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10 oct. 2010

LEER LO QUE NO ESTÁ ESCRITO, por Cecilia Spina

Frente a un texto escrito, leído o cantado; cuento, novela o poesía, puede ocurrir que vayamos a su encuentro, lo transitemos y en la ultima nota o en la palabra final  hagamos stop, cerremos el libro, y nos quedemos rumiando la trama de la historia, o repitiendo algunos versos que quisiéramos guardar en la memoria activa, como quien los tiene ahí, al alcance de la mano para una cita apropiada, o tarareando repetidas veces un estribillo que se nos quedó prendido en el oído o en otro lugar difícil de ubicar en el cuerpo, ya sea por el ritmo, por la melodía o por esas dos o tres palabras tan bien dichas.
Ese es el efecto primero del arte: arrebatar, enmarañarnos en el texto (en el caso específico de la literatura) provocando una divina CONFUSIÓN. Confusión… confundir… mezclar…  fundir cosas diversas de manera que no puedan reconocerse o distinguirse.
Pero existe otra alternativa. Acceder a ella, supone haber tenido esa porfía del curioso, del que se está preguntando en todo momento y situación el por qué. Es el destino de quien por un momento interrumpe el vuelo mágico de la historia y se detiene porque necesita hundir los pies en la tierra abonada del escritor. Allí puede ocurrir el descubrimiento de un mundo que compite en cuanto vasto y alucinante, con la misma obra de la cual fue una simple referencia de menos de un renglón. La adicionó el inconsciente del autor sin pretensión. O tal vez, sí. Eso de la intención queda flotando como flotan las preguntas sin respuesta.
Quisiera en dos o tres entradas sucesivas en este blog, poder ejemplificar lo que digo.
Comencemos, entonces. Va aquí una experiencia personal. La viví leyendo la novela “El reflejo de las palabras” de Kader Abdolah. En un momento del relato, que transcurre en una región montañosa de la antigua Persia, en una fría noche de noviembre, una mujer está por parir en casa asistida por una comadre. Según la tradición, una vez nacido el niño nadie debe hablar, deben ser muy bien pensadas las primeras palabras que lleguen al oído del niño. El autor de esta novela dice entonces, que el patriarca de la familia, llamado Kazem Kan, eligió para tal momento un poema, los versos melodiosos de un poeta medieval: Hafiz.
A lo largo de la novela se citan otros muchos poetas. A mí personalmente me quedó el nombre de Hafiz y comencé mi búsqueda. A veces me pregunto y no logro la respuesta, si nosotros como lectores elegimos el autor, el texto o si hay una corriente, un espíritu vivo que nos elige a nosotros en un entramado misterioso de empatía. Me gusta pensarlo de esta última forma.
Hafiz, llamado originalmente Mohammed Shams od-Din, nació y vivió en la fabulosa ciudad de Shiraz (1325-1390). Por ella, en su tiempo, transitaban caravanas que recorrían, ida y vuelta, otras ciudades como Ispahán, Bagdad, Teherán… Los mercaderes transportaban algodón, lana, perfumes, tapices y alfombras (bellas artesanías que componían en sus diseños un despliegue de naturaleza colorida, de flores arracimadas), opio para alcanzar un andarivel de sensaciones ajeno a tanto dolor de realidad, pieles y muchas cosas más. Hafiz era sufí, es decir que como islámico y conocedor del Corán, recorría la vía interior del Islam que supone, abreviando conceptos bajo riesgo de empobrecerlos, purificación del corazón, alejamiento de toda inquietud mundana, para posibilitar el arrobamiento, es decir la fusión  con la Verdad Divina, con Alá. Todo un místico. Lo que ocurre, es que en su poesía se plasma el amor en todas sus formas, que no son mas que destellos del Amor.
Toda su obra fue recopilada bajo el título de Diván, y contiene alrededor de 500 poemas, la mayoría en forma de gazal, especie de oda. Cada gazal consta de hasta 15 dísticos o versos pareados.
A modo de ejemplo de sus versos amorosos aquí dejo dos:


El Voto
Que tu beldad no cese de aumentar,
que tu mejilla semejante al tulipán,
nunca cese de alegrar mis ojos.
Que la visión de tu amor, estrella brillante,
resplandezca siempre en mi pensamiento.
Que todas las bellezas de este mundo
queden sujetas a tu belleza.
Que todos los cipreses se inclinen
ante tu esbeltez.
Que los ojos que tu visión no encante
viertan sangre en vez de lágrimas.
Que tu mirada, que sabe encadenar los corazones,
siga dotada de todos los hechizos.
Que el corazón que te aflija
no halle paz ni reposo.
Que tus labios tan dulces, que Hafiz
quiere más que a su propia alma,
ignoren siempre los besos que no sean dignos de ellos.


El Recuerdo
¿Hay algo más dulce al corazón que el recuerdo
de las palabras de amor?
Bajo la bóveda de este cuarto aún creo
escuchar sus ecos, mas el vino de rubíes que bebí
no es más que un agua amarga.
Consuela a mi corazón, que desde siempre y para siempre
embriagado quedó con tu belleza.
Muere el narciso envidiando tus ojos,
pues no supo encontrar la magia de tu mirada
y sus pétalos se mustian.
El pintor quedó tan asombrado ante tu belleza
que por doquier, en puertas y paredes, dejó su recuerdo.
Un día el corazón de Hafiz
vino a jugar con tus trenzas.
Mas cuando quiso irse supo
que en ellas, para siempre, estaba preso. 
Dije anteriormente que, en la novela “El reflejo de las palabras” se menciona el rito de escoger cuales serán las primeras palabras que llegarán a través del oído a la cabeza y corazón del niño, como si en ello fuera la intención y el presupuesto que al pequeño se lo ponía de pie y de cara a uno de los tantos senderos que la vida ofrece en la partida. Por asociación digo, que siendo pequeña, en lo personal viniendo de familia española católica, los abuelos, las tías, mi madre, cuidaron bien las palabras con las que me transmitieron un llamado al sosiego en las horas de inquietud y un llamado al refugio en el Amor, en las horas oscuras. Y lo hacían con los versos de una mística, nuestra Teresa de Ávila. Entonces me recitaban el Nada te turbe.

NADA TE TURBE

Nada te turbe, nada te espante todo se pasa,
Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza,
           quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios basta


Santa Teresa vivió entre 1515 y 1582, vale decir que casi doscientos años después de Hafiz, escribió este poema, que halla para mi admiración y curiosidad, su equivalente en Hafiz al escribir para el alma turbada, el No te aflijas.



NO TE AFLIJAS


No te aflijas: la belleza volverá a encantarte con su gracia;
tu celda de tristeza se trocará en un jardín de rosas.

No te aflijas: tu mal será trocado en bien;
no te detengas en lo que te inquieta,
pues tu espíritu conocerá de nuevo la paz.

No te aflijas: una vez más la vida volverá a tu jardín
y pronto verás, ¡oh cantor de la noche!
una corona de rosas en tu frente.

No te aflijas si, algún día,
las esferas del cosmos no giran según tus deseos,
pues la rueda del tiempo no gira siempre en el mismo sentido.

No te aflijas si, por amor,
penetras en el desierto y las espinas te hieren.

No te aflijas, alma mía,
si el torrente del tiempo arrastra tu morada mortal,
pues tienes el amor para salvarte del naufragio.

No te aflijas si el viaje es amargo,
no te aflijas si la meta es invisible.
Todos los caminos conducen a una sola meta.

No te aflijas, Hafiz,
en tu rincón humilde en que te crees pobre,
abandonado a la noche oscura,
y piensa que aún te queda tu canción y tu amor.


Ojala compartan mi apreciación y disfruten de estos poemas. Quizás, en las noches más oscuras del alma, estas palabras que reverberan en los cielos del planeta desde hace quinientos o setecientos años, según el poeta, sean en oídos desilusionados de este tiempo, una voz que los redima del hoy, y despierten mañana confiados y en sosiego.


3 comentarios:

Pinta dijo...

¡Sencillamente sobrecogedor!Es casi mágico cómo guiás al lector en el recorrido de un libro desconocido. El final, profundo como siempre, con esa magnífica comparación con Santa teresa me invitan a decirte, ¡adelante! ¡que nada te turbe!

El que nació en la Chutro dijo...

Me gusta esa costumbre de elegir cuidadosamente las primeras palabras que escuchará el recién nacido.

Ahora, nosotros (o al menos los que nacimos en un hospital) seguarmente escuchamos "¡ya veo la cabeza, señora, siga pujando, con fuerza, vamos que ya sale!!" o algo por el estilo.

Opino que los obstetras deberían ser más versados en poesía. Si así fuera, seguramente no lloraríamos tanto cuando venímos al mundo.

Piel de lechuza dijo...

El que nació en la Chutro ¡gracias por tu lectura! Yo también nací en el cuarto piso de la Chutro seguramente "algunos" años antes. Y los poetas sugieren... hay que recoger la sugerencia dejando de lado lo que pase en la sala de partos. Seguro que allí no eligen las palabras. Es sugestivo que el signo de vida sea el llanto, y si no lo haces rápido te llenan de cachetes!! Tengo empezado un cuento en el que nace un niño, el médico da el cachete... y el recién nacido larga una carcajadita. Si te interesa saber cómo fue la vida de ese chico- hombre, en este blog puede que lo edite. Chau, gracias