Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia majestuosa; bajo un cielo
azul salpicado de hilos de plata, en la calurosa tarde de este verano
agobiador. El cura ofició una misa conmovedora frente al lujoso ataúd de caoba
y, mientras nos refrescaba a todos con agua bendita, nos convenció una vez más
de que la verdadera vida recién comienza después de ésta. Personalidades del
lugar dejaron guirnaldas de flores frescas a los pies del ataúd y, secándose el
rostro con pañuelos perfumados, pronunciaron aburridos discursos, destacando lo
bueno y desprendido que había sido papá con los vecinos, el ejemplo de amor y
abnegación que había sido para su esposa y sus hijos, las incontables cosas que
había hecho por el desarrollo del pueblo. Una banda tocó “La media vuelta”, el
bolero favorito de papá: Te vas porque yo quiero que te vayas, / a la hora que
yo quiera te detengo, / yo sé que mi cariño te hace falta, / porque quieras o
no yo soy tu dueño. Mamá lloraba, los hermanos de papá lloraban. Sólo mi
hermana no lloraba. Tenía un jazmín en la mano y lo olía con aire ausente. Con
su vestido negro de una pieza y la larga cabellera castaña recogida en un moño,
era la sobriedad encarnada.
Pero ayer por la mañana María tenía un aspecto muy diferente.
