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20 abr. 2012

SUEÑOS DE DIVÁN por María Elena Garay

                                                
Nunca iba a conocer el Museo del Prado, a eso lo sabía, si la última vacación pasada, aunque desastrosamente, fue con su esposa en Los Hornillos, todo un lujo. Pero en su obligada austeridad se permitía el derroche de Internet. Podía describir cada cuadro de sus salas, aunque últimamente quería ver sólo los de Gauguin. Necesitaba encandilarse de emoción, pero nada, ésta permanecía adormilada, no reaccionaba ¿cómo podía no captar la esencia de la belleza, él un ser tan sensible? ¿ se negaba a rebelarse en una pantalla?
Había una razón: a pocas cuadras de su casa estaba esa copia oscura, que se convirtió en libidinosa fuente de sus placeres más ocultos. Casi tres meses desde el día en que, para matar el tiempo de regreso a su casa vacía, había entrado al anticuario atraído por el relumbrón de una luna de cristal biselado. Y tras el laberinto que formaban los muebles arrinconados, el cuadro apoyado en un baúl Buitton de dudosa antigüedad.
Es una copia de Gauguin, dijo el anticuario, pésima por cierto, lo valioso es el marco, fíjese.
No más mirar el cuadro y convertirse en obsesión, amó a primera vista a esa mujer morena retratada; él conocía a esa mujer, le traía reminiscencias de momentos tan intensos como lejanos. Obviamente, no podía ser: la modelo era del siglo XIX. La mujer miraba al niño, de cuclillas a su lado. Junto a ellos, un moreno bebía algo en un cuenco de barro. Por detrás, el mar, una isla y unas palmeras lejanas.
En más, pasó todos los días a mirarla. Algo tenía, la expresión tal vez, que le daba la certeza de que había sido suya: sentía la piel porosa y mate bajo sus dedos, era extraño pero esa mujer le pertenecía del algún modo, total e íntimamente. Escudado en el improvisado cuarto de paredes de madera celebraba el amor con la mirada fija en ese rostro amado hasta quedar exhausto. Después, llegaba a su casa, miraba el original por Internet y era sólo una imagen detrás de un vidrio, nada.
¿No se decide? solía decirle el vendedor a visitante tan frecuente, ponderando el dorado a la hoja del yeso descascarado del marco. No todavía, contestaba él y esperaba con fastidio que algún cliente entrara al negocio, quedar a solas con la pintura, firmada por un tal Federico D, copia que, lejos de despertar las finas cuerdas de su sensibilidad artística había animado una brusca revulsión en sus sentidos.
Pero hombre, si acá no se ve nada dijo el vendedor un día, trasladando el cuadro por los corredores hacia la luz de la calle. ¿Ve las guirnaldas que se entrecruzan sobre la tela? propias del imperio francés, este marco sí que es auténtico, imagínelo conteniendo la pintura de Napoleón; ahora bien podría poner un espejo o una foto de cuerpo entero de su esposa. ¿Esposa? Para qué contarle de tan agrio final, el bochorno de haber sido abandonado con una excusa deleznable: "tu madre se mete en nuestro matrimonio". Prefirió callar.
Ya no pudo visitar el retrato: demasiado expuesto. Pero inútil prescindir de esa mujer; ya en las cercanías del negocio, podía oler su penetrante sudor, el musgo de su pelo -seguramente larguísimo- cubierto con un pañuelo rojo, y sus sentidos se salían de cauce. ¿Qué tenía que lo excitaba hasta el paroxismo? Odió al pintor que la puso en un bote de modo que de ella sólo se veía su rostro vuelto al niño y el torso desnudo de generosos pechos. ¿Tenía caderas anchas? ¿pies pequeños? ¿Por qué le negaba su ensortijado pubis, sus crines azabache?

Esto me pasa por vivir solo, pensó y decidió que ya era hora de buscar mujer, tras dos años de su separación. Le fue fácil la conquista y bien pudo haberse enamorado de alguna, después de todo era muy bien parecido. Inútil, ninguna le produjo más que una satisfacción pasajera, corta e insípida. ¿Prostitutas? Tal vez con más oficio para sacar a luz su libido encapsulada. No pudo. Sus sentidos no se inflamaban con nadie. Decidió comprar el cuadro, regateó bastante con el asunto del marco pero lo juzgó imprescindible. La pintura va de regalo, dijo el anticuario envolviendo el paquete, no vale nada para qué lo voy a engañar, si Gauguin viviera…Ya lo sé, muy mala copia contestó y se fue a casa con el cuadro bajo el brazo y el corazón latiendo en esa axila. Ahora la tenía toda para sí, la puso al borde de su cama: apagaba la luz, pequeñas olas lamían su perfil, después la marejada, naufragaba por su cuerpo hora tras hora; amanecía empapado.
De día, daba vuelta el cuadro y salía a trabajar. Él se había informado en Internet: “Gauguin: Pintor francés (1848 - 1903), primero impresionista…se refugió en Tahití…su vida fue un tormento de agitación y miseria” Eso, una familia de negros de Tahití, seguramente a Gauguin la mujer no lo conmovía, de haberlo hecho la hubiera retratado sola, desnuda en todo su esplendor. Pero estaba el hombre y el chico. ¡Cómo pudo antes abstraerse de ellos! ahora le molestaban, empezó a odiarlos; el mórbido romance no era exclusivo, la morena le era infiel con ese hombre, tan natural en su desnudez, tan animal.
No obstante, la mujer se le ofrecía abierta como una fruta blanda, y a punto de beber sus jugos aparecía el hombre y el chico y se iban en el bote, dejándolo anhelante. ¿Esto era un reto? Pues lo tomaba, aceptó que en su ausencia el negro la complaciera, cada cual a su turno y a su modo, pero el chico era una molestia.
El chico: primer plano, en cuclillas, sólo él era mirado. ¿Cuatro, cinco años? Suficiente para entender. ¿Cómo podía tomar a la mujer estando el hijo presente? Dónde había quedado su recato, él tenía una hija que estaba con su madre.
¡A sofrenar sus pulsiones! Qué estaba haciendo, acaso estaba loco. Odió más al negro, tal vez él no tenía esos pudores o se creía con más derechos.
Su vida se transformó en un infierno, ya no gozaba con la mujer, ni siquiera era el fisgón de los amores de la pareja, es decir, sí gozaba en sueños como nunca pero con una voluptuosidad pecaminosa, llena de culpa: cada noche se perdía en las húmedas cavernas de esa mujer potro, carbón hirviente, tajo en la tierra, pero él no era él, era mulato, pequeño, de grandes ojos negros, pelo ensortijado, no más de un metro del suelo, tomado de los ojos de su madre.

6 comentarios:

Car dijo...

El erotismo in creyendo, y la tensión del relato crean una atmósfera tan real, que sorprende el final inesperado. y si a eso, le sumamos el realismo mágico.... es un cuento que se las trae. Me gustó mucho.
Un beso
Car

Anónimo dijo...

clap, clap, clap!!
Me encantó!
Creo que Walter Benjamin se sintiría muy identificado con el protagonista, je.

un abrazo abrazado!

Anónimo dijo...

Atrapante.- Erotismo muy logrado, transmitido sin esfuerzo y por ello no genera rechazo sino comprensión. Con pocos pincelazos se describe al hombre y su soledad y su obsesión.- Felicitaciones.- Realmente, palabras mayores en el cuento.Serra

Piel de lechuza dijo...

Gracias Car! Más que realismo mágico es realismo espantoso! Un abrazo

Piel de lechuza dijo...

Me agarraste en falta! Qué habrá dicho W. Benjamin! Sí, acordate, del mito del rey de Tebas, Freud, etc
Un besote

Piel de lechuza dijo...

Me puse colorda, es demasiado. Gracias por leer, comentar y encima que sea de tu agrado! Un placer.