podía dejar de encontrarla distinta, como si, en vez de devolverme a Midori, los del salón de belleza hubieran mandado a su doble. –Es cierto, es el mismo –contesté para terminar con el asunto. Tenía muchísima hambre y no quería correr el riego de retrasar la cena con una discusión absurda. Además, ¿qué podía decirle?, ¿que hoy parecía una réplica de ella misma? Cenamos en silencio, mientras en la radio daban La gazza ladra de Rossini. Entonces me di cuenta: lo que estaba viendo frente a mí era un perfecto bonsái. El bonsái de una enredadera. Pensé que se me pasaría, pero en la noche, antes de dormir, volví a reconocer en su rostro preocupado la contracción de esos árboles enanos. Cuando Midori intentó extender sus ramas alrededor de mi cuerpo no pude sino rechazarla. Así pasó cada noche de la semana, mientras en mí iba creciendo un profundo desasosiego. Un noche mi mujer no pudo más y estalló: –¿Qué te pasa? ¡Hace días que me miras como si fuera una extraterrestre! Tenía razón, pero ¿qué explicación podía darle?, yo mismo no sabía qué pensar. Me levanté de la cama y salí al balcón de nuestro cuarto a fumar un cigarrillo. La luna estaba menguando y al verla sentí una tristeza profunda. ¿Dónde estaba Midori, mi esposa, la mujer con la que había decidido hacer mi vida? Estaba ahí, de eso no cabía duda, pero ¿por qué ya no lograba verla como antes? Midori estaba ahí adentro pero convertida en una enredadera, de la misma forma en que yo me había convertido en un cactus. Pero ¿acaso no lo habíamos sido siempre? ¿Cómo saberlo? Me sentía solo en el mundo, encerrado en una perspectiva de la que ya no podía salir. A lo lejos, desde la habitación, escuché el llanto de Midori, un llanto expansivo como ella misma, metiéndose en el último rincón de mi conciencia. Me reproché mi actitud. Me dije que seguramente, de haberle contado enseguida mi visita al invernadero y mi relación con el viejo, las cosas no habrían tomado nunca esa dimensión aterradora. Si ella me hubiera acompañado el primer sábado por la tarde, habríamos vivido juntos esa aventura. Los dos estaríamos ahora metidos en una historia común y no separados por un estúpido punto de vista como un vidrio insonorizado. Decidí no volver al invernadero. Unos meses después Midori y yo nos separamos. Tuvo que pasar un año para que volviera al jardín botánico. Desde el día en que el jardinero había faltado a la cita no había vuelto a pasear en ese parque. ¿Qué habría sido del viejo? No podía dejar de relacionarlo con mi ruptura y con esa tristeza que desde entonces sentía en mis raíces más profundas, muy distinta de una desazón en el estómago. Comprendí que de alguna forma lo culpaba y sentía la necesidad de decírselo. Así que lo busqué por todas partes pero no lo encontré. Pregunté por él al guardia de la caseta, quien me miró sorprendido como si se tratara de una aparición. –El señor Murakami está en el hospital, se encuentra muy enfermo –explicó el guardia bajando la vista respetuosamente. Era la primera vez que oía el nombre del jardinero. Pensé en el pobre viejo, muriéndose en un hospital sin recursos, preocupado por el destino de sus plantas. Pensé en los diez años que habían pasado desde que Midori y yo nos mudamos del barrio de Aoyama para vivir en Jenjiko, en nuestro departamento de casados. Pensé en mi vida con una enredadera y en lo rápido que había transcurrido. Recordé sobre todo la longevidad de los cactus: ochenta años o más en una tierra seca y cobriza
BONSAI del libro Pétalos y otras historias incómodas
Que lo disfruten,
Carmen
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