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19 may. 2012

ASFIXIA cuento de María Elena Garay

Realmente me desilusionaba ese obsesivo temor tuyo que poco a poco iba tejiendo su trama y te iba atrapando como una telaraña a un insecto, nada menos que a vos, tan ubicada, intelectual, fuerte. Seguramente aquél día no hubiera imaginado esa faceta tuya, cuando me llamó la atención que una mujer de aspecto tan delicado se interesara por los libros sobre la construcción de los aviones, hasta que después sí pude comprenderlo y hasta me pareció lógico que estuvieras averiguando sobre la vida de los pájaros. La intriga me llevó todos los días a la biblioteca, sólo para observarte, para deleitarme en la contemplación de tu concentración empecinada, y entonces supe que ese ceño fruncido sobre los libros era el indicio palpable de una sensibilidad exquisita. Y jugué con ventaja, lo confieso, porque inmediatamente tuve la certeza de que te interesarías por mis tallas y no sé con qué excusa te mostré mis dibujos.

 Después fue ese café interminable donde desmenuzamos confesiones, el asombro y la risa por las coincidencias. Y luego el atropello por contarnos, la necesidad de soltarse, darse, regalarnos historias, las nuestras, las del mundo, las más locas jamás imaginadas. Y ya no fue posible acallar la necesidad de los encuentros, la compulsión por hallar ese resquicio a la rutina, por el contacto de la piel anudada en las manos, en las caminatas por el centro de la ciudad, sin testigos, dioses desnudos en medio de la multitud, sólo vos y yo rescatando la eternidad en un momento.

 No me acuerdo qué le dije a Ana por las largas ausencias ni siquiera me acuerdo de la presencia en mi casa porque hasta ahí llegabas vos y te sentabas a la mesa, destendías mi cama y reías, reías. Pero empezaste a hablarme de tus temores ridículos, pensaste que Ana lo sabía todo, una racionalista confesa como vos creyendo en maleficios, en que los sapos despanzurrados en tu vereda acabarían por hacerte mucho daño. Me molestaban esos comentarios, me sumían en un silencio malhumorado. Temores absurdos, nacidos de la constatación de una mente alucinada, y siempre poniendo a Ana de por medio, creo que sé quién está tratando de alejarme de tu vida, decías. Para qué mezclar a terceros en nuestra dicha, quién podrá nunca (nunca no se dice) separarnos.
No obstante esos ocasionales nubarrones, estar juntos era lo mejor de la vida.
 Después la Compañía decidió ponerme al frente de una sucursal en Punta del Este. En esos días inolvidables aplicaste y me enseñaste tu teoría sobre los aviones y los pájaros; la libertad nos embriagó en sus mil formas de vuelo y tuvimos la certeza de que nuestras vidas ya no podrían transitar por cauces diferentes. Pero hasta ahí llegaron voces enigmáticas en el teléfono, cartas con extrañas figuras recortadas, es Ana, repetías, y yo tratando de disuadirte de tu miedo. Ahora sabés bien que todo fue una tontería, que Ana jamás sospechó de nuestros encuentros. Y no pude esperar más, tu entereza terminó ganando la partida. Me quiere volver loca con sus brujerías, dijiste esa tarde a orillas del mar, pero eso es cosa ignorantes, jugar sucio y bajo, hablaremos como personas civilizadas los tres, dijiste. Y me pareció bien, finalmente privó la razón en vos, como siempre tan organizada, tan analítica. Recapacitaste y te reíste de tus temotes, ya no entrarías en ese juego macabro.


Sinceramente creí que podría encontrarte un punto débil, casi lo logré, pero no me decepcionaste, querida, sos tan perfecta como la perfección de tus blancas facciones que observo ahora sobre la almohada, como lo hice tantas veces después de cada noche de amor. Es un alivio terminar con esto de la magia negra, qué cursilería. Claro que todo era necesario, sería ruin asesinarte sin antes hacerte advertencias, sin tratar de decirte, desesperadamente, de algún modo, que me dejaras porque yo no podría abandonarte sin morirme de pena, por este gran amor que te tengo, que me enternece, me llena, me desborda, me desacomoda, me acosa y me ata con una cadena que me quita pertenencia, asfixiante, como esta cuerda que todavía tenso entre mis dedos y constituye el primer acto de mi recuperada cordura.

4 comentarios:

Martha dijo...

Hola Mari!! Gracias pormandarme tu cuento! buenisimo,sos muy maestra!!

Natalia Spina dijo...

Qué escalofríos... Me asombró y gustó mucho cómo un loco, en su momento de máxima locura, considera que està màs cuerdo que nunca. Las escenas están muy buenas y el drama en sí es buenísimo. Me encantó! Un abrazo!

Anónimo dijo...

Tensa la cuerda el asesino... como tensa el suspenso de a poco la autora. Buenísimo, señora, buenísimo.
Abrazo

Car dijo...

Creo el comentario anterior, exquisito en economía de palabras, resume mi pensamiento.
La imágenes, magníficamente escritas, el suspenso "in crescendo", la locura estalla y en mi cabeza resuena sólo una pregunta ¿Por qué?
Excelente, ME. Un beso,
Car