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5 may. 2011

DETRÁS DE LAS BAMBALINAS. A mi hija....

El teatro está lleno. Entro. Estoy temblando. Por más que lo intento no logro arrancar de mi mente aquel bochorno. Todo está listo. Estoy radiante. Nadie sospecha que ahora, hoy, cuando estoy a punto de revivir una noche que pudo ser mágica, llevo conmigo el recuerdo de mi fracaso. De ese fracaso que cegó mis manos y enmudeció mi guitarra. Una guitarra, que seguramente no tiene cuerdas y está cubierta de polvo y oscuridad. La oscuridad provoca expectativa. Con manos cóncavas, ansiosas, esperamos. Se abre el telón. La sala se inunda con un estallido de palmas. Primera posición, segunda, y tercera, suave. No, así no, señorita. Con más gracia. ¿Qué hace todavía en la primera posición?. Usted no avanza. No avanzaba porque sabía, que en unos momentos  más saldrían los alumnos de guitarra. No quería perderme ese momento mágico de acordes y pentagramas. Puede irse señorita, la clase de hoy ya terminó. Termina el cuarto cuadro. No le presto atención. Espero inquieta el quinto. Es mi momento. Respiro profundo. No me puedo mover. Muévase señorita. No la mandan para que esté rígida, como si fuera de yeso. Vuele. No arrastre lo pies. Pies enfundados en zapatos de tacones altos, redoblan el escenario. Piernas firmes se asoman fugaces entre faldones que giran, envuelven, seducen al compás de una sevillana. Un solo golpe con el pie, (ahora se que es una llamada), y ante el silencio de mudos espectadores se oye el aleteo de los abanicos al abrirse. Abra más esas  piernas señorita. Estírelas aunque duela. Debe lograr la abertura máxima. Gotas de humillación me recorren el rostro. Rostro decepcionados de los que me ven fracasar al intentar un “Grand Ecarte”. Un tutú ridículo y mis piernas regordetas que no logran seguir el compás de la música. Música. Para eso sí era buena. Buena con las manos. Acariciaban con la tension justa, las cuerdas de cualquier guitarra, y ponía tanto amor, que le arrancaba la melodía que quisiera. Quería cantar. Pero no se resignaban a que la guitarra y el canto fueran mi pasión. La pasión que se respira en el escenario hace imposible no seguir cada movimiento. Cada salto. Cada juego de manos. Cada  carretilla. Los abanicos se abren y cierran como girasoles de colores diferentes, que persiguen soles falsos, proyectados sobre el escenario. Los abanicos forman un círculo. Parecen flores cromáticamente enfrentadas.  Se cierran, y con otra llamada la señalan en el centro. Un haz de luz realza su figura frágil pero segura.
Levanta su mano derecha al compás de las castañuelas, y los dedos se transforman en alas. Sus manos son pájaros y ella es música. El cuerpo, con movimientos secos pero delicados acompañan las piernas, que se mueven ágiles marcando el taconeo. Ahora la falda la acompaña, mientras con giros enérgicos, de izquierda a derecha, su cabeza luce los aros gitanos. Las flores rojas aparecen y desaparecen mientras se desliza siempre taconeando, al compás de las palmas, hasta volver al centro.  Centro y giro, centro y giro, centro y en el último lamentable giro, pierdo el equilibrio y caigo de rodillas. Así quedo, abrazando mi propia vergüenza, rogando un corte de luz que cubra mi fracaso. Fracasé, pero ella no. Yo no quería bailar, ella ama hacerlo. Baila como si su vida fuera la danza. Por eso ahora no tengo miedo. No habrá errores. La sigo. Conozco cada giro, cada taconeo, cada movimiento. Brilla y brillo. Es única. Domina el escenario con sólo once años. Si fue ayer cuando se lo pregunté. Pero me gustaría bailar flamenco, me desafió, y sus ojos brillaron cuando sonreí. Brillaron los míos cuando vi mi guitarra. Lloré cuando logré los primeros arpegios. Y dejé de tocarla cuando comprendí que me la  habían regalado resignados, porque nunca podría bailar. Su resignación fue mi condena porque cuando intenté cantar, ni siquiera me miraron. Miradas que hoy son para ella. Pero hay un momento mío, único, irrepetible. Nadie lo percibe, cuando mi mirada encuentra la suya y descubro  aquel brillo de sus cinco años. Ya desde entonces eligió bailar. No podrá nunca bailar bien; y bueno que se entretenga con una guitarra, decían sin el menor cuidado de que yo, no los oyera. No puedo amputarme la imagen de mi porrazo, ni la carcajada del público. El público se pone de pie, y el aplauso aclamado me reconcilia con mis once años. Detrás de las bambalinas la miro  saludar con la elegancia digna de un artista. Abre el abanico y apenas tapándose el rostro, vuelve a seducir al público con una sonrisa. El taconeo final, un giro inesperado, perfecto y antes de alzar la cabeza para el saludo final me busca y  entonces percibo un gesto de complicidad. Es feliz, yo también. Hay una guitarra, seguramente sin cuerdas, cubierta de polvo pero ya no de oscuridad, que me espera.

12 comentarios:

Natalia Spina dijo...

No sólo "ví"mucho, sino que también escuché tacones,guitarras, aplausos, risas. Casi rozaron en mis mejillas los bordes de los abanicos y sentí el aire fresco, único de su aleteo. Recordé las misas con mi abuela en la Iglesia del Cármen... y me sumergí en un alma culposa, triste, disminuída. Resurgí luego. Muchos sentidos y sentimientos activados en pocas palabras. Gracias!!! me gustó mucho. A seguir!!!!!

angelinacovalschi dijo...

Muy buen cuento, Carmen. Las frases cortas repican con el ritmo de lo esencial narrado, pero mucho más que narrado: golpeteado y mordido desde los pies.

Piel de lechuza dijo...

Querida Natalia, leí y re-leí tu comentario para absorber cada palabra, cada imgaen... Me ví escribiendo este cuento, y me maravilla cómo has captado lo que sentía al hacerlo. Demás está decirte cúan bien escribís: vos me has conmovido con este precioso comentario, y por eso soy yo la que te da las gracias... Espero que pronto nos re-encontremos, personalmente o a travès de las palabras. Todo mi cariño y ¡hasta la próxima!
Carmen

Piel de lechuza dijo...

Angelina, vos escribís "golpeteado y mordido desde los pies." Esta frase eleva la calidad de mi cuento. Muy buena crítica y muy agradecida por tus palabras. Pronto nos pondremos en contacto. Cariños
Carmen

titiceballos dijo...

Acabo de ver esa obra,no sólo leerla,sino que descubrí que tuve la misma impresión de Natalia Spina,sentidos y sentimientos activados......que regalo nos dás,tan generosa como siempre!Felicitaciones

Anónimo dijo...

Este cuento me impresionó por lo bien que pasás de un tiempo a otro, de una situación a otra con maestría. Tal vez la mamá de esta hermosa bailarina todavía esté a tiempo para encordar su guitarra...
Abrazo enorme
María E.

Piel de lechuza dijo...

Gracias Ma.E por valorar mi escritura, pero lametablemente creo que la mamá de esta hermosa bailarina, no volverá a tocar una guitarra jamás.
Un beso
Carmen

Piel de lechuza dijo...

Vos decís "sentidos y sentimientos activados....." querida Titi; yo te respondo: "sentidos y sentimientos desgarrados..." así me siento al reeler este cuento. Gracias a vos por ser incondicional. Un beso
Carmen

Luz dijo...

Hermoso cuento! Ya lo había leído pero no lo recordaba bien. Las imágenes y sonidos que describís me trasladaron inevitablemente a esa noche en que la pipi bailó...
Luz

Belén dijo...

Hermoso cuento,lleno de sentimiento,generoso con los tiempos de ese sentimiento.Parecen bailar las palabras y desplegar junto con los abanicos soles de volver a la guitarra y prodigio en las piernas de la bailarina.Ahora quiero otro Carmen,gracias.beso
Belén

Piel de lechuza dijo...

Querida Belén, tu comentario es digno de una gran escrito. Me encantó cada palabra:"generoso con los tiempos de ese sentimiento" "soles de volver a la guitarra" decís y una vez más me asombra cómo han captado mi sentir. Gracias amiga por este bellísimo comentario. Yo también quiero otro!!!
Cariños
Carmen

Piel de lechuza dijo...

Te acordás, Luz... le faltaban los dientes!! Era tan pequeña... Gracias por seguirnos siempre.un beso
Carmen