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19 jun 2011

FUEGO EN LA MEMORIA por María Elena Garay


Los vestiditos de franela floreada, como el percal a la Estercita, me perseguían. Llenos de pliegues y volados, eran la secreta venganza de la tía Luisa, por la resignación de mis siete primos, sus hijos, todos varones, tan insulsos, tan iguales los pantalones a media pierna. Las camisetas de Interlock, herencia de mi hermano, muy cortas para ser enaguas y muy largas para su real destino me daban un aire de muñeca rellena pero ciertamente me mantenían el trasero calentito. De las canillitas al aire ni hablar.
Era el tiempo en que el barrio, para mi gozo, era un gran baldío con todas sus ventajas: acortar distancias, hacer chocitas en los yuyos, jugar a la pelota con los varones. Pero sobre todo, el barrio era un gran anfiteatro con varios escenarios a elección para el día de San Pedro y San Pablo.
Junio arreciaba con ganas, con la pureza de esos tiempos en que las cosas eran o no eran: en invierno hacía frío, sin ambigüedades.

  A la mañana, los más chicos acarreábamos yuyos secos, parvas inmensas, monumentales. Los “grandes” dirigían la operación con la presteza de un capitán de barco: -Estos verdes no sirven , al costado.- Eran los mismos grandes a los que nunca les tocaba el arco. Pero al final todos en un clima de excitación, con nuestras cargas como hormigas trajinábamos de un baldío a otro entre órdenes y contra órdenes, gritos, risas, peleas.
Por turno íbamos a tomar el obligado tazón de leche, siempre dejando a los guardianes adorando al ídolo, esa ingeniería vegetal preparada para el gran instante.
El atardecer marcaba el comienzo: el Líder con una cajita de fósforos Ranchera escamoteada de la cocina de su casa anunciaba el momento. Los chicos con la mirada fija en la parva parecíamos un pelotón de novatos a punto de jurar la bandera.
¡FUEGO! El crepitar de los yuyos secos, la humareda que revolvía el viento y nos hacía toser, las risas, el apurado alimentar la voracidad de esa boca de cien lenguas aceleraban in crescendo el ritmo de la fiesta.
El fío ya no existía y las mejillas coloradas expedían más chispas que el fuego mismo.
La fogata ardía hasta que la noche bien entrada le daba otra dimensión, otro tiempo a nuestro juego. Las sombras proyectadas, la contemplación silenciosa de la consumación, la sensación de un amor inmenso. El fuego empequeñecía y la plenitud crecía hasta el desborde; todo era distinto, como una resurrección.
Pero todavía faltaba algo: entre las negras virutas que se salvaban del vuelo, estaban ellas, hirvientes, crocantes, apetitosas: las batatas. Los palos las rescataban de los últimos rescoldos y en fila india recogíamos el preciado tesoro, nunca tan exquisito.
Al final, exhaustos, felices, tiznados y olorosos regresábamos a casa. Otro año vendría para revivir el rito, los dioses de la niñez todavía nos pedían la pureza del fuego.

5 jun 2011

LA AGONÍA DE NUESTRA CREATIVIDAD

Estamos siendo testigos ciegos de un cambio radical y trascendente en nuestra cultura. Vivimos, sin ser concientes, en un mundo donde ya no hay tiempo, donde la velocidad, la aceleración, lo absolutamente mediático son las nuevas varas con que medimos nuestra vida, el tiempo que ya no tenemos. Esto nos lleva a una concepción distinta de los medios de comunicación y de su aporte a la cultura, especialmente de aquellos encargados de informar.  Un mundo en el que la computadora y sus cada vez más sofisticados programas nos obligan a un replanteo fundamental de la educación. En este mundo dónde todo se resuelve  apretando un botón, ¿hemos perdido acaso la capacidad de crear?
Este planteo me lo hice no hace mucho, cuando buscaba canciones de los 50’s - 60’s para ambientar una escena de la novela que estoy escribiendo. Me sorprendí al comprobar que Paul Anka, había hecho popular  Put your Head on my Shoulders, así como  “My Way”, adaptación que después interpretaron Frank Sinatra y Julio Iglesias. Dejé de lado mi novela y me dediqué a investigar. Encontré que canciones que había inmortalizado Luis Miguel como Bésame, ya la habían interpretado en los 50’s el grupo Los Panchos, Nat King Cole, Frank Sinatra, y Elvis Presley. Lo mismo ocurrió con el El Reloj, interpretada mucho antes, que Luis Miguel la recuperara del cajón de los recuerdos, por Lucho Gatica, Los Pasteles Verdes y Los cinco Latinos.
Descubrí además,  que la canción emblemática de la película Ghost La sombra del amor, que fue un boom en los 90’s, entonces interpretada por los Righteous Brothers, ya se cantaba en los 50’s  y había causado ese mismo boom de la mano – mejor dicho de la voz- de los Plateros, de Tom Jones y del mismísimo Elvis. Finalmente, Los Cinco Latinos y Estela Raval alcanzaron fama mundial con su primer álbum, Abran las ventanas. Éste  éxito sin precedentes es el inicio de una larga lista de hits llegando a editar 22 álbumes con temas como Solamente tú- Only you- ¿Quién no ha entonado esta canción, mientras se dejaba mecer por los destellos del amor estrenado? Gracias a la interpretación de miles de enamorados, de infinidad de voces, Only you se convirtió en un verdadero clásico de todos los tiempos. Hay versiones logradísimas, como la de Paul Anka, pero sin duda la de Los Plateros es la que más ha conmovido a todos, en todos los tiempos. Ahora me pregunto y les pregunto: ¿por qué no se escriben  letras y músicas como aquellas, que personalicen nuestro mundo de hoy?
Me dediqué entonces a investigar sobre cine.

20 may 2011

EL GATO EN EL JUZGADO por María Elena Garay

Se despierta cinco minutos antes de que suene el reloj. Abre los ojos con la sonrisa puesta, como si ahí hubiera estado hamacando un fantástico sueño. Cuando saca los brazos para colocarlos detrás de la cabeza, sus dientes parecen un rosario fosforescente en la penumbra. Luego le da un toque al botón del reloj. Es sábado, pero es diferente, no quiere dormir más. Cómo dejarse ganar por la inconciencia si la vida lo pellizca, le bombea litros de júbilo en sus venas. “Un día ya…parece mentira…”

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Se despertó de pronto, como siempre. Se sentó en la cama y aplastó el botón en el momento justo en que el aparato iba a zapatear chillonamente sobre la mesa de luz. En treinta años no había sonado casi nunca – por el malhumor de su esposa -; un sexto sentido le estiraba el manotazo certero que acallaba la posibilidad de un molesto cacareo. Se puso los pantalones marrones y la camisa rayada. Diez minutos de ducha e inodoro hojeando una historieta, en el cuadrado cronograma de sus actos; recalentar el mate cocido, ponerse la corbata y caminar dos cuadras hasta la parada del colectivo. Advirtió con alivio que era viernes, último día de oficina pero al mismo tiempo lo invadió un sentimiento contradictorio. De lunes a viernes lo sostenía un agobio parejo al cual se aferraba como un náufrago, una sensación de abrigo, de jugar un ajedrez en donde sabía de antemano todas las movidas, repetidas e idénticas. Fue el primero en llegar. Abrió el armario y sacó la pila de expedientes.

      Miranda ¿escuchás? –musitó Gloria
“Tan linda y joven, tan inteligente. ¡me ha hablado a mí, hasta me ha tocado el brazo!”
      Miau…
“Sus ojos son dos esmeraldas asombradas”
      Miau…
“Su talle de junco se arquea hacia delante y esa mano de nácar que hace pantalla al caracol marino de su oreja…”
      Miranda, ¡aquí hay un gato! ¡Muchachos!
Una verdadera revolución en el juzgado. ¡Un gato en el tercer piso!
      Está arriba del armario del Protocolo.
      ¡No. Dentro del casillero de las carpetas en trámite!
      Sin embargo se oye debajo del mostrador. Traigan un palo.
Tres horas y un gato convirtieron a la oficina en un coto de caza; plumero, regla, agua caliente, escoba, zapatazos fueron los pertrechos de guerra de los modernos Lancelot. Y el felino impávido en su escondite lanzando sus esporádicos maullidos, como dando pistas para la búsqueda del tesoro.
Miranda, pasivo en su encarne de escritorio de pronto dio un respingo. “Superman logra lo que quiere, por Luisa Lane” A través de dos sillas apiladas se trepó a una biblioteca de roble desde donde el animal lo miraba desconfiado.
      ¡Bravo viejo, arriba, en cuatro patas!
El polvo acumulado desde la fundación del edificio lo enharinó como una milanesa. “No importa, ya lo tengo”. El gato dio un olímpico salto justo en el momento en que lo alcanzaba por la cola.
     

5 may 2011

DETRÁS DE LAS BAMBALINAS. A mi hija....

El teatro está lleno. Entro. Estoy temblando. Por más que lo intento no logro arrancar de mi mente aquel bochorno. Todo está listo. Estoy radiante. Nadie sospecha que ahora, hoy, cuando estoy a punto de revivir una noche que pudo ser mágica, llevo conmigo el recuerdo de mi fracaso. De ese fracaso que cegó mis manos y enmudeció mi guitarra. Una guitarra, que seguramente no tiene cuerdas y está cubierta de polvo y oscuridad. La oscuridad provoca expectativa. Con manos cóncavas, ansiosas, esperamos. Se abre el telón. La sala se inunda con un estallido de palmas. Primera posición, segunda, y tercera, suave. No, así no, señorita. Con más gracia. ¿Qué hace todavía en la primera posición?. Usted no avanza. No avanzaba porque sabía, que en unos momentos  más saldrían los alumnos de guitarra. No quería perderme ese momento mágico de acordes y pentagramas. Puede irse señorita, la clase de hoy ya terminó. Termina el cuarto cuadro. No le presto atención. Espero inquieta el quinto. Es mi momento. Respiro profundo. No me puedo mover. Muévase señorita. No la mandan para que esté rígida, como si fuera de yeso. Vuele. No arrastre lo pies. Pies enfundados en zapatos de tacones altos, redoblan el escenario. Piernas firmes se asoman fugaces entre faldones que giran, envuelven, seducen al compás de una sevillana. Un solo golpe con el pie, (ahora se que es una llamada), y ante el silencio de mudos espectadores se oye el aleteo de los abanicos al abrirse. Abra más esas  piernas señorita. Estírelas aunque duela. Debe lograr la abertura máxima. Gotas de humillación me recorren el rostro. Rostro decepcionados de los que me ven fracasar al intentar un “Grand Ecarte”. Un tutú ridículo y mis piernas regordetas que no logran seguir el compás de la música. Música. Para eso sí era buena. Buena con las manos. Acariciaban con la tension justa, las cuerdas de cualquier guitarra, y ponía tanto amor, que le arrancaba la melodía que quisiera. Quería cantar. Pero no se resignaban a que la guitarra y el canto fueran mi pasión. La pasión que se respira en el escenario hace imposible no seguir cada movimiento. Cada salto. Cada juego de manos. Cada  carretilla. Los abanicos se abren y cierran como girasoles de colores diferentes, que persiguen soles falsos, proyectados sobre el escenario. Los abanicos forman un círculo. Parecen flores cromáticamente enfrentadas.  Se cierran, y con otra llamada la señalan en el centro. Un haz de luz realza su figura frágil pero segura.

20 abr 2011

LA SUERTE DE ANA por María Elena Garay



Yo escucho. Mi amiga Ana siempre dice que ella es una persona sin suerte: su matrimonio fracasó, perdió el juicio de alimentos que le inició al ex para los hijos, nunca gana en la lotería ni en el Bingo; si le gusta un hombre está casado. Y le ocuparon un terrenito en las sierras que había comprado en cómodas cuotas en su juventud.
Sigue su lista de quejas: trabaja como una mula y le pagan poco… La última vez que la vi andaba con una bota de yeso “una vereda rota, podés creer?” Aquí no hay dudas: mala pata. Y el Intendente, claro.
Mi amiga Juana a la cual le comenté lo de Ana me dice su frase de cabecera: no hay casualidades, hay causalidades. Se divorció porque eligió mal, perdió el juicio (el de alimentos hasta ahora) porque el abogado es inepto y sin experiencia; no gana el bingo o la lotería porque no compra ni una rifa; perdió el terrenito por dejarse estar, otro pagó los impuestos y por eso de la usucapión ¿viste?. Y se calla. ¿Y lo de los hombres casados? digo. “A su edad qué quiere, un mocoso?” (dicho con eufemismos). Y decile, agrega, que agradezca su sueldo, hay mucha gente que ni trabajo tiene.
Vuelvo a mi amiga Ana y le transmito todo. . . “que se calle esa hueca, si a ella no le falta nada”. Ni le cuento que la pobre Juana no puede tener hijos y sufre mucho por eso. Abrumada me pregunto ¿existe la suerte? Es cierto que Ana es un desastre y los argumentos de Juana son convincentes. Ana no es jugadora,
el verdadero jugador es optimista, confía en sí mismo, sabe que “se le va a dar” , espera un golpe de suerte. Puede que no gane. Pero pide la revancha , insiste, vuelve, invoca a los dioses, al destino.
Y un día hace saltar la banca. ¿Tuvo suerte?

4 abr 2011

¿CASUALIDAD O CAUSALIDAD?

“Nada ocurre sin un sentido,” afirma un joven chino en la película que me inspiró  estas líneas. Nada ocurre por casualidad, pensé, cuando al abrir las páginas de “Deodora” gaceta de crítica y cultura de la UNC, me encontré con un artículo titulado “Los Otros.” En uno de sus párrafos el autor cuenta como Daniel Defoe, se basó en un hecho real para escribir “Robinsoe Crusoe.” Según el artículo, un marinero escosés Alexander Selkirk fue desembarcado tras una discusión con su capitán, en las islas volcánicas del Pacífico Sur conocidas como “Islas desafortunadas.” Selkirk permaneció en esta isla de la costa chilena desde 1704 hasta 1709 cuando fue recogido por un corsario inglés. Así  como Defoe se basó en un hecho real para concebir “Robinsoe Crusoe,” su novela más importante, publicada en 1719, y considerada la primera novela inglesa, así Borensztein utilizó una noticia que escuchara en un informativo ruso para pensar y dirigir su reciente película, “Un cuento chino”.
¿Casualidad o causalidad? Dos mundos diferentes, el de la literatura y el del cine, se fusionan con un denominador común: la imaginación tanto del escritor, como del director, que toman y recrean un hecho real para pensar un imaginario enriquecido a través de la fantasía. Surgen entonces, la novela de Defoe, una autobiografía ficticia del protagonista, un náufrago inglés, que pasa veintiocho años en una remota isla tropical; y la película de Borensztein, que narra la historia de un hombre huraño y rutinario, cuya aburrida y solitaria tranquilidad se ve afectada por la irrupción de un joven chino que no sabe ni una palabra de español, pero con el que inicia una relación de profunda amistad que le cambia la vida.
Pienso que nada está librado al azar. Todo lo que ocurre tiene una razón de ser. Desde la elección de un libro según el género, la temática, o como en mi caso, siguiendo un autor determinado, hasta la selección de una película, según sea el director o el actor que la protagoniza. Por eso no fue casual que no faltara a la premier de “Un cuento chino.”

20 mar 2011

PODERES INCÓMODOS Por María Elena Garay

Hay poderes que hacen la delicia y la fuerza de los superhéroes. Superman debe estar muy contento con su mirada de rayos x, la descomunal fuerza, su capa voladora y la capacidad de salvador americano ( EE UU, por supuesto) en todas las situaciones problemáticas. El hombre araña no duda en lanzar su babaza para volar cuando presiente los problemas. He - man y su espada salvadora.
Nosotros, los simples mortales ¿cómo reaccionaríamos si se nos diera detentar poderes extraordinarios? La literatura fantástica, aunque suene contradictorio, nos da respuestas reales. Y para lo fantástico qué mejor que acudir al insuperable Jorge Luis Borges.
Vamos a su cuento más famoso: El Aleph. Dejando de lado las largas disquisiciones eruditas (algunas inventadas) sus ironías y su humor , caminemos en línea recta: nos cuenta un amor inolvidable del protagonista masculino, el mismo Borges (bromita aparte) por Beatriz. Claro que cuando cuenta, la dama ya se encuentra varios metros bajo tierra y él va a la casa de ella de puro masoquista nomás, para ver sus fotos. Pero en esa casa vive un tal Julio Argentino Daneri, primo de Beatriz, al cual Borges no traga mucho; le tiene celos. Un día Daneri lo llama para que vea el Aleph. Y ahí se viene la barahúnda. Qué es el Aleph. Daneri lo define como “un punto del espacio que contiene todos los puntos”. Borges, creyéndolo loco, le dice tranquilizate que voy a echar una mirada. El Aleph se encuentra en el sótano de la casa, y para verlo hay que hacer unas cuantas contorsiones ¡Y oh maravilla!: vio en un punto y simultáneamente, todas las cosas y actos del universo desde el principio de los tiempos, una larga enumeración, un conjunto infinito de cosas aclarando que toda enumeración es poca. Pasaron por sus ojos espejos, laberintos, ¡hasta las cartas obcenas que Beatriz mandaba a Daneri, pérfida mujer! En una palabra, en un punto “el inconcebible universo”. Sale del sótano y urde su venganza contra Julio: le dice que no vio nada, le hace creer que está loco.
Pero Borges lo vio y sale turbado. Y nos queda como brasa entre las manos la noción del Aleph. En una posdata al cuento (¡qué recurso, señores!), el mismo Borges da algunos indicios ( a su manera, claro): dice que Aleph es para la Cábala la ilimitada y pura divinidad; también que esa letra tiene la forma de un hombre que señala la tierra y el cielo; que es el símbolo de los números transfinitos, etc. La verdad es que no aclara mucho y nos queda la sensación de que detrás del cuento, el escritor todavía se está desternillando de risa.

10 mar 2011

CATALINA, CUENTO INFANTIL. Cuento de Carmen Nani

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Catalina había llegado al Zoo en una caja de cartón con agujeros. Al principio parecía una tortuga normal: cuatro patas cortitas, una cabeza arrugada y el caparazón con quince cuadrados iguales. Catalina se paseaba lentamente; buscaba la tibieza del sol cuando el día estaba fresco y se recostaba a la sombra de algún arbusto cuando hacía mucho calor. 
Catalina había llegado al Zoo en una caja de cartón con agujeros. Al principio parecía una tortuga normal, pero a los cuatro meses, comenzó a notar que caminaba muy agachada, levantando la cola. La pobre tortuga no entendía qué era lo que le pasaba, hasta que un día se dio cuenta de que su cabeza crecía cada vez más. Cuando pasaba por un charco de agua y se veía la cabeza más y más grande, le daban ganas de llorar. ¿Quién la iba a mirar con esa cabezota? Catalina estaba muy preocupada por su aspecto. Se sentía distinta y por eso empezó a aislarse del resto. Ya no hablaba con la hormiga, que antes era su confidente, ni con el gusano, que cada mañana la saludaba, asomando la cabeza por un hueco en la tierra. "Espero que no se den cuenta las otras tortugas", pensó al comprobar que su cabeza seguía creciendo. Pero en seguida escuchó el saludo del tortugo Manolo :"¡Chau cabezona !", le dijo en tono burlón. Esto fue suficiente para que todos la empezaran a llamar así: cabezona, cabezona, cabezona, mientras se reían de ella. 
Catalina había llegado al Zoo en una caja de cartón con agujeros. Al principio parecía una tortuga normal, pero al ver que se había convertido en el hazmerreír de todos, le dio tanta vergüenza, que de un solo movimiento, metió la cabeza dentro del caparazón. Y ahí comenzó el problema.

1 mar 2011

CUENTOS DE VERANO. Cuento de Cecilia Spina



EL PARAÍSO DE  UN HOMBRE
           

              A Erica Bulmer, por sus narraciones
              inolvidables; y a Lorenzo Tasi,  por
              devolverme un tiempo de carteros y cartas.
                                              
    I

Debí creer a ciegas lo que apunta la inscripción en aquella lápida, y envidiar sencillamente la buena estrella de aquel hombre de polera negra y lentes que velaban unos ojos color hojas de olivo, y que ahora descansa bajo tierra en el cementerio. Sin embargo, me obstino en dudar de la veracidad del juicio escrito. Intuyo que el protagonista víctima de esta historia, algo  escondía detrás de la apariencia, algo que rumoreaban los muros de su casa, los objetos exhibidos y también los excluidos, su amor desmesurado por criaturas vegetales. Susurros éstos que no me hubiesen llegado, de no haber sido yo (cosa que todos ignoran, aún el que escribió la lápida) quien estuvo en su vivienda y pasó con él la larga tarde anterior a su muerte.
Digo aquello de la credulidad y de la envidia, porque buscando la tumba del personaje en cuestión, pasados tres meses de ese día en que cambió el tiempo y bajó en catorce grados la temperatura y que fue el de su muerte, di con ella y un epitafio. Escrito a mano alzada y sobre un bloque de piedra gris, después de las iniciales T.M. y la fecha 2-IV-99, sólo decía: Fue feliz.
La letra, en sus redondeles, parecía de mujer; pero los trazos horizontales de la te y la efe mayúsculas que se resolvían en chicotazos enroscados y luego furiosamente largos, me hablaban de la letra de otro hombre. Quién lo acompañó en esa instancia final y se permitió aseverar tamaño concepto, más arriesgado aún que decir “fue bueno”, no lo sé y no creo tener modo de averiguarlo.
 Aquel ser humano, parecía en su conversación un hombre solo, y esa única vez que estuve en su casa, busqué con especial atención fotos en paredes o en portarretratos y no hallé ninguna. Ni propia, ni ajena.
Por este hombre comencé a perderme en confusos pensamientos durante noches de insomnio.
Todos los primeros de mes, él hacía cola en la puerta del Banco Nación para cobrar su jubilación y yo la de mi padre. Por abreviar el tedio de la espera, manteníamos cortos diálogos. Hablábamos del árbol de la vereda de enfrente, un siempre verde con su copa podada en cubo como un insulto. De las escasas flores del lapacho de la esquina, ese septiembre, arguyendo que tal vez le retardó sus brotes la última helada de agosto... o quizá, la causa fuese la saturación de vapores de gas-oil, puesto que en el nuevo trazado del transporte, casi todas las líneas atravesaban el centro por esa calle antes de dispersarse por los barrios.
Pausadamente, el diálogo arribaba a la misma propuesta: algún día, ya que le gustan las plantas, venga a conocer mi jardín. He conseguido una réplica del paraíso perdido. Sólo le falta un manzano en medio. Pero no, el manzano es el árbol de la perdición, dijo riendo una mañana que se manifestaba más locuaz.
Nunca nombró a nadie. Parecía que el pecho de ese hombre estaba desalojado de personas y que exclusivamente daba albergue a los árboles y a las flores, dejando sospechar que las atendía con la inquietud de un enamorado.
Fue feliz, decía la lápida; conoció la felicidad, debiera decir en tal caso.
Nunca supe lo que es ser feliz, aunque una tarde creí entreverlo. Sólo tengo la sospecha de que tocar ese estado de gracia es cosa del destino, y siempre entreverado con las ocupaciones del corazón. Inasible. Y por sobre todo, efímero. Últimamente pregunto y leo sobre la felicidad por resolver un indescifrable: la historia  de aquel hombre.
Por eso volví a leer el Epistolario de Lorenzo Tasi, escrito en el año 62, y por supuesto, consulté a Erica Bulmer.
 Hace tres noches, la urgí a que me diera su teoría sobre qué es ser feliz. Para mi todo comienza, dijo, cuando alguien nos deslumbra y somos sacados violentamente de la quietud. Entonces se puede ser feliz un instante, algunas horas... por qué no pensar en muchos años. Lo cierto es, que después de tal experiencia corremos el riesgo de quedar turbados toda la vida, terminó diciendo.
El hilo de la conversación llevó  a Erica a narrarme historias. Entre todas, una me resultó inolvidable en su simpleza, aunque no se lo dije. Estoy convencida de que es sabio prestar atención a los acontecimientos que se devanan como juegos intrascendentes entre dos personas o más ( aunque pienso que el número dos tiene otra fuerza por lo intimista), y en los que pareciera no ocurrir nada. Por fuera no hay tragedia ni algarabía. Todo pasa por dentro. Se sacude y se abren grietas o abismos en la arcilla interior; una bala sorda nos atraviesa el cerebro; un desembozado nos secuestra una ilusión. Éste, es uno de esos casos a mi gusto. Por eso, a tal crónica hasta le puse título : Un desconcierto para Herminia.
 Le ocurrió al norte, en Apacheta, cuando dejaba la Quebrada del Río Grande y trepaba hacia la Puna.
Erica Bulmer dijo casi textual:

20 feb 2011

CUENTOS DE VERANO

                                                             INFLUENCIAS
Por María Elena Garay


Se sienta en la cama, ha recorrido toda la casa, esto es absurdo piensa, se toma la cara entre las manos y permanece así por un rato. Se para bruscamente ¡ la cochera! eso le faltó. Es lo más importante, no busca el auto, no está como lo supuso, sino las herramientas. Los estantes de madera adosados a la pared son esqueletos vacíos. La pintura manchada con grasa y dos grampas solitarias le recuerdan que de ahí colgaban un serrucho y una pala. Ya no hay esperanzas, se dice con agobio.
Esa tarde entró a su casa como a las siete cargada de cuadernos y mapas, como todos los días, cansada igual, pensando que los alumnos están cada día más jodidos y que la geografía no les interesa un pito. Sobre la mesa, la fuente de cristal no había sido retirada, ya debería haber preparativos para cena, al menos siempre pone la mesa, la verdad es lo único que hace de las tareas de la casa y eso que tiene todo el tiempo libre, pero se pone a fabricar objetos inservibles, dele serruchar y clavar: un banquito, una escalera… A ella le pone los nervios de punta y qué escándalo si le dice algo; le contesta que se calle, si a ella le gusta tirar la plata en peluquería, ropa nueva, boludeces. En la cocina, ni una olla sobre la hornalla. Gritó ¡hola! y no obtuvo respuesta. Corrió al dormitorio con un nudo en el estómago, abrió el placard: cuatro perchas flacas como pájaros, oscilando por la corriente de aire. Abrió sus cajones: nada. Con los ojos inundados corrió al baño: lo primero que echó en falta fue la bata de toalla, bata rotosa que él tanto ama.

10 feb 2011

ARAÑAS, de Carmen Nani

¡Sos una viuda negra!, Gritó el hombre. ¡No soy peor!, la contestación de su mujer lo descolocó. La miró, y aunque le hubiera gustado gritárselo, sólo se animó a pensar que por lo negra y peluda, realmente se parecía a una araña. ¡Estás loca!, Gritó al tiempo que daba un portazo. Caminó a paso rápido hasta el templo tratando de disimular su disgusto, en vano. Estaba demasiado enojado. No había sido su intención decirle semejante barbaridad, pero tampoco había esperado esa respuesta. Mucho menos descubrir que su mujer, en efecto, se parecía a ese bicho. Estaba confundido. Pero quedó aún más, después del sermón. “Hermanos, si tuvieran que elegir entre una compañera hermosa, pero podrida por dentro y una fea, de un interior luminoso ¿Cuál elegirían? ¡La fea! Contestaron con entusiasmo todos. ¡No! Gritó el cura. La fea no tiene remedio; pero una compañera bella, también puede embellecerse por dentro.” Él no buscaría una mujer podrida por dentro, pero hermosa, para mejorarle el alma, como dijo el cura. Mirá que pretender quedarte con una mujer hermosa y buena. Eso, y la perfección sería lo mismo, cura ingenuo. Y así sacudiendo la cabeza, como tratando de ventilarla, tomó el ómnibus equivocado.

31 ene 2011

EL DESEO por Cecilia Spina


Quisiera hoy contrastar y al mismo tiempo complementar dos textos literarios que plantean, a mi juicio, la insatisfacción humana y la búsqueda de un modo desesperado y a veces cruel, de escapar, zafar u olvidar el sentido trágico de la vida, que todos con mayor o menor explicitud de conciencia, llevamos inscripto en el ADN colectivo. Por un lado, un cuento de Raymond Carver, “La esposa del estudiante”;  por otro, la novela de Yasunari Kawabata titulada “País de nieve”.
En el caso del primer texto, el relato transcurre a lo largo de una sola noche. La pareja de Mike y Nan, exponentes de la sociedad occidental y norteamericana,  ya están en cama dispuestos a descansar después de un día de trabajo como tantos otros. Los niños, llevan horas dormidos.
Él, Mike, hombre relajado, según su conducta habitual llama al sueño leyendo en voz alta poemas. Poemas de Rilke, Browning, cuartetas del Rubáiyyát. Ella, Nan, en cambio, según da a entender la narración es una persona tierna, amable y con un grado enorme de desasosiego, de insatisfacción interior poco precisa, que la lleva al insomnio y a una inquietud turbadora.
Por ello esa noche en particular, intenta mantener a Mike despierto. Necesita que la escuche, necesita saber más del mundo interior de él. Avanzada la oscuridad, para retener a Mike en vigilia le pide favores, ya un sándwich pequeño porque siente hambre, ya algunos masajes porque le duelen los brazos y las piernas. Él complace entre rezongos esos reclamos puntuales y de inmediato se acomoda para dormir. Siempre gira, le da la espalda y no ve más allá de tan caprichosos pedidos. O no quiere ver.