Fue uno de esos fatídicos lunes
en que la épica del fútbol le había asignado un lugar entre los vencidos.
Gutiérrez no desperdició la oportunidad, y con un descomunal talento para el
escarnio y la humillación, comenzó a acosarlo con ácidas y sagaces ocurrencias
que despertaron la risa de todos.
Despachaba sellos, pesaba sobres,
cobraba, entregaba formularios, amparado tras el vidrio blindado. Para qué
necesitaba una protección como esa, se preguntaba, si jamás nadie lo había
agredido desde el exterior. Mejor sería que la colocasen a sus espaldas, el
peligro venía de atrás, de las entrañas de la oficina.
Antes, no era así, hasta que
Gutiérrez lo eligiera como blanco. Fue desde el mismo momento en que se
efectivizó su traslado desde la Oficina Central de Correos. A instancia suya
cada día la colmena alborotada le caía encima con el hiriente zumbido de sus
mofas y sarcasmos. Poco a poco sus compañeros fueron esmerándose en sumar
nuevas y más graciosas formas de mortificación, que lo hacían vivir en una eterna
e infinita zozobra. Este comportamiento, que no molestaba a nadie más que a
Archundi, fue rápidamente incorporado por el conjunto. La maldad,
irremediablemente enquistada, reptaba entre ese ato de pequeños torturadores.
Sí, todo había comenzado a partir
de su llegada. Gutiérrez y su simpatía, Gutiérrez y su condición natural de
líder, Gutiérrez, Gutiérrez, siempre Gutiérrez. Fue él el que lo convirtió en
víctima y a ellos en victimarios por imitación. Hoy el motivo había sido el
fútbol, hubieron en el pasado otros y habrá otros en el futuro, o los
inventarán. El martes, por ejemplo, tuvo un fallo de caja que lo volvió loco.
Al otro día, después que misteriosamente apareciese el faltante, lo
avergonzaron durante ocho horas ininterrumpidas. Hubiera preferido pagar con
tal de no ser echado a la arena para que lo devoren los leones.
Estaba de espaldas cuando
Gutiérrez cayó como fulminado por un rayo.