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18 may 2024

LA MANSEDUMBRE, de Giovanna Rivero


 


LA MANSEDUMBRE

I

 

_¿Era caliente el líquido riscoso que te dejaron ahí? Caliente

—Tibio. Viscoso. ¿Era un líquido como la clara del huevo? La clara, Elise, cuando recién quiebras el

cascarón...

—Si. Creo q se sí. No lo sé. Pensé que era sangre del mes.

—Y sin embargo no era. Era la semilla de un varón.

—Sí, Pastor Jacob. Digo la verdad.

—La verdad siempre es más grande que los siervos. Y más si la sierva se ha distraído, si no se ha cuidado como lo exige el Señor. Nosotros vamos a determinar cuál es la verdad. Según hemos grabado en tu primer testimonio, tú estabas sumida en un sopor extraño, como si hubieras ofrecido tu voluntad al diablo.

—Yo jamás le ofrecería mi voluntad al diablo, Pastor Jacob.

—No digas jamás, Elise. Somos débiles. Tú eres muy débil, ya ves.

—Yo estaba dormida, Pastor Jacob.

—Eso lo tenemos en cuenta.

¿...Vendrá mi padre a la reunión de los ministros?

-No. El hermano Walter Lowen no puede formar parte dc la reunión. Ya la deshonra y la tributación lo tienen muy ocupado. Anda, Elise, dile a tu madre que traigo las sábanas de esa noche, vamos a examinarlas. Que ya nadie las toque. Todo es impuro ahora, ¿me entiende ?

—Sí, hermano Jacob.

 

II

 

Su padre la mira por unos segundos y luego aparta los ojos, avergonzado, piensa Elise, o enojado. O ambas cosas. De inmediato vuelve a ocuparse del tema que los ha llevado hasta allí, hasta esa villa en los márgenes de la vida. Ese conjunto de casas no se parece en nada a la colonia. Son construcciones dispersas, obstinadas en alcanzar algún retazo de ese cielo sucio, sin pájaros. Dos o tres horribles edificios de ladrillo visto y ventanas mezquinas reinan en todo ese todo. Elise mira sus zapatos y piensa que debería quitárselos, cuidarlos mejor por si el pie le crece. Tiene quince, es cierto, pero ha escuchado que a su abuela Anna el pie le creció hasta que tuvo su primer hijo, a los dieciocho. Ella es muy parecida a la vieja Anna: los ojos casi transparentes, la frente redonda, como ideando soluciones o alabanzas. A ella también, cuando canta, se le brotan azules como riachuelos subterráneos las venas de las sienes. Eso es cantar con amor, dice su padre. O decía. Porque después del último turbión el mundo se precipitó sobre ella.