Un ciego, antiguo amigo
de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su esposa había muerto. De
modo que estaba visitando a los parientes de ella en Connecticut. Llamó a mi
mujer desde casa de sus suegros. Se pusieron de acuerdo. Vendría en tren: tras
cinco horas de viaje, mi mujer le recibiría en la estación. Ella no le había
visto desde hacía diez años, después de un verano que trabajó para él en
Seattle. Pero ella y el ciego habían estado en comunicación. Grababan cintas
magnetofónicas y se las enviaban. Su visita no me entusiasmaba. Yo no le
conocía. Y me inquietaba el hecho de que fuese ciego. La idea que yo tenía de
la ceguera me venía de las películas. En el cine, los ciegos se mueven despacio
y no sonríen jamás. A veces van guiados por perros. Un ciego en casa no era una
cosa que yo esperase con ilusión.
Aquel verano en Seattle ella necesitaba trabajo. No tenía
dinero. El hombre con quien iba a casarse al final del verano estaba en una
escuela de formación de oficiales. Y tampoco tenía dinero. Pero ella estaba
enamorada del tipo, y él estaba enamorado de ella, etc. Vio un anuncio en el
periódico: Se necesita lectora para ciego, y un número de teléfono.
