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21 nov. 2010

CUENTOS, NADA MÁS QUE CUENTOS...

                                            RATONES 

por María Elena Garay



César se refleja de perfil en el espejo barroco del  living y mi corazón salta. Su pelo rubio, el que yo recogía para atrás,  ahora está corto y bien peinado; la cara que tomaba entre mis manos para hundirme en sus ojos celestes, se ve levemente envejecida. Sin embargo conserva su altanería. Clara me toma del brazo y me arrastra con un grupo de invitados que forman un círculo,  ríen exageradamente, hablan todos a la vez y miran de reojo la bandeja que traslada el mozo.
-Ella es Patricia, una gran amiga-  dice Clara a todos.
Y yo quedo ahí sin  excusas para zafar, cuando preferiría recorrer el amplio living y los balcones que dan al parque.  Porque haber visto a César y no poder abordarlo es un suplicio, el círculo me asfixia, me imagino como una cuenta en un collar, una piedra gris y porosa en un engarce de plomo.
Brilla el diamante en el dedo de una mujer mayor que me señala. Todos  esperan de mí una respuesta, sólo atino a sonreír,  me empino un poco y busco a César por sobre las cabezas, alguien me pone una copa de champagne en la mano. 
César. Quince años hechos polvo en ese reflejo, se me eriza la piel otra vez;  el cosquilleo que bullía en mí cuando el calor de su mano se aproximaba a mi cuerpo. A los diecisiete años no valoré lo verdadero. Recuerdo mi teoría:  para una mujer hay sólo un hombre en el mundo y yo tenía que buscarlo, porque resultaba imposible de creer que justamente César, mi primer novio, fuera esa persona.
Los hombres no lloran, le dije con crueldad el día en que lo dejé. Tres meses de
novios a esa edad era como adelantar los tiempos, ya vendría el hombre de mi vida.
Cómo se ríen, comen y beben estas caras finamente trabajadas con bisturí y maquillaje, mejor salgo despacio, Clara quiere presentarme a otra gente pero la convenzo de que me falta el aire, sólo voy un rato al balcón. En el living algunas parejas bailan, atravieso el  tumulto, qué ambiente  espeso, el humo de cigarrillo pone todo bajo una pátina de niebla. La música retumba en mis oídos y una mezcla de olores satura mi cabeza, busco a César,  todo lo que quiero es volverlo a ver. Quizás el espejo me dio una imagen falsa y César no es César sino otro hombre rubio de perfil parecido, tal vez no es rubio sino castaño y me confundió el efecto de la luz, quizás fuera un invitado más en el selecto conjunto que Clara convoca una vez al año.
Clara y yo somos dos polos opuestos; sus gustos no son los míos ni los míos los suyos. Ella tan sociable,  yo más bien introvertida, y sin embargo, cómo nos queremos, adoro a su Celeste, si hasta me dice tía. De golpe han apagado las luces,  una mujer trae una torta con muchas velitas, ¿serán treinta y tres? Vuelvo porque mi amiga no me perdonaría que no la acompañara en el momento de soplarlas. Ella me dice siempre que pide un deseo para mí: que encuentre novio.
Otra vez el tumulto, un pesado me toma del brazo y me habla al oído con su bocanada de alcohol, la mujer de pelo enrulado y grandes aros argollas  pregunta si soy la hija de Rosita. Por fin llego, treinta y tres velitas reverberan en la oscuridad y  sombrean el rostro de Clara. A un lado está su marido, abrazándola; del otro, yo. Ella infla sus pulmones de aire, y en ese instante lo veo a César. Sus ojos celestes, a lo lejos, se clavan en los míos. Después de los aplausos lo busco desesperadamente entre hombres y mujeres que bailan todos los ritmos, su perfil es inconfundible, a pesar de la oscuridad.  El sudor me corre por la cara, la espalda, me pegoteo a otras espaldas con soleros, cuellos escotados, me enredo en corbatas flameantes. Me marea el olor a sudor, el de ellos y el mío, la luz negra es un flash sobre las camisas y vestidos blancos ¿estoy enloqueciendo? Y todo por César. Él, seguramente, estará con otra y seguramente será su mujer pero no me importa, quiero decirle que lo sigo amando, que es justamente la mitad que busco y otras cursilerías más que significan : estúpida, lo dejaste ir.
Espero en la puerta del toilette ocupado. Me quedo en el pasillo, un adolescente que fuma un porro pasa y me dice: “Cómo un minón como vos anda solita”, ese es el inconveniente de las fiestas de Clara, un zoológico completo. 
–        Salí, mocoso- le digo.
Por fin entro al baño a dejar mis ansiedades corporales, al menos las más inmediatas.  Me retoco los labios, me ordeno un poco el pelo. En el último escalón de la escalera por donde bajo una pareja discute acaloradamente, pido permiso y no me escuchan, me levanto el vestido y los paso por arriba. Un mozo me ofrece bombones, venga un puñado para la ansiedad.
Qué cuidado está el jardín, tan iluminado, los canteros explotan de flores, y  las parejas a los arrumacos, cerca de la pileta. No hay caso, ningún rubio, nada de César,  tengo que volver al salón.
No sé cómo, me enganchan en un trencito: unas manos me sujetan la cintura y un poco más abajo. Adelante va un gordo con la camisa empapada, qué asco, quiero salir pero las manos de atrás no me dejan, paso por un túnel humano y en la mitad, el adolescente del toilette se da el gusto y me toca los pechos. Por fin, libre del trencito.
Todos pasan menos César. Los zapatos nuevos me atormentan, fuera con ellos; tomo dos copas de champagne y como siempre, la curda triste. Cómo envidio a los que chupan y se enfiestan, cuentan chistes, se ponen groseros. A mí me da depresión, para colmo esta vez, con el fracaso del desencuentro. ¿Se habrá ido ya? ¿ tendré que esperar quince años más para encontrarlo? Nadie me ve, soy invisible.
No tanto, de repente Clara se acerca y me dice tiernamente:
- Invitá a bailar a alguna chica, César, hay muchas. No te has movido de este rincón desde que llegaste. ¿Creés que no me di cuenta cómo tus ojitos celestes desnudaban a  mi amiga Patricia? Suerte que el marido no te vio. Alegrate, querido, te ratoneás demasiado. Ese es tu problema, mi querido César, necesitás acción.
Clara tiene razón, pero cómo me divierte imaginarme en la piel de otro. Esta vez fui Patricia y por supuesto, Patricia se tenía que enamorar de mí. Al fin y al cabo, me miró bastante ¿y si me leía el pensamiento y se enganchaba?
Ahora viene una morocha infartante, el escote le llega como diez centímetros encima del ombligo y me agarra de la mano, no me resisto. Luis Miguel canta El reloj.  Ella me pregunta desde cuándo conozco a Clara, yo callo, prefiero disfrutar sus enormes pechos sobre mi cuerpo. Me gusta. Sí, decididamente me gusta.  Para mí, la fiesta está empezando.
                                                    

6 comentarios:

Roberto dijo...

Bravo los ratones! Me encantó el cuento!. Felicitaciones.
Cariños.

Piel de lechuza dijo...

Y bueno...mientras vos sos el genio de la flia hermanito, yo me defiendo con ¡la imaginación al poder!
Gracias por leerlo!!!
Cariños!!!!!!

Anónimo dijo...

Si sigue así, pinta para solterón el César ese...

Muy bueno, me gusta

Piel de lechuza dijo...

Sí puede ser, hay hombres muy ratoneros. Pero éste se reivindica al final con la morocha infartante. Después, salen y él la invita a....haga su propio cuento amigo, ese es el poder de la literatura!
Gracias por el comentario.

Pinta dijo...

Me demore en comentarte este cuento porque lo leí varias veces... Patricia, no es Patricia sino la imaginación de César! Me gustó mucho el cambio de personalidades, entonces porqué hablan de ratoneo?
Pinta

Piel de lechuza dijo...

Pero Patricia existe y está en la fiesta bailando con su marido. César la ve y de ahí se dispara su alocada imaginación.
Un beso