BUSCAR

15 jun 2020

HISTORIA DE UNA HORA, de Kate Chopin



«Historia de una hora» («The Story of An Hour») fue publicado por primera vez en Vogue, el 6 de diciembre de 1894, con el título «The Dream of an Hour». Traducción de Olivia de Miguel.
1850-1904 San Luis, Missipi, Estados Unidos


Como sabían que la señora Mallard padecía del corazón, se tomaron muchas precauciones antes de darle la noticia de la muerte de su marido.
Su hermana Josephine se lo dijo con frases entrecortadas e insinuaciones veladas que lo revelaban y ocultaban a medias. El amigo de su marido, Richards, estaba también allí, cerca de ella. Fue él quien se encontraba en la oficina del periódico cuando recibieron la noticia del accidente ferroviario y el nombre de Brently Mallard encabezaba la lista de «muertos». Tan sólo se había tomado el tiempo necesario para asegurarse, mediante un segundo telegrama, de que era verdad, y se había precipitado a impedir que cualquier otro amigo, menos prudente y considerado, diera la triste noticia. Ella no escuchó la historia como otras muchas mujeres la han escuchado, con paralizante incapacidad de aceptar su significado.

12 jun 2020

LA BATALLA DEL CALENTAMIENTO, de Marcelo Figueras

Un cuento de hadas contemporáneo. Esta novela cuenta la desmesurada fábula de Teo, de la pequeña Miranda y de la bella Pat Finnegan, tres sobrevivientes llamados a figurar entre los personajes inolvidables de la literatura de hoy. Y también la historia del pueblo de Santa Brígida, gobernado por un insólito Jekyll & Hyde cuya dualidad no hace otra cosa que volverlo más sabio. En La batalla del calentamiento, Marcelo Figueras narra con emoción, humor y un escalofriante suspense, el suceso de una verdadera gesta: la que componen un gigante acuciado por sus fantasmas, una niña hechicera a pesar suyo y una mujer que ha atravesado las tinieblas y pugna por despertar de su pesadilla.

Que la disfruten,
Carmen


8 jun 2020

LOS POCILLOS, de Mario Benedetti

Los pocillos eran seis: dos rojos, dos negros, dos verdes, y además importados, irrompibles, modernos. Habían llegado como regalo de Enriqueta, en el último cumpleaños de Mariana, y desde ese día el comentario de cajón había sido que podía combinarse la taza de un color con el platillo de otro.
“Negro con rojo queda fenomenal”, había sido el consejo estético de Enriqueta.
Pero Mariana, en un discreto rasgo de independencia, había decidido que cada pocillo sería usado con su plato del mismo color.
“El café ya está pronto. ¿Lo sirvo?”, preguntó Mariana.
La voz se dirigía al marido, pero los ojos estaban fijos en el cuñado. Este parpadeó y no dijo nada, pero José Claudio contestó: “Todavía no. Esperá un ratito. Antes quiero fumar un cigarrillo.” Ahora sí ella miró a José Claudio y pensó, por milésima vez, que aquellos ojos no parecían de ciego.

4 jun 2020

EL ABANICO DE SEDA, de Lisa See

Como prueba de su buena estrella, Lirio Blanco, una tímida niña de siete años, hija de una humilde familia de campesinos, será hermanada con Flor de Nieve, que vive en un pueblo lejano y es de muy diferente ascendencia familiar. Por medio de una ceremonia ancestral, ambas se convierten en laotong («mi otro yo» o «alma gemela»), un vínculo que dura toda la vida y que será más profundo que el matrimonio. Desde el principio, y a lo largo de los años, Lirio Blanco y Flor de Nieve se intercambiarán mensajes en nu shu escritos en un abanico de seda, que las sirvientas llevarán de una casa a la otra. En abanicos y pañuelos darán cuenta de lo que nadie conoce: sus más íntimos pensamientos y emociones, y gracias a esa vía secreta de comunicación se consolarán de las penalidades del matrimonio y la maternidad. El nu shu las mantendrá unidas, hasta que un error en la interpretación de uno de los mensajes amenazará con truncar su profunda amistad.


Que lo disfruten,
Carmen

1 jun 2020

SUDOR, de Pedro Mairal


Estuvimos cuatro años de novios con Valeria hasta que empezamos a buscar departamento para irnos a vivir juntos y en la búsqueda infinita me empecé a dar cuenta de que yo rechazaba todos los departamentos que veíamos porque en realidad no quería mudarme con ella. Pero todo lo demás fue felicidad. O casi todo.
Valeria era hija única, vivía con sus padres cerca del hipódromo de San Isidro en una casa con pileta, mini jardín y hasta un cuarto de servicio que no se usaba, junto a la cocina en la planta baja. En ese cuarto dormía yo los fines de semana. Me llevaba bien con mis suegros, a mi suegro le celebraba los asados, a mi suegra los postres y así me hospedaban amablemente desde el viernes a la noche hasta el domingo a la tarde. 
Habían tenido a su hija ya pasados los cuarenta y ahora eran un matrimonio mayor, ya entrados en una especie de plácida menopausia. Me trataban bien, algo distantes, cuidadosos, pero me querían. Si me mantenía durmiendo en ese cuarto en planta baja, más o menos lejos de su hija, me querían. Aunque supongo que sabían que su hija no era virgen, no sé hasta qué punto sospechaban de los cruces nocturnos. Lo cierto es que cuando ya todo estaba en calma y apenas se oía ladrar algún perro de la cuadra a las dos de la mañana, Valeria bajaba y se metía conmigo en la cama. Casi no tengo imágenes de esas noches porque cogíamos con la luz apagada, no por pudor sino para que no nos descubrieran. Pero sí me acuerdo de los sofocones, de los gritos mudos, del jadeo. Nos convertíamos en un monstruo empapado. Valeria fue la primera mujer que me hizo sudar, o la primera por la que estuve dispuesto a agotarme hasta el desmayo.


29 may 2020

LA HISTORIA DEL AMOR, de Nicole Krauss

Leo Gursky, cerrajero polaco jubilado en Nueva York, cuya obsesión es "no morirme un día en que nadie me haya visto", recibe misteriosamente el manuscrito de un texto que creía perdido, acompañado de una enigmática carta. Instalado en el ocaso de su vida, esta sorpresa lo lleva a bucear en los recuerdos de su lejana juventud, recuperando emociones que suponía enterradas. No muy lejos de allí, la quinceañera Alma Singer padece los dilemas y conflictos de su edad. Hace ya ocho años que su padre murió de cáncer y ella ha decidido que es hora de que su madre deje de estar triste, o sea, se dispone a encontrarle un nuevo marido. Cuando en su camino aparece La historia del amor, una novela rara, escrita en yidis, publicada en español y comprada por su padre en una librería de Buenos Aires, los interrogantes se suceden. ¿Por qué su padre se la regaló a su madre muy poco después de conocerla? ¿Quién era su autor? ¿Y quién es el misterioso hombre que ha encargado a su madre que traduzca el libro al inglés? Como en una afinada composición musical, la intensidad de la historia va aumentando progresivamente hasta que los pasos del anciano que busca reconciliarse con su pasado y la adolescente que quiere poner remedio a la soledad de su madre se entrecruzan mediante una ingeniosa y compleja trama cuyos hilos convergen en un final inolvidable

Que la disfruten,
Carmen

25 may 2020

COLEÓPTEROS EN EL PARABRISAS, de Pedro Lemebel


De poner un pie en la pisadera y encaramarse al vuelo cumbiado de la micro. Más bien de entregarse a los tiritones de sus latas decoradas con el barroco picante de los fetiches familiares. Algo así como ponerle ruedas a la mediagua y traficar su estética chillona por los viaductos urbanos. Casi un museo itinerante del kitsch doméstico que bambolea en el zapatito de guagua colgado en el espejo. Un cristal que perdió su función de vigilar, atiborrado de chiches y encajes nylon que enaguan el azogue de sus bordes. Quizás un marco chantilly para la letra porra de sus calcomanías que rezan beatas "Dios es mi copiloto". Como el pañito tejido a croché que cubre el asiento del chofer, enjugando el sudor ácido de sus verijas obreras. Una forma de ambientar la travesía popular con el mismo floreado plástico que cubre "la humilde mesa". Sólo que en la micro las rosas plásticas parpadean con luz trashumante. Son guirnaldas pascueras o chispas made in Hong-Kong, que titilan opacadas por el fulgor de los neones en el cielo metropolitano.
Así las micros se extinguen en su caricatura de leyenda. Nuevas máquinas van reemplazando el gangoso ronquido de sus tarros. Pero aún es posible encontrar alguna destartalada Pila-Cementerio o Matadero-Palma, que amenaza desarmarse en cada zangoloteo de embrague. Sólo basta canjear la moneda por un boleto que asegura unidad coronaria al instante. Nunca se sabe lo que se paga; si la entrada a una discoteca ambulante o un safari en los pantanos del Zanjón de la Aguada. Solamente acomodarse en los asientos destripados por alguna gillette perversa y escuchar la música impuesta por el chofer, que se traviste en disjockey, piloto fórmula uno, o cobrador implacable de los que se suben por atrás sin pagar. Entonces chanta la máquina pidiendo que echen a correr la moneda, pero la moneda que venía pasando de mano en mano se perdió en algún bolsillo oportunista. 

18 may 2020

SEIS MICRO-RELATOS de varios autores


EL ENGAÑO
Marcial Fernández

La conoció en un bar y en el hotel le arrancó la blusa provocativa, la falda entallada, los zapatos de tacón alto, las medias de seda, los ligueros, las pulseras y los collares, el corsé, el maquillaje, y al quitarle los lentes negros se quedó completamente solo.


LA LECHERA PRAGMÁTICA.
Irene brea

De camino al mercado, la lechera sólo pensaba en las ganas que tenía de beber la fresquísima leche del cántaro. Pero logró resistirse, y al llegar le dieron una suma exorbitante por la mercancía. Ello hizo que, en adelante, no soñara lo que habría soñado si el cántaro se hubiera roto.

PARECE TAN DULCE, de Rosa Montero


Parece tan dulce y es feroz. Contemplen la sala: está llena de gente. Un tercio de esa gente, haciendo un cálculo optimista, son personas que no me quieren bien. Todos mis competidores, todos mis verdugos y todas mis víctimas. Llevo quince años en la firma, los cinco últimos como director de personal: no ha sido fácil. Pero de entre todos esos señores y señoras que me odian sé con certeza que la peor es ella. Ella es mi mayor enemigo. Estoy muy seguro de lo que digo porque la conozco bien: es mi mujer. 
Y eso que están presentes los más belicosos, los más tenaces de mis adversarios: Donatella, la licenciada en Económicas con un master en Harvard que entró como secretaria mía porque no encontraba trabajo con la crisis, y que un día me echó lenta y deliberadamente un carajillo hirviendo en los pantalones porque yo le había pedido que nos trajera unos cafés a la reunión de directores (¿y qué podía hacer yo? Yo no soy culpable de la crisis. Y en la reunión estaba el director general. Y se lo había pedido por favor). Zaldíbar, que me tiranizó los seis años que fue mi jefe, firmando como suyos, sin yo saberlo, todos los informes que le hice. Contreras, que aspiraba a mi cargo y perdió en la contienda, ayudado en la derrota, probablemente, por el hecho casual de que yo me hubiera hecho socio del mismo club de tenis que el director general, con quien llegué a trabar cierta amistad a golpe de raqueta (no soy un santo, pero tampoco un cerdo como Zaldíbar: digamos que estoy asentado en el más común y vulgar nivel de indignidad). Pues bien, pese a estar presentes estos tres pesos pesados en la hostilidad, ella sigue siendo el mayor enemigo que tengo en esta sala y en el planeta. El hecho de estar casados sólo agrava la cosa. Duermo con ella, con mi feroz enemiga, y en mis noches insomnes me parece escucharle rumiar, en el silencio de sus sueños, ocultos planes de futuras venganzas.

11 may 2020

AMOR DE MADRE, de Almudena Grandes


El relato inicia con una foto de una joven sentada al lado de su madre y al otro lado se encuentra un joven algo distante, inconforme cortando leña. Es un paisaje campestre...

Es ella, ¿no se acuerdan?, mi hija Marianne, la jovencita que está a mi lado en esta diapositiva, la misma...A ver, voy a quitarme de delante para que la vean mejor...Claro, si ya sabía yo que la recordarían, con la de disgustos que me ha dado durante tantos años, un quebradero de cabeza perpetuo, no se lo pueden ustedes ni figurar, o bueno, a lo mejor si que se lo figuran, porque si me hubiera tocado en suerte una hija así, no seguiría yo viniendo a las reuniones, todos los lunes y todos los jueves, sin faltar uno, en fin...

Y no saben lo mona que era cuando era pequeña, pero monísima, de verdad una ricura de cría, alegre, dócil, ordenada, obediente, cuando era bebé y la sacaba en su cochecito a dar un paseo por la avenida, tardaba más de media hora en recorrer cien metros, en serio, porque al verla tan gordita, tan rubia, tan sonrosada..., en resumen, tan guapa, todas las señoras se paraban a admirarla, y le acariciaban las manitas, y le hacían cucamonas, y le mandaban besitos en la punta de los dedos, bueno, esa clase de cosas que se le hacen a los niños que se crían tan hermosos como ésta, que parecía un anuncio de Nestlé, eso mismo parecía. De más mayorcita, en el colegio, hacía todos los años de  Virgen María en la función de Navidad


21 abr 2020

LA HISTORIA DE EMILIA - KENTUKI - de Samanta Schweblin


1- En la pantalla apareció un recuadro. Reclamaba el número de serie y Emilia suspiró y se acomodó en su silla de mimbre. Requerimientos como ese era lo que más la desquiciaba. Al menos su hijo no estaba ahí, marcándole en silencio el paso del tiempo mientras ella buscaba sus anteojos para revisar otra vez las instrucciones. Sentada en el escritorio del pasillo, se enderezó en la silla para aliviar el dolor de espalda. Inspiró profundamente, exhaló y, verificando cada dígito, ingresó el código de la tarjeta. Sabía que su hijo no tenía tiempo para hacer tonterías, y aun así se lo imaginó espiándola desde alguna cámara oculta en el pasillo, padeciendo su ineficiencia desde esa oficina de Hong Kong, tal como lo hubiera hecho su marido si todavía estuviera vivo. Después de vender el último regalo que su hijo le había mandado, Emilia pagó las expensas atrasadas del departamento. No entendía mucho de relojes, ni de carteras de diseño, ni de zapatillas deportivas, pero había vivido lo suficiente para saber que cualquier cosa envuelta en más de dos texturas de celofán, entregada en cajas afelpadas, y contra firma y documento, valía lo suficiente para saldar sus deudas de jubilada y dejaba muy en claro lo poco que sabía un hijo sobre su madre. Le habían sacado al hijo pródigo en cuanto el chico cumplió los diecinueve años, seduciéndolo con sueldos obscenos y llevándolo de acá para allá. Ya nadie iba a devolvérselo, y Emilia todavía no había decidido a quién echarle la culpa. La pantalla volvió a parpadear, «Número de serie aceptado». No tenía una computadora última modelo pero le alcanzaba para el uso que le daba. El segundo mensaje decía «conexión de kentuki establecida», y enseguida se abrió un programa nuevo. Emilia frunció el ceño ¿de qué servían esos mensajes si eran indescifrables? La enervaban, y casi siempre estaban relacionados con los dispositivos que le enviaba su hijo. Para qué perder tiempo tratando de entender aparatos que nunca volvería a usar, eso era lo que se preguntaba cada vez. Miró la hora. Ya eran casi las seis. El chico llamaría para preguntar qué le había parecido el regalo así que hizo un último esfuerzo por concentrarse. En la pantalla el programa mostraba ahora un teclado de controles, como cuando jugaba a la batalla naval en el teléfono de su hijo, antes de que esa gente de Hong Kong se lo llevara. Por sobre los controles una alerta proponía la acción «despertar». La seleccionó. Un video ocupó gran parte de la pantalla y el teclado de controles quedó resumido a los lados, simplificado en pequeños íconos. En el video, Emilia vio la cocina de una casa. Se preguntó si podría tratarse del departamento de su hijo, aunque no era su estilo y el chico nunca tendría el lugar tan desordenado ni sobrecargado de cosas. Había revistas en la mesa debajo de algunas cervezas, tazas y platos sucios. Detrás, la cocina abierta a un living pequeño, en iguales condiciones. Se oyó un murmullo suave, como un canto, y Emilia se acercó a la pantalla para intentar entender. Sus parlantes eran viejos y ruidosos. El sonido se


13 abr 2020

UNOS OJOS FATIGADOS, de Guillermo Martínez


El hombre que me abre la puerta es viejo, aunque no de los más viejos que me han tocado. Tiene unos ojos fatigados, con esa fragilidad algo acuosa de la edad, pero la mirada es lúcida, casi hiriente, y sus maneras son dignas y calmas. Cierra la puerta y se mueve con lentitud de regreso a su sillón, como si fuera un trayecto peligroso en el que tuviera que poner sumo cuidado; sólo cuando logra sentarse me indica otro sillón enfrente de él. Se sirve un vasito de licor de una botella facetada con una mano que tiembla ligeramente. Un Parkinson todavía controlable.
   --Discúlpeme por la hora -me dice-; espero no haberlo despertado.
   --No, duermo muy poco -lo tranquilizo-. Y realmente quería salir, en todo el día no había tenido llamados.
   --¿No llaman mucho, entonces? -sus párpados se alzan un poco; las pupilas son de un color celeste acerado, pero a la luz de la lámpara se ven casi grises.
   --Sí llaman. Bastante. Más de lo que nadie hubiera supuesto en un principio. Sólo que no me llaman a mí.
   --Entiendo -dijo-: vi los otros avisos. ¿Qué prefieren? ¿Mujeres? ¿Sacerdotes?
   --Mujeres, supongo, sí. Pero no en un sentido sexual, casi nunca. Buscan caras parecidas. A la madre, a una antigua novia; alguien que les recuerde a un ser querido. Pero también hay modas. Muchos piden enfermeras, o médicos.
   --¿Y quiénes lo piden a usted? -su mirada parece por un momento irónica pero la atenúa enseguida una sonrisa cortés.
   --Ex académicos, sobre todo. Universitarios, escritores. Gente que todavía tiene bibliotecas, como usted, y quieren una conversación "filosófica".
   --No, no se preocupe, nada de conversaciones. Sólo quiero terminar mi copita. ¿Puede creer que ellos intentaron enviarme un verdadero filósofo?
   --Bueno, se supone que tienen que intentarlo todo. ¿Cuántos embajadores tuvo?
   --¿”Embajadores"? ¿Así los llaman? -se sonríe y mueve la cabeza-. A veces pueden ser graciosos. Fueron siete en total, llevé la cuenta. Son verdaderamente ingenuos, estuve a punto de escribir un último ensayo: el desfile de las razones para seguir. Me enviaron incluso una prostituta, una chica joven. Joven de verdad. Tuve que decirle: M'hijita, podría haberlo considerado... ¡hace cien años!
   --En general envían sólo tres. Pero escuché hablar de casos como el suyo. Son los que consideran una anomalía.  Usted no es tan viejo, no parece enfermo, ni perdió las facultades mentales: yo veo únicamente un Parkinson muy suave.
   --Sí, estoy sano, eso los desesperaba sobre todo. En un momento llegué a pensar que en realidad me estaban estudiando, debajo de distintos disfraces. O que era una clase de trampa legal, y que nunca dejarían de sucederse, uno tras otro. Pero evidentemente se resignaron, esta mañana me llegó el permiso oficial. Me dediqué a buscar la persona apropiada toda la tarde. Vi muchos avisos en la red, pero no sabía a quién llamar. Del suyo me gustó el título: Un final definitivo. Eso es exactamente lo que quiero: que sea definitivo- suspira y deja en la mesa el vasito vacío-. ¿Lo tiene en el maletín?