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20 jun 2012

DOS NOTAS PARA MARTINA cuento de María Elena Garay


Llegó a la casa entumecido. La llovizna se había prolongado todo el día arruinándole su tarde de deporte. Suerte que no dejó barro sobre el parquet, al día siguiente la empleada refunfuñaría por lo bajo; esta vez se acordó del felpudo a tiempo. Al lado del felpudo vio la carta. Estaba de mal humor; siguió hasta la cocina pero volvió, pensando que algo había en ese sobre que él debía saber. Si el cartero la hubiese traído por la mañana, la empleada la hubiera recogido y dejado en la mesita de la lámpara. ¿quién trae cartas por la tarde? Obviamente, carta para Martina, para quién si no. De sus clientes, amigas...¿abriendo correspondencia ajena? no era su costumbre, además el sobre no estaba cerrado, sólo con la solapa adentro. Leyó:

“Querida Martina, esta noche a las nueve”. Era la letra de su socio, el socio de Martina, ese pesado obsesivo del trabajo, igual que ella. Desde que había entrado a un estudio de arquitectura prestigioso no tenía descanso. Igual, él estaba tan orgulloso de su esposa, tan activa, tan capaz; los jardines más hermosos de la ciudad habían sido diseñados por ella. “Martina Aprile- Arquitecta Paisajista”, si hasta sonaba tan bien. Y él con ese empleo de mierda, corredor de seguros, cómo desentonaba, se sentía inútil, opaco a su lado, creía no merecerla, tan baja su autoestima. Decidió invitarla a salir esa noche, le pediría que no fuera al estudio, nada es tan urgente. A cenar a la orilla del lago, como cuando eran novios e imaginaban por cada lucecita de los barcos un hijo más. Ni hablar de hijos por ahora, había dicho Martina, con tanto trabajo...Eso, la invitaría. Se dirigió al cuarto para sacarse la chaqueta, los britches y las botas de montar. Saltos hípicos, su única pasión, además de Martina. Oyó que se detuvo un auto, sí, era el de ella. ¡El sobre!, lo dejó junto al felpudo y se sentó en un sillón del living, le gustaba verla entrar, elegante aún después de todo un día de trabajo. Incansable, Martina. Le diría que tenía planes. Juntos. Al diablo con la reunión, hasta estuvo tentado de esconder la nota, pero él no haría algo así. Desde el sillón y bien quieto la vio llegar ¡qué mal estaba! nerviosa, demacrada, tal vez a punto de pescarse una gripe. Tropezó con el felpudo, se le cayeron las llaves; él se levantó a ayudarla pero ella encontró el sobre, leyó la nota; ni que tuviera corriente eléctrica, la soltó y salió dando un portazo. En ese momento, el yunque de la sospecha que siempre pendía sobre su cabeza y que trabajosamente lograba eludir cada día, prácticamente lo trituró.

5 jun 2012

¿DE QUÉ QUERÉS HABLAR MAMÁ? por Carmen Nani


Pobre vieja, piensa el hombre mientras dobla el diario. Mira hacia la calle; la luminosidad del día enciende su remordimiento. Es sólo un café, reconoce, se lleva el pocillo a los labios y el café le sabe amargo. Escucha cómo en una mesa del fondo, cuatro mujeres pasan la tarde. No necesita mirar para comprobar que son mujeres de la edad de su madre. Sin embargo, no
puede evitar hacerlo. Apoya la mano en el respaldo de la silla y gira totalmente. Las observa un rato largo; son efectivamente mujeres mayores que ríen, hablan, se miran y no reparan en él. Vuelve a enfrentar su mesa y pide otro café. Ve el diario que ha dejado al lado del cenicero 
y recuerda el artículo que acaba de leer acerca de la incomunicación. 
... CUANDO VERDADERAMENTE SE TOMA UN CAFÉ CON ALGUIEN, SE CAEN LAS MÁSCARAS QUE NOS DESFIGURAN... 
Podría darle el gusto, sigue pensando. Prende un cigarrillo y el remordimiento cede para dar lugar a la intriga; frunce el ceño: Somos tres hermanos, ¿Porqué justo yo? ...LAS MÁSCARAS CAEN...  Vieja caprichosa. Cientos de veces la he invitado un viernes por la tarde o un domingo, pero no, tiene que ser un sábado, y a la siesta... LAS MÁSCARAS QUE NOS DESFIGURAN... ¿Mantener un capricho durante seis años?, Duda.  Pero si no es un capricho, ¡Porqué cuernos tiene que ser ése día y a ésa hora!. No coincide tampoco con al muerte del viejo; él todavía vivía cuando la vieja empezó con esta persecuta. Termina el cigarrillo  y aplasta la colilla varias veces en el cenicero. Mi amigo diría que estoy haciendo transferencia o cambio de roles; pero tampoco puede molestarme tanto un pedido de la vieja. Ahora  destruye la colilla, que ya sin forma, recibe su bronca. Sí me molesta... SE CAERÁN LAS MÁSCARAS QUE NOS DESFIGURAN...
Artículo de porquerías; quién me manda  leer esas estupideces. ¿Me estaré volviendo viejo? Sigue pensando, mientras la jarana en la mesa del fondo lo conmueve. ¿Qué querrás hablar conmigo viejita, y un sábado a la siesta? ; sabés que es el único día que puedo dormir  un rato. 
Los chicos  van a los Scouts y Marcela siempre tiene algún programa, habla en silencio. Es el 
único día que disfruto de estar sólo, entonces viejita, ¿Qué es lo que querés decirme?... SE CAERÁN LAS MÁSCARAS... Tampoco estoy tan equivocado; Marcela me da la razón, y eso que la quiere a la vieja. Se llevan bastante bien, aunque de un tiempo a esta parte se ven poco y nada... MÁSCARAS QUE DESFIGURAN...  ¡Ah no vieja! Sin querer golpea la mesa con el diario del artículo. Lo que me falta es que te pongas en suegra y pretendas llenarme la cabeza; pero no puede ser. ¿Esperar un café durante seis años para ponerme en contra de Marcela?

19 may 2012

ASFIXIA cuento de María Elena Garay

Realmente me desilusionaba ese obsesivo temor tuyo que poco a poco iba tejiendo su trama y te iba atrapando como una telaraña a un insecto, nada menos que a vos, tan ubicada, intelectual, fuerte. Seguramente aquél día no hubiera imaginado esa faceta tuya, cuando me llamó la atención que una mujer de aspecto tan delicado se interesara por los libros sobre la construcción de los aviones, hasta que después sí pude comprenderlo y hasta me pareció lógico que estuvieras averiguando sobre la vida de los pájaros. La intriga me llevó todos los días a la biblioteca, sólo para observarte, para deleitarme en la contemplación de tu concentración empecinada, y entonces supe que ese ceño fruncido sobre los libros era el indicio palpable de una sensibilidad exquisita. Y jugué con ventaja, lo confieso, porque inmediatamente tuve la certeza de que te interesarías por mis tallas y no sé con qué excusa te mostré mis dibujos.

 Después fue ese café interminable donde desmenuzamos confesiones, el asombro y la risa por las coincidencias. Y luego el atropello por contarnos, la necesidad de soltarse, darse, regalarnos historias, las nuestras, las del mundo, las más locas jamás imaginadas. Y ya no fue posible acallar la necesidad de los encuentros, la compulsión por hallar ese resquicio a la rutina, por el contacto de la piel anudada en las manos, en las caminatas por el centro de la ciudad, sin testigos, dioses desnudos en medio de la multitud, sólo vos y yo rescatando la eternidad en un momento.

 No me acuerdo qué le dije a Ana por las largas ausencias ni siquiera me acuerdo de la presencia en mi casa porque hasta ahí llegabas vos y te sentabas a la mesa, destendías mi cama y reías, reías. Pero empezaste a hablarme de tus temores ridículos, pensaste que Ana lo sabía todo, una racionalista confesa como vos creyendo en maleficios, en que los sapos despanzurrados en tu vereda acabarían por hacerte mucho daño. Me molestaban esos comentarios, me sumían en un silencio malhumorado. Temores absurdos, nacidos de la constatación de una mente alucinada, y siempre poniendo a Ana de por medio, creo que sé quién está tratando de alejarme de tu vida, decías. Para qué mezclar a terceros en nuestra dicha, quién podrá nunca (nunca no se dice) separarnos.

5 may 2012

LEONARDO SCIASCIA Y SU CAJA DE PANDORAS por Carmen Nani

Como enamorada de las palabras, siempre me pregunto qué busco al leer una novela. La respuesta la encontré después de mucho caminar entre diferentes escritores.
Creo que un libro me atrae por dos razones: porque la historia me transporta a un imaginario absolutamente distinto del mío. Ni mejor ni peor; distinto. La narración es una invitación a escapar del tedio de la rutina, a olvidar por un momento los problemas de todos los días, a ser protagonistas por un instante de un universo ideal, elegido. La novela como artífice de una ilusión.
La otra razón se apoya en el conocimiento. Busco al leer una novela que el escritor despierte en mí la curiosidad, las ganas de investigar otros escritores, otros lugares o simplemente de conocer más sobre el que abrió la Caja de Pandoras. La novela como generadora del saber.
Descubrí entonces, de la mano de mi esposo a Leonardo Sciascia, italiano que destaca por sus novelas sobre el poder y la corrupción en Sicilia.  Me ocurrió  con él, algo parecido a lo que me sucedió con Steig Larson. Me sedujo el amplio conocimiento que Sciascia posee sobre los temas que aborda. Me fascinó el juego de palabras; las frases largas hasta rebuscadas que denotan un escritor aunque no coetáneo, vigente y válido en esta época en la que todo lo que no pertenece al hoy, a la fugacidad del momento en que vivimos, se transforma en obsoleto.
Cuando leí “La desaparición de Majorana” descubrí, a través de dos palabras que me llamaron la atención: grafomanía y criptografía, una faceta que desconocía de otro grande de la literatura: Stendhal.
Según cuenta Sciascia, Stendhal intuye desde muy joven el tipo de escritor que será, por eso su escritura es megalómana, casi maníaca. Encuentra en esta forma de escribir la posibilidad de prolongar su existencia, de dejar huellas. Sabe que tiene mucho para decir, pero intuye que una vez dicho, su misión terminará y con ello su vida. La criptografía de Stendhal es su modo de hacer evidente esa huella de vida, que esconde por su carácter complejo. Grafomanía y Criptografía corresponden respectivamente a la infancia y adolescencia; el niño escribe donde sea, el adolescente se inventa una escritura secreta.
En “La desaparición de Majorana”, una novela filosófica de misterio, Sciascia plantea la controvertida hipótesis de que, lo que en un principio se atribuye a un acto de locura puede que no sea tal. El joven científico Ettore Majorana, cuya genialidad es  comparable a la de Galileo y Newton, según señala su mentor, el premio Nobel Enrico Fermi, intuyendo la magnitud de sus hallazgos en torno a la energía atómica y su poder destructivo, y temeroso de las consecuencias que podrían derivarse en la Europa de Hitler y Mussolini, tal vez escoge el silencio, la huida y la renuncia a su condición de genio. Partiendo de un hecho real,

20 abr 2012

SUEÑOS DE DIVÁN por María Elena Garay

                                                
Nunca iba a conocer el Museo del Prado, a eso lo sabía, si la última vacación pasada, aunque desastrosamente, fue con su esposa en Los Hornillos, todo un lujo. Pero en su obligada austeridad se permitía el derroche de Internet. Podía describir cada cuadro de sus salas, aunque últimamente quería ver sólo los de Gauguin. Necesitaba encandilarse de emoción, pero nada, ésta permanecía adormilada, no reaccionaba ¿cómo podía no captar la esencia de la belleza, él un ser tan sensible? ¿ se negaba a rebelarse en una pantalla?
Había una razón: a pocas cuadras de su casa estaba esa copia oscura, que se convirtió en libidinosa fuente de sus placeres más ocultos. Casi tres meses desde el día en que, para matar el tiempo de regreso a su casa vacía, había entrado al anticuario atraído por el relumbrón de una luna de cristal biselado. Y tras el laberinto que formaban los muebles arrinconados, el cuadro apoyado en un baúl Buitton de dudosa antigüedad.
Es una copia de Gauguin, dijo el anticuario, pésima por cierto, lo valioso es el marco, fíjese.
No más mirar el cuadro y convertirse en obsesión, amó a primera vista a esa mujer morena retratada; él conocía a esa mujer, le traía reminiscencias de momentos tan intensos como lejanos. Obviamente, no podía ser: la modelo era del siglo XIX. La mujer miraba al niño, de cuclillas a su lado. Junto a ellos, un moreno bebía algo en un cuenco de barro. Por detrás, el mar, una isla y unas palmeras lejanas.
En más, pasó todos los días a mirarla. Algo tenía, la expresión tal vez, que le daba la certeza de que había sido suya: sentía la piel porosa y mate bajo sus dedos, era extraño pero esa mujer le pertenecía del algún modo, total e íntimamente. Escudado en el improvisado cuarto de paredes de madera celebraba el amor con la mirada fija en ese rostro amado hasta quedar exhausto. Después, llegaba a su casa, miraba el original por Internet y era sólo una imagen detrás de un vidrio, nada.
¿No se decide? solía decirle el vendedor a visitante tan frecuente, ponderando el dorado a la hoja del yeso descascarado del marco. No todavía, contestaba él y esperaba con fastidio que algún cliente entrara al negocio, quedar a solas con la pintura, firmada por un tal Federico D, copia que, lejos de despertar las finas cuerdas de su sensibilidad artística había animado una brusca revulsión en sus sentidos.

4 abr 2012

¿POR QUÉ JOSÉ, ES SAN JOSÉ? por Carmen Nani

En víspera de la Pascua Cristiana, comparto con ustedes una reflexión…
Siempre creí que santos, eran aquellas personas que por su vida de entrega y oración, que por su devoción y vida ejemplar, recibían el don de hacer algún milagro; o aquellos otros que por su fe, ya sea en la edad antigua, media o contemporánea fueron mártires. Entonces ¿por qué José, es San José?
Sabía de su vida religiosa; de su honradez y de su amor por María, pero ¿Acaso murió defendiendo al Dios en quién creía? No. ¿Alguien conoce de algún milagro que realizara? No.
A pesar de mi no rotundo, algo me decía que tenía que seguir buscando. No encontré respuesta a ninguna de estas dos preguntas, al menos no, la que yo esperaba encontrar… hasta que hace casi un año, mi hija me invitó a leer el libro que marcaría mi vida en forma rotunda y que aclararía mis dudas, más por terca que por falta de fe, con respecto a San José: "La sombra del padre” de Jan Dobraczynski". 

Victor Pereira Sánchez escribe:
"Dobraczynski recrea con gran imaginación, rigor histórico y exegético y espíritu novelesco la historia de San José de Nazaret, en su papel como esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Jesucristo. Aquel a quien los Santos Evangelios apenas mencionan es precisamente a partir de estas pocas citas descrito en una respetable profundidad.
San José, oriundo de Belén, heredero del patrimonio de los reyes David y Salomón y de la noble tribu de Judá, marcha a Nazaret en busca de la mujer a la que entregar su vida. Allí conoce a una encantadora, amable pero a la vez misteriosa muchacha, Miriam de nombre, de quien quedará totalmente prendado. Sin embargo, empieza a comprender que entre Miriam y Él se alza impetuosa una fuerza de proporciones abismales, como el puño de Yavhé, que hará que la relación entre ambos continúe hacia vías insospechadas: de ella habrá de nacer el que será el libertador del pueblo disperso y oprimido de Israel.”

Cuando leí está reseña, supe que “La sombra del padre” me estaba esperando. Descubrí entre sus páginas que José fue un hombre que sufrió como hombre, que no entendía del todo cuál era su misión. Un hombre que manifestó el amor más absoluto: renunció a su esencia, a su ser hombre, a todo lo que alguna vez había soñado.

José fue sombra en vida y lo siguió siendo después de muerto. ¿Acaso aparece José presente, parlante en los evangelios? Sólo durante los primeros años de vida de Jesús, su figura se vislumbra en las sagradas escrituras. Más no emite palabra. María es quién reprende a Jesús cuando se pierde tres días en el templo; José, es sólo una sombra.

Cuando encuentro el parecido que mi hijo tiene respecto a su padre,

21 mar 2012

FELICITACIONES A UNA GRAN ESCRITORA

EN EL DÍA DE LA POESÍA, NUESTRO PROFUNDO RESPETO A 
MARÍA TERESA ANDRUETTO

Premio Hans Christian Andersen, 
reconocimiento más importante a nivel mundial
 dentro del género
 de la literatura infantil y juvenil 
HUELLAS EN LA ARENA


En los confines del desierto un hombre y una mujer se encuentran para hacer un viaje.El hombre se llama Ramadán, la mujer Suraqadima, y el viaje que emprenden más parece una huida. 
Antes que el viento lo disuelva, se puede ver el dibujo de los pies sobre la arena: las huellas cruzan el desierto hasta el oasis donde abrevan los hombres y las bestias.Junto al frescor del agua se sientan. Ella afloja el lazo que le ciñe la cintura, desata las sandalias, bebe. Él moja sus sienes, la barba, el pecho, y luego la nuca de ella, el pelo.
Han dejado atrás su casa, los hijos, el marido de ella, la mujer de él, y pasan la tarde haciendo planes. En un día de marcha llegarán al otro lado de las dunas, a una ciudad donde Ramadán tiene amigos y dinero. Atrás quedarán las sombras.
Suraqadima levanta la cabeza y ve una calavera y una inscripción que narra un crimen. Entonces piensa que quien ha muerto aquella vez es una mujer y piensa también que acaso ella haya abandonado al marido y a los hijos para encontrarse con un hombre. Y que si no soplara el viento se podrían ver todavía sobre la arena sus huellas, el viaje a través del desierto, los pies del hombre tras los de ella hasta la mancha verde, hasta la vera del agua, donde él, piensa ella, la ha de haber matado.  Ramadán le pregunta en qué está pensando. Ella señala la a la vera y le cuenta y lo mira a los ojos. Y el amado la mata por segunda vez.


                                        
Sobre María Teresa
María Teresa Andruetto (A° Cabral, Argentina, 1954). La construcción de la identidad individual y social, las secuelas de la dictadura en su país y el universo femenino son algunos de los ejes de su obra. Sus libros, verdaderos crossover  leídos tanto por adultos como por jóvenes lectores, rompen barreras generacionales. Publicó

5 mar 2012

TRES MICRO - RELATOS por Carmen Nani

TENGO SED
¿Qué estoy buscando si ya no tengo posibilidades de encontrar? Se me perdió la vida dentro del hueco de mi vida.  Buceo desde la punta de  mis pies a lo largo de mis entrañas y llego a mis pechos vacíos, secos de tanto llorar.
Mi corazón no se mueve. Se murió por la falta de afecto. Me catapulto en esta superficie inerte, y quedo pendiendo de mis cuerdas vocales. Me da pena ver estos cordones que una vez cantaron a la vida, al sol, simplemente al hecho de ser y ahora sólo son pedazos de hilo movidos apenas para producir un gemido sordo, seco, como del que va a morir por falta de agua.
Yo tengo sed, pero no es agua lo que necesito.

EL PÉNDULO
Era como le péndulo. Sus días transcurrían manteniendo el equilibrio, caminando por la cuerda floja. Siempre huía. Buscaba el áncora que jamás encontró. 

El péndulo iba o venía, tenía opciones. Ella también podía elegir. Como el sol y la luna, el fuego y la nevada, las suyas eran  encontradas: podía consumirse en las llamas de un amor, pleno, pero prohibido, o morír entumecida en la escarcha de un amor indiferente, acostumbrado.
       Debía quedarse junto a uno de los dos. ¿A cuál elegir?

20 feb 2012

LA INVASIÓN por María Elena Garay

Iván invitó  a ir al río. Éramos cuatro con su hijo menor Santi y mi hija Lola. El lugar, lo de menos, cualquiera estaría bien para mitigar el calor infernal que ahogaba la ciudad. Dijo que me iba a sorprender. Preparé la canasta del mate y la heladerita con gaseosas; a los sándwiches los compraríamos de paso. Con las reposeras en el baúl, baldes y palitas para los chicos iniciamos el viaje.
La Avenida Vélez Sársfield, un páramo. Al llegar a la rotonda de Las Flores sentí un pinchazo en el brazo izquierdo, arriba del codo, como una picadura. Ningún insecto a la vista, Iván opinó que podía ser un nervio. Enseguida pasó. Cuando advertí que no tomábamos el camino a Alta Gracia sino el que va a Despeñaderos, calculé que hacía más de dos años que no iba por ahí. Unos kilómetros más adelante, los campos sembrados y las torres de alta tensión me resultaron extremadamente familiares, como marcados, únicos.
- Mejor vamos a otra parte - solté.
Iván me miró, Lola cantaba en voz baja, Santi dormía. Me enredé en una confusa explicación de la que salí argumentando que el río de Alta Gracia tría mucha agua y que no alargaríamos si doblábamos más adelante, en la ruta que comunica los dos caminos.
- Sí, el Cruce. Mirá que en Despeñaderos hay playitas de arena y un lindo espacio verde con mesas y bancos de hormigón, pero si querés.
Me sobrepuse, acepté seguir.
En el Cruce sentí un pinchazo en la pantorrilla. Me llevé la mano a la pierna y casi grité que tuviera cuidado, siempre hay accidentes en ese lugar. Iván se rio y entonó un cantito medio odioso: estás nerviosa, estás nerviosa. Le pellizqué la nuca.
Después comenzaron los mojones que van marcando los kilómetros en forma decreciente. El 767, pensé.

5 feb 2012

DOS POEMAS DE AMOR.... SIN CANCIÓN DESESPERADA de Carmen Nani

CUANDO LLUEVA
Si mañana llueve,
                           no te dejes mojar por dentro,
no humedezcas tu sangre.
Sólo baña tu piel y que fluya el agua.
Si mañana llueve y no estás sola,
evítalo.
Esconde tus sentimientos
y déjalo dar el primer paso.
Entonces, retrocede
                              y cuando hayas tomado
suficiente distancia, pregúntate
si palpitas porque la lluvia invita,
                                               o porque él se va acercando.
Si mañana llueve y él está cerca tuyo,
no te asustes, date tiempo
y aprende a escucharte.
Observa sus movimientos, 
                           sus gestos serán más elocuentes
                                                                       que sus palabras.
Si mañana llueve, y él te habla,
no trates de entenderlo.
Absorbe lo que diga, adivina lo que calla
y así  lo podrás descubrir.
Si mañana llueve y  él,
                               te ha entregado su escudo,
                                       sólo entonces, ríndele tus armas.
Si mañana llueve y  la lluvia los encuentra mansos,

20 ene 2012

ESTAS EN UN POZO


Estás en un pozo, la tierra es colorada, se ven las raíces de los ligustrinas que se te ocurren, cuerdas para saltar; seguís cavando, tus uñas están partidas y te duele mucho la punta de los dedos, pero hay que apurarse porque los primos están cerca y querés ser la primera en encontrar al abuelito. La Pelada tiró una pista: recordás que anoche, en el balcón de la casa de los tíos, les dijo a vos y a tus primos que el abuelito estaba debajo de la tierra, aquí en donde ahora el sudor te chorrea a mares. Si tan sólo hubieras traído la palita o el rastrillo, pensás, Jorge y la Techi, seguro que tienen algo para escarbar más rápido; vos sólo usás tus manos, tus uñas. Es tan grande tu deseo; Lía en el Jardín te ha hablado del suyo; querés conocerlo ahora, qué ansiedad tenés. Ayer nomás le preguntabas a tu mamá por qué no tenías abuelo, ni siquiera uno, ella te acarició la cabeza -cómo te gusta cuando ella te acaricia- y te dijo que los dos murieron antes de que nacieras. A la noche la Pelada dijo aquello. Y que sabía que estaba en ese lugar porque cuando la tía Tuca la trajo a la casa de la señora Chichí, el viejo vivía. No te gustó que le dijera viejo pero sabés que la Pelada es medio boba, que la Tuca no le saca la vista de encima; le da una gamuza para que lustre los muebles mientras ella hace la limpieza. Pero es divertida la Pelada: cuando vas a la casa de los tíos ella te cuenta a vos y a tus primos la historia de cuando mató un león en Africa y también cuentos de fantasmas, aunque después vos no dormís en toda la noche. Tu mamá dice que la tía Chichí es muy buena al dejar que la Tuca trajera a su sobrina a vivir a su casa pero siempre agrega qué sería de la Chichí si se le va la Tuca, si no sabe hacer nada. No sabés cuántas horas has estado cavando, ahora tenés miedo porque al fondo del pozo ya no llega la luz. Entrás, sacás un puñado de tierra, volvés a salir. Tu cuerpo cabe estirado en el agujero, calculás que es de tarde. Las voces de tus primos ya no se escuchan, hay mucho silencio. Te decís que debe faltar poco para encontrar al abuelito, te saltan algunas lágrimas y las lágrimas se mezclan  con la tierra de las pestañas, te arden los ojos, qué hermoso debe ser tenerlo, cuántas cosas le preguntarás, seguro que te cuenta cuentos lindos, no como los de miedo de la Pelada.

5 ene 2012

UN CUENTO CON HUMOR PARA EMPEZAR EL AÑO...por Carmen Nani

PENSAR EN VOZ ALTA

“Qué gorda estás”, le dijo Elena. Ojalá te conviertas en vaca, pensó Lucía mientras contemplaba la silueta esbelta de su amiga. Cuando Elena empezó a mugir. Lucía salió corriendo del bar dejando a la vaca frente a un capuchino. Al cruzar la calle, un taxi casi la atropella. “¡Tené más cuidado, abombada!” Escuchó que le gritaba. No pudo responderle pero sí  levantó el brazo, y le mostró el índice y el meñique bien extendidos. El auto amarillo frenó de golpe, Lucía se alarmó. Sintió miedo cuando vio que el taxista se bajaba y que avanzaba hacia  ella con una tremenda cornamenta en la pelada. Caminó, casi corrió hasta su auto. Cuando llegó ya era muy tarde, el  agente estaba anotando la multa. Le rogó que no se la pusiera  porque su marido la mataría, pero no hubo caso, la multa era irreversible. “Si usted fuera  mujer, me entendería,” dijo finalmente. “Claro que te comprendo, mi marido me hace lo mismo, son todos unos machistas”, le contestó el agente que ahora sacaba un rouge de la cartera para pintarse los labios. Lucía se subió al auto, rumbo a su casa. Cuando llegó, estacionó debajo de la gran sombra del árbol del vecino, que le gritó: “¡Oiga, siempre lo mismo! Si quiere sombra plante un árbol.” “Tanto lío por este árbol de mierda, ojalá se te seque”. En ese momento las hojas desaparecieron y el tronco se tiñó de un marrón sin vida. Lucía se metió en su casa.