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3 sept 2020

EL EVANGELIO SEGÚN VAN HUTTEN, de Abelardo Castillo

En la primavera de 1947, junto a los acantilados del Mar Muerto, en la meseta de Qumrán, un muchacho beduino deja caer una piedra en una cueva, oye allá abajo el ruido de una tinaja rota y se descubre una nueva palabra de Dios, un Evangelio. El polémico arquéologo uruguayo Estanislao Van Hutten necesitará veinte años para develar qué dice ese evangelio, y cuando lo sepa decidirá ocultarlo al mundo. Pasarán otros treinta años y un anónimo y escéptico profesor de historia, de vacaciones en un hotel de montaña en La Cumbrecita, descubrirá allí un libro dedicado por Van Hutten y accederá al conocimiento de una teoría formidable: la versión real sobre la figura del Mesías, ese hombre llamado Cristo.

¿Hasta dónde están los evangelios plagados de falsas afirmaciones y cuánta información relevante sobre los rollos del mar Muerto ha sido censurada? ¿Fueron los esenios una comunidad secreta escindida del judaísmo ortodoxo, así como los precursores del cristianismo y educadores de Jesucristo? ¿Fue Cristo un simple saboteador de doctrinas, antes que hijo de Dios? Durante sus vacaciones en La Cumbrecita, un maduro profesor de historia descubre que el polémico arqueólogo Estanislao Van Hutten, dado por muerto, vive oculto de sus detractores con un secreto que puede hacer tambalear las más arraigadas creencias religiosas. Las revelaciones que le hace al historiador sobre las Sagradas Escrituras se basan en el descubrimiento de los milenarios rollos del mar Muerto que ponen en entredicho la versión oficial sobre la figura del Mesías. Abelardo Castillo propone al lector la aventura de decodificar un gran palimpsesto, mientras disfruta del rearmado de la intriga. Una novela inteligente, original y de sólida construcción sobre la revelación de la verdad: aquella que para ser no necesita pruebas.


Que lo disfruten,

Carmen


24 oct 2017

LAS PANTERAS Y EL TEMPLO, de Abelardo Castillo

Y sin embargo sé que algún día tendré un descuido, tropezaré con un mueble o simplemente me temblará la mano y ella abrirá los ojos mirándome aterrada (creyendo acaso que aún sueña, que ese que está ahí junto a la cama, arrodillado y con el hacha en la mano, es un asesino de pesadilla), y entonces me reconocerá, quizá grite, y sé que ya no podré detenerme. Todo fue diabólicamente extraño. Ocurrió mientras corregía aquella historia del hombre que una noche se acerca sigilosamente a la cama de su mujer dormida, con un hacha en alto (no sé por qué elegí un hacha: ésta aún no estaba allí, llamándome desde la pared con un grito negro, desafiándome a celebrar una vez más la monstruosa ceremonia). Imaginé, de pronto, que el hombre no mataba a la mujer. Se arrepiente, y no mata. El horror consistía, justamente, en eso: él guardará para siempre el secreto de aquel juego; ella dormirá toda su vida junto al hombre que esa noche estuvo a punto de deshacer, a golpes, su luminosa cabeza rubia (por qué rubia y luminosa, por qué no podía dejar de imaginarme el esplendor de su pelo sobre la almohada), y ese secreto intolerable sería la infinita venganza de aquel hombre. La historia, así resuelta, me pareció mucho más bella y perversa que la historia original. Inútilmente, traté de reescribirla. Como si alguien me hubiese robado las palabras, era incapaz de narrar la sigilosa inmovilidad de la luna en la ventana, el trunco dibujo del hacha ahora detenida en el aire, el pelo de la mujer dormida, los párpados del hombre abiertos en la oscuridad, su odio tumultuoso paralizado de pronto y transformándose en un odio sutil, triunfal, mucho más atroz por cuanto aplacaba, al mismo tiempo, al amor y a la venganza. 

11 ago 2016

LA MJUER DE OTRO, de Abelardo Castillo

Supongo que siempre lo supe; un día yo iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche.
La casa es más o menos como la imaginaba, una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres canteros, cubiertos ahora de maleza. No sé por qué digo ahora. Pudieron haber estado siempre así. Hay un enano de jardín, esto sí que no me lo imaginaba. El marido de Carolina me contó que lo había comprado ella misma, un año atrás. Carolina había llegado en taxi, una noche de lluvia; dejó el automóvil esperando en la calle y entró en la casa como una tromba. Tengo un auto en la puerta y me quedé sin plata, le dijo, págale por favor y de paso bajá el paquete con el enano.
-Usted la conoció bastante -me dijo él, y yo no pude notar ninguna doble intención en sus palabras-. Ya sabe cómo era ella.
Le contesté la verdad. Era difícil no contestarle la verdad a ese hombre triste y afable. Le contesté que no estaba seguro de haberla conocido mucho.
-Eso es cierto -dijo él, pensativo-. No creo que haya habido nadie que la conociera realmente. -Sonrió, sin resentimiento. -Yo, por lo menos, no la conocí nunca.
Pero esto fue mucho más tarde, al irme; ahora estábamos sentados en la cocina de la casa y no haría media hora que nos habíamos visto las caras por primera vez. Carolina me lo había nombrado sólo en dos o tres ocasiones, como si esa casa con todo lo que había dentro, incluido él, fueran su jardín secreto, un paraíso trivial o alguna otra cosa a la que yo no debía tener acceso. Esta noche yo había llegado hasta allí como mandado por una voluntad maligna y ajena.
Desde hacía meses rondaba el barrio, y esta noche, sencillamente, toqué el timbre.
Él salió a abrirme en pijama, con un sobretodo echado de cualquier modo sobre los hombros. Le dije mi nombre. No se sorprendió, al contrario. Hubiera podido jurar que mi visita no era lo peor que podía pasarle.
-Perdóneme el aspecto -dijo él-. Estoy solo y no esperaba a nadie.