Ella me está hablando. La tengo cerca, siento su olor a
cigarrillo. Pregunta algo y se queda mirándome. Pero no me da
tiempo a responder y sigue. Casi no escucho lo que dice. Veo sus ojos enormes,
fijos en los míos. Dos lagos verdes en un día ventoso. Lagos encrespados.
Pensar que cuando era bebé y hasta más o menos el año parecía que esos ojos
serían siempre celestes. Hasta una canción de cuna que yo le había inventado
sobre la música de Run run se fue p’al norte los nombraba así: Ay qué linda que
es mi Jazmincito, con sus ojos celestitos. Rubia y de ojos celestes decían en
la clínica. Quién es la mamá de la muñequita. A veces, a la noche, recuerdo esa
nana y me digo: qué ocurrencia, usar ese tema de Violeta Parra para cantarle a
un bebé. Y pienso sobre qué otras canciones podría haber inventado la nana. A
la noche siempre pienso cosas sin sentido. Quiero decir, cosas que no sirven
para nada. En vez de ocuparme de pensar a quién puedo pedirle plata para pagar
el alquiler o cómo decirle a Zelma que por ahora voy a prescindir de su ayuda,
hasta que mejore la cosa o un menú práctico y económico para la semana o así;
imagino pavadas. Anoche por ejemplo, imaginé que venía un tsunami y arrasaba
con todo. Sé perfectamente que no vivimos en zona volcánica. Que a esta ciudad
a lo sumo puede llegar una sudestada. Y eso en invierno, cuando hay viento del
este. Pero anoche imaginé que venía un tsunami. Y me vi aferrada a un poste de
la luz bajo el agua haciendo fuerza para no soltarme porque con la otra mano
apretaba el brazo de ella. La había podido ver bajo el agua barrosa, el pelo
rubio ondulando como el de una sirena. Se la llevaba la corriente. Manoteé en
el agua hasta encontrar su brazo y grité: ¡Te tengo, hijita, te tengo! Y de a
poco la fui acercando, había que hacer mucha fuerza porque el agua embestía
cada tanto y ella ya es grande¡ y alta, no como yo. Me temblaba el cuerpo y el
de ella también temblaba y finalmente pude abrazarla contra mí; y como un mono
con su cría subí por el poste de luz hasta que vi el cielo y saqué la cabeza
del agua y ella dio una bocanada grande de aire. Y nos quedamos así, las dos,
hasta que todo pasó. Nos habíamos salvado.
BUSCAR
22 nov 2016
14 nov 2016
NOCHE MÁGICA, de Isabel Nieto Grando
El calor se tornaba insoportable. Dormíamos en el patio, la bóveda celeste
con sus lumbres parecía derrumbarse sobre nuestros ojos, ante esa inmensidad
sin dimensiones.
A escasa distancia, el canal con su arrullo acunaba los sueños. Me
levantaba de madrugada a ver la luna que dormía en la arena debajo del agua, la
quería para mí. Luego me dormía y regresaba de mañana y ella, ya no estaba.
8 nov 2016
LA FELICIDAD CLANDESTINA, de Clarice Lispector
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto
enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no fuera
suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de
la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría
gustado tener: un papá dueño de una librería. No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos; incluso para los
cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal
de la tienda del papá. Para colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la
ciudad en donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con
letra elaboradísimas palabras como “fecha natalicia” y “recuerdos”.
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba
caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía de odiar esa niña a
nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello
libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por
leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía
pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como por casualidad, me informó de que tenía El reinado de Naricita, de
Monteiro Lobato.
Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con
él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis
posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo
prestaría.
Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma
esperanza: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me
transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un
apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en
la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a
buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato
la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la
calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife.
Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente,
los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo,
anduve brincando por las calles y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del
dueño de la librería era sereno y diabólico.
26 oct 2016
LA MUERTE VIAJA A CABALLO, de Ednodio Quintero
Al atardecer, sentado en la silla de cuero de becerro, el abuelo creyó ver una extraña figura, oscura, frágil y alada volando en dirección al sol. Aquel presagio le hizo recordar su propia muerte. Se levantó con calma y entró a la sala. Y con un gesto firme, en el que se adivinaba, sin embargo, cierta resignación, descolgó la escopeta.
A horcajadas en un caballo negro, por el estrecho camino paralelo al río, avanzaba la muerte en un frenético y casi ciego galopar. El abuelo, desde su mirador, reconoció la silueta del enemigo. Se atrincheró detrás de la ventana, aprontó el arma y clavó la mirada en el corazón de piedra del verdugo. Bestia y jinete cruzaron la línea imaginaria del patio. Y el abuelo, que había aguardado desde siempre este momento, disparó. El caballo se paró en seco, y el jinete, con el pecho agujereado, abrió los brazos, se dobló sobre sí mismo y cayó a tierra mordiendo el polvo acumulado en los ladrillos.
19 oct 2016
EL PUÑAL, de Jorge Luis Borges
En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.
Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fé, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.
Que lo disfruten,
Carmen
Que lo disfruten,
Carmen
EL PUÑAL, de Jorge Luis Borges
En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano.
Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina.
Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar, quiere derramar brusca sangre.
En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, interminablemente sueña el puñal con su sencillo sueño de tigre, y la mano se anima cuando lo rige porque el metal se anima, el metal que presiente en cada contacto al homicida para quien lo crearon los hombres.
A veces me da lástima. Tanta dureza, tanta fé, tan apacible o inocente soberbia, y los años pasan, inútiles.
Que lo disfruten,
Carmen
Que lo disfruten,
Carmen
12 oct 2016
LA PUERTA CERRADA, de Edmundo Paz Soldán
Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia majestuosa; bajo un cielo
azul salpicado de hilos de plata, en la calurosa tarde de este verano
agobiador. El cura ofició una misa conmovedora frente al lujoso ataúd de caoba
y, mientras nos refrescaba a todos con agua bendita, nos convenció una vez más
de que la verdadera vida recién comienza después de ésta. Personalidades del
lugar dejaron guirnaldas de flores frescas a los pies del ataúd y, secándose el
rostro con pañuelos perfumados, pronunciaron aburridos discursos, destacando lo
bueno y desprendido que había sido papá con los vecinos, el ejemplo de amor y
abnegación que había sido para su esposa y sus hijos, las incontables cosas que
había hecho por el desarrollo del pueblo. Una banda tocó “La media vuelta”, el
bolero favorito de papá: Te vas porque yo quiero que te vayas, / a la hora que
yo quiera te detengo, / yo sé que mi cariño te hace falta, / porque quieras o
no yo soy tu dueño. Mamá lloraba, los hermanos de papá lloraban. Sólo mi
hermana no lloraba. Tenía un jazmín en la mano y lo olía con aire ausente. Con
su vestido negro de una pieza y la larga cabellera castaña recogida en un moño,
era la sobriedad encarnada.
Pero ayer por la mañana María tenía un aspecto muy diferente.
LA PUERTA CERRADA, de Edmundo Paz Soldán
Acabamos de enterrar a papá. Fue una ceremonia majestuosa; bajo un cielo
azul salpicado de hilos de plata, en la calurosa tarde de este verano
agobiador. El cura ofició una misa conmovedora frente al lujoso ataúd de caoba
y, mientras nos refrescaba a todos con agua bendita, nos convenció una vez más
de que la verdadera vida recién comienza después de ésta. Personalidades del
lugar dejaron guirnaldas de flores frescas a los pies del ataúd y, secándose el
rostro con pañuelos perfumados, pronunciaron aburridos discursos, destacando lo
bueno y desprendido que había sido papá con los vecinos, el ejemplo de amor y
abnegación que había sido para su esposa y sus hijos, las incontables cosas que
había hecho por el desarrollo del pueblo. Una banda tocó “La media vuelta”, el
bolero favorito de papá: Te vas porque yo quiero que te vayas, / a la hora que
yo quiera te detengo, / yo sé que mi cariño te hace falta, / porque quieras o
no yo soy tu dueño. Mamá lloraba, los hermanos de papá lloraban. Sólo mi
hermana no lloraba. Tenía un jazmín en la mano y lo olía con aire ausente. Con
su vestido negro de una pieza y la larga cabellera castaña recogida en un moño,
era la sobriedad encarnada.
Pero ayer por la mañana María tenía un aspecto muy diferente.
4 oct 2016
CONTINUIDAD DE LOS PARQUES, de Julio Cortazar
Había empezado a leer la novela unos días antes. La
abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la
finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los
personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir
con el mayordomo una cuestion de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad
del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón
favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante
posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra
vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria
retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la
ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de
irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su
cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los
cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales
danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por
la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se
concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en
la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el
amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente
restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no
había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por
un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su
pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por
las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido
desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como
queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro
cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares,
posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo
minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para
que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
28 sept 2016
LADRILLOS DE LA BELLEZA, de Manuel Graña Etcheverry
Dentro de tu cabeza,
Que tiene pocos centímetros de diámetro,
Cabe un megaparsec,
O sea más de tres millones de años de luz,
Y algo más de doscientos mil siriómetros
(y no importa que me haya equivocado
En las cuentas.)
Tú puedes fraccionar esa distancia
En kilómetros, en metros y hasta en micromicrones.
Puedes reducir todas las cosas
A porciones minúsculas:
Los cuerpos a moléculas,
Y a átomos,
Y escandir más allá, hasta mínimas nadas.
También puedes fraccionar los volúmenes
Y expresarlos con números y exponentes.
Puedes desmenuzar
El ritmo de una melodía,
o de un verso,
y reducirlos a esas partes componentes
cuya sucesión te produce
aquella necesidad de retorno de que hablan los
tratadistas.
Pero dime,
23 sept 2016
DISYUNTIVA, de Juana Castro
o chocolate
Es mala la adicción
sin paliativos.
Si algún médico, demonio o alquimista
supiera de mi mal
cosa sería
de andar toda la vida por curarme.
Pues tan solo una droga
con su cárcel
del olvido me salva de la otra
Y así, una vez más, es el conflicto
o me come el amor
o me muero esta noche de bombones.
Que lo disfruten,
Carmen
14 sept 2016
AUTOPSICOGRAFÍA, de Fernando Pessoa
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que de veras siente.
Y los que leen lo que escribe,
en el dolor leído sienten bien,
no los dos que él tuvo
mas sólo el que ellos no tienen.
Y así en los raíles
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama el corazón.
Que lo disfruten...Carmen
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que de veras siente.
Y los que leen lo que escribe,
en el dolor leído sienten bien,
no los dos que él tuvo
mas sólo el que ellos no tienen.
Y así en los raíles
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama el corazón.
Que lo disfruten...Carmen
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









