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5 sept. 2011

EL AVISO, de Carmen Nani


“Mirá Sara, no sos la única  que reclama ternura”, dijo Tomás mientras leía el diario del domingo. “¿Qué decís?.” “Nada, es una broma.” ”Para variar, una broma que solamente vos entendés”, contestó Sara mientras doblaba la ropa. Estaba cansada, aburrida, y él se daba cuenta, de eso estaba segura, pero se hacía el oso, le convenía. Era más fácil dejar las cosas como estaban; siempre enfrascado en la lectura, sino era el diario, era un libro, o cualquier cosa que cayera en sus manos y que por supuesto tuviera letras. Al principio creyó que leía por pasión, pero con el tiempo comprendió que lo hacía por comodidad. Tomás prefería un libro a una charla, porque  frente a un libro era dueño de la verdad, el libro no tenía la posibilidad de contradecirlo. Por eso Tomás leía. ¿Y ahora qué hace? pensó Sara mientras veía que su marido buscaba algo. Había dejado el diario sobre la mesa y tuvo la impresión de que había señalado algo. Por primera vez sintió curiosidad. ¿Era curiosidad, o inquietud ante la intuición de un peligro inminente? “¿Dónde está la tijera, Sara?”. “ En el cajón del bargueño debajo de un block de hojas amarillas”, mintió Sara. Aprovechó el tiempo que Tomás demoraba y sin moverse demasiado, se estiró todo lo que pudo para ver qué había marcado su marido en el diario. 

Se busca hombre alto.  
Entre cuarenta y cuarenta y cinco años. 
Requisito fundamental: La ternura.
¿Y a éste que le pasa?, pensó Sara mientras amasaba un pullover de Tomás. Si lo quiere recortar es porque le interesa. No, no puede ser tan cretino, por lo menos podría haber sido más disimulado, pensaba y el pullover que quedaba reducido a una pelota de lana. “¿La encontraste?”.” No”. “Entonces debe estar arriba de la biblioteca”. En un instante Sara memorizó el número de teléfono que aparecía en el aviso. Me voy a dormir. Estoy muy cansado”. “¿Tan temprano?” “¿No íbamos a ver una película?” “No tengo ganas Sara”. Cuando Tomás se acostó, Sara agarró el diario, se metió en el baño. No quería que Tomás la escuchara. El infeliz cortó el aviso, pensó mientras lo doblaba.

  Se busca hombre alto.
  Entre cuarenta y cuarenta y cinco años. 
  Requisito fundamental: La ternura.
      ¿Qué pretendía? No iba a permitir que le diera a otra lo que a ella le negaba. Salió de baño sin hacer ruido. Miró hacia el dormitorio. Tomás ya dormía. ¿Cómo puede dormir así?, pensó Sara indignada. Pretende engañarme y duerme como un bendito. Tratando  de no hacer ruido, fue hasta el teléfono y marcó el número que había memorizado. Contestó una mujer. “Buenas noches, no me conoce”, dijo Sara, “Pero necesito hablar con usted urgente. Se trata de algo personal. Es por el aviso. No, no me mal entienda. Mi marido. Por teléfono no le puedo explicar. ¿Podríamos vernos? ” ¡Pero qué estoy haciendo! Me voy a encontrar con una mujer que no sé quién es, para contarle que mi marido la va a llamar porque pretende serme infiel con ella. Debo estar loca, pensó mientras colgaba. Pero anotó la dirección y se metió en la cama. Intentó dormir, en vano. No pensaba tanto en la traición de Tomás sino en como justificarse ante esa mujer. Después de todo defendía lo que era suyo. ¿Lo era?.
Miró a Tomás. Roncaba como un bendito. No quiso seguir preguntándose.
Pero Tomás no roncaba. Sonreía mientras se hacía el dormido. Sara lo había descubierto. Pobre Sara. Tan predecible. La quería. A su manera, pero la quería. Sólo que lo había atrapado la telaraña de la rutina. Sus días junto a Sara se habían transformado en un pegote de momentos grises, iguales. Por eso quería alejarse por un tiempo. Nada definitivo. Como unas vacaciones. Sara no lo aceptaría nunca. No soportaría quedarse sola, seudo – separada. Y el no quería lastimarla. No podía decirle que estaba aburrido, harto de ella, aunque nada tuviera que ver con el cariño, que sí existía. Por eso recurrió a lo del aviso. Satisfecho se dio vueltas para conciliar el sueño, pero una duda lo sobresaltó. ¿A quién había llamado a esa hora, y a escondidas? No se  atrevería a llamar a la mujer del aviso. Por un momento sintió pánico. Volvió a girar sobre sí mismo. Quedó cara a cara con su mujer. Dormía tranquila. Tomás se fue relajando. Cuando estaba casi dormido pensó que mejor aún si lo había hecho. Lo vería con otra y así podría sacársela de encima. Bostezó profundo y se durmió.
La mujer del aviso resultó ser una rubia despampanante. Me tendría que haber arreglado más. Parezco la típica esposa que lucha por su marido. Debo dar lástima. “Que tal, yo te llamé anoche.” Trató de sonar lo más casual posible, pero sintió que su voz se quebraba. “No te preocupes linda, te entiendo.” Encima pretende ser una tipa agradable. Aunque tiene una mirada sincera. Y bueno, ya estoy acá. Ahora no puedo dar marcha atrás. “Mirá, es simple. Mi marido cortó tu aviso y...”. “No me expliques nada. No hace falta. Los que más llaman son tipos como tu marido, que sólo quieren una aventura. Pero aunque no lo parezca, yo busco algo más. Por eso no dudé en venir. Quiero ayudarte.” “¿Pero cómo?” “ Ya te lo dije, tu marido no  es el único que me puede llamar.” “Y eso que tiene que ver.” “Me equivoco o lo que buscás es vengarte.” “Suena como demasiado.” “No te asustes y escucháme.”
Durante esa semana Sara notó que su marido estaba más alegre, mucho más condescendiente, hasta tuvo uno que otro gesto de dulzura que la hubieran conmovido de no ser por ese aviso que él había recortado.

  Se busca hombre alto.
  Entre cuarenta y cuarenta y cinco años. 
  Requisito fundamental: La ternura.
           Por su parte Tomás no podía concentrarse en su trabajo. Estaba excitado. Dejó de lado los expedientes para prender un cigarrillo y poder disfrutar del plan que había orquestado. Volver a tener una cita. ¡Cuánto tiempo había pasado! Ojalá Sara entendiera que no tenía porque ser definitivo. Al pensar en su esposa se sintió incómodo. Sería imposible evitar una escena. Pero valía la pena soportar los gritos de Sara. Sus sollozos histéricos suplicándole que no se fuera con otra. Tenía  que ser firme. No le diría que la mujer del aviso no tenía importancia. Sería menos doloroso para ella. Y cabría la posibilidad de una futura reconciliación. Sara podría perdonarle una infidelidad pero no la realidad de saberlo aburrido.
Es un cretino, volvió a pensar mientras planchaba. Me las va a pagar. Esta vez, Sara no estrujaba las prendas de su marido, sino que las acariciaba pensando en la cita. Ya no estaba segura del porqué de su enojo. Si por una posible infidelidad, por haber sido la que siempre trató de conciliar, o por no haber sido ella la que diera el primer golpe.
Llegó el día, era un viernes espléndido. Se vistió con lo que sabía le quedaba mejor. La cita era a las siete y media. Cuando llegó al lugar tuvo miedo. ¿Estaría yendo demasiado lejos ? No, pensó para darse ánimo. Tomás tiene que saber qué clase de mujer puedo llegar a ser. Además ella me aseguró que no corría ningún riesgo. Cómo cuernos sabrá que es seguro si ella no lo conoce. No quiso seguir pensando. Cada pensamiento le quitaba confianza en sí misma. Empujó la puerta y entró caminando con toda la sensualidad de la que se creía capaz y más. Miró detenidamente, buscando y lo encontró. De lejos le inspiró confianza. Ojalá no me equivoque, pensaba cuando se topó con la mirada de Tomás. Al reconocerla se puso pálido. Estaba charlando muy acaramelado con la rubia despampanante. Sara avanzó hacia donde estaba su marido apuntándolo con una sonrisa. “Es muy linda”, le dijo y se alejó de esa mesa. Sara  siguió caminando, porque en otra mesa, el hombre que había distinguido al entrar la esperaba. Era  alto, de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, y se lo veía sereno. Cuando el hombre la miró, Sara intuyó por la dulzura de sus ojos color café, que él podría  darle toda la ternura que ella necesitaba. 

Cuento publicado en "La espera." Ediciones del Boulevard. Cba. 2004


8 comentarios:

Palabras como nubes dijo...

Una pintura de lo que es la rutina y sus consecuencias. Muy bueno, se lee "de un tirón", atrapa, me gustó mucho.

J&R

Piel de lechuza dijo...

Gracias chicos, siempre presentes para regalarnos una palabra de aliento. La rutina mata, no? por eso traté de abordarla desde el humor... negro, pero humor al fin. Cariños
Carmen

Mariángeles dijo...

Hola, Carmen. Me gustó mucho este cuento con clasificados incluidos. Si tuviera que resumir la historia en pocas palabras, recurriría a las de la conocidísima Ley del talión: "Ojo por ojo y diente por diente", aunque en el caso de Sara el ojo y el diente sean más bien metafóricos. No siempre comento, pero tengo el blog en favoritos y las leo a diario. Cariños, Mariángeles (Neuquén, Argentina)

Piel de lechuza dijo...

¡Gracia Mariangeles!
Da mucha satisfacción saber que nos leen... Muy bueno tu comentario sobre el cuento: siempre es el lector el que termina dándole significado; y tu interpretación, ha iluminado una nueva mirada. Gracias y hasta pronto.
Carmen

María E. dijo...

Car, este cuento me gusta porque parte de una idea muy original, y la reiteración del aviso le da más fuerza.Está presente la idea de la venganza pero prima para mí la necesidad de ternura. En fin, muy bueno
Un abrazo

Piel de lechuza dijo...

Estoy totalmente de acuerdo con vos ME. Si bien la idea de venganza está presente, no determina la centralidad del cuento. Es más bien despecho, necesidad de reafirmar el autoestima al demostrar al otro lo que somos capaces de lograr solos.
Gracias ME y vamos por más, cariños
Carmen

Natalia Spina dijo...

Hola Cármen!!! Leímos tu cuento en nuestro humilde Taller Literario y nos gustó. Se comentó lo bien escrito que estaba y generó conversaciones acerca de la autoestima, por lo que, veo, ha llevado muy bien el mensaje. Te felicito y sigo pendiente de tus cuentos! Un abrazo!

Nati

Piel de lechuza dijo...

¡Hola Natalia!¡Que bueno que nos lean! Es más, quizás algún día podríamos arreglar para que leamos alguno personalmente. ¿Qué te parece? Gracias por leernos siempre y realmente muy interesante el enfoque desde el autoestima. Cariños
Carmen