En
todas las profecías está escrita la destrucción del mundo. Todas las profecías
cuentan que el hombre creará su propia destrucción.
Pero
los siglos y la vida que siempre se renueva engendraron también una generación
de amadores y soñadores. Hombres y mujeres que no soñaron con la destrucción
del mundo, sino con la construcción del mundo de las mariposas y los
ruiseñores. Desde pequeños venían marcados por el amor, detrás de su apariencia
cotidiana guardaban la ternura del sol de medianoche. Las madres los
encontraban llorando por un pájaro muerto y más tarde también los encontraron a
muchos muertos como pájaros. Estos seres cohabitaron con mujeres traslúcidas y
las dejaron preñadas de miel y de hijos verdecidos por un invierno de caricias.
Así fue como proliferaron en el mundo los portadores de sueños. Fueron atacados
ferozmente por los portadores de profecías habladoras de catástrofes. Los
llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías dijeron que sus palabras
eran viejas y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso es antigua en
el corazón del hombre.

