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22 abr. 2013

NO DESCREERÁS EN VANO cuento de Maria Elena Garay

 Mujeres grandes haciendo de mocosas. Eso somos una vez al año, cuando nos juntamos las compañeras de la promoción. Siempre nos reímos de las mismas cosas, como cuando Marce le robaba el sello al padre que es médico para justificar una chupina o cuando Martita y yo abrimos el champán que la monja guardaba para la fiesta de graduación, lo tomamos y metimos agua en la botella. Pero la monja las pescó y les puso amonestaciones salta una y ahí empezamos a recordar la maldad de esa monja, por Dios, se creía un general al frente de su tropa. Confieso que tomamos bastante y ese día todas las gorditas abandonamos el régimen porque los bocaditos y las empanadas de La Costanera son irresistibles. Sobre todo, tomar. Inés Laserna, que siempre pone la casa, tres años antes sacó un licor azul, Curazao de Cusenier, bastante dulzón. Desde ese día lo mezclamos con un chorrito de Paso de los Toros y festejamos el invento: el Orgasmo de Pitufo. Ya es un clásico en la reunión, bastante fuerte como para motorizar la adrenalina; después bailamos todo: rock, cuarteto, cumbia. Es una ceremonia de liberación porque sabemos que al día siguiente hay que retomar la vida de siempre: Martita vive muy ajustada con su sueldo de docente, Marce con su problema de diabetes, Cuqui levantándose al alba para escribir su columna en el diario, etc. etc. Nos ponemos al día con nuestras historias: Mimí cuenta de su nueva pareja y dice que todos los hombres son unos forros, Inés que sigue de pica con la suegra; creo que esa noche "el infierno está encantador".
Esta vez Liliana nos aconsejó una tarotista que es una maravilla, te adivina el futuro, dijo. Cuqui le contestó me extraña, eso estaba bien para adolescentes, pero creer ahora en esas cosas, loca…Se armó la discusión. Qué raro: la mayoría pensaba que eso funcionaba; Marisel explicó: tenemos una energía y cierta gente la puede ver. Ahí salté yo desacreditando la onda new age, no me va, es un negocio al que la gente adhiere por necesidad de creer en algo. Martita acotó que la autocuración de Louise Hay existe, sólo hay que creer que uno está bien, y si se lo repite, se convence y realmente está bien
. Y vos que opinás, le dije a Graciela Iparraguirre que estaba muy callada. Yo me resistía a creer en esas cosas pero ahora no sé; mi papá…dijo, y se largó a llorar. Graciela siempre fue muy tímida y sensible. No puede tener hijos y hace ocho meses murió su viejo, al que adoraba. Yo la abracé y de a poco, el lorerío se fue acallando. ¿Qué había pasado? Disculpen, este tema me recordó lo que le ocurrió a mi papá. Todas habíamos estado en el velatorio y sabíamos que el Vazco era un hombre fuerte y sano, que de pronto le dio un paro cardíaco en plena calle. Le traje un vaso de agua. Graciela, más calmada, continuó: él me contó que hacía un tiempo unas gitanas lo habían abordado cuando iba camino a su trabajo, en el Centro Cultural de San Vicente, no lo dejaron seguir, viste cómo te acosan. Es cierto, pensé, cuando las veo me cruzo de vereda, les tengo miedo. Graciela siguió: una de ellas le anunció que iba a encontrar una sota de oro cortada por la mitad, en el suelo; que la alzara y se la llevara al predio del viejo mercado de abasto. Qué habrían hecho ustedes, preguntó. Martita lanzó: las gitanas son unas chantas, lo prueba el hecho de que lo citaron en la carpa, ahí entre todas lo desplumaban. Qué verso, saltó Marce, ni que te pasés la vida mirando al suelo, vas a encontrar medio naipe. Pero mi papá lo encontró. Iba cruzando la plaza Urquiza, había mucho viento y tierra, era agosto; entre papeles que volaban mezclados con bolsas de nailon y etiquetas de cigarrillos, vio pasar la mitad de un naipe. ¿Era una sota de oro, preguntó Cuqui? Él me contó que no alcanzó a ver bien, pudo ser un caballo o un rey. Mirá qué casualidad, murmuró Marce. No es casualidad, había una predicción, no se olviden dijo Liliana. Intervine yo: ninguna casualidad, hay tanta basura en la calle que con una ráfaga encontrás hasta preservativos. Pero entonces no lo alzó, apostó Cuqui. ¿Mi papá corriendo tras un pedazo de cartón?. Cuqui suspiró con alivio: tu viejo no comía vidrio, ya sé. Ojalá lo hubiera buscado, se lo llevaba a la gitana y por unos pesos se acababa todo, contestó Graciela. Ché Iparraguirre, vos estás mal del coco ¿no?. Todas miramos a Mimí con desaprobación. Graciela se fue al baño. Nos quedamos calladas. Bueno, bueno, esto se ha puesto muy pesado, dijo Inés, juguemos al dígalo con mímica. Es cierto, faltaban los juegos.
Ahí nos divertimos mucho: parecemos estúpidas haciendo gestos y señales, sin darnos cuenta elegimos siempre las mismas películas: Sexo, drogas y rockanrol, La puta y la ballena, cada año los ademanes son más procaces, más explícitos. Y cómo nos reímos, obviamente con la invalorable ayuda del Orgasmo de Pitufo. Yo ando en desventaja porque no voy casi nunca al cine. Tampoco leo mucho: tienen razón en decir por ahí que los ingenieros somos algo cuadrados, debería existir un juego para hacer cálculos in mente; ahí sería campeona y me reivindicaría. No obstante, el verano pasado me prestaron para la playa un libro: “Extraño y pálido fulgor”, no recuerdo el autor y propuse: valen también títulos de libros. Mi bando festejó la elección, por supuesto el otro no lo adivinó. Se armó un griterío: de las triunfantes y de las otras que alegaban que libros nunca representamos, que volviéramos a las películas. Eran cerca de las tres de la mañana, por lo general la reunión dura hasta las cuatro. Nos quedaba cantar a todo pulmón la Canción del estudiante, el Himno a Sarmiento, Alta en el cielo pero Inés fue a hacer café y nos sentamos en los sillones y en los almohadones del suelo, casi agotadas. Inés ha decorado muy bien su casa: ella dice que es “armónica” porque se la diseñó un chino que sabe mucho de feng shui. Marisel, que también ha hecho cursos de energía la ve perfecta. Apareció de nuevo la gitana, era la voz de Graciela. Todas la miramos. Mi papá me contó todo esto la noche antes de que falleciera. Pobre Graciela, pensé, qué vida tan triste la suya, única hija, sin chicos, cómo extraña a su viejo, él la mimada mucho, de su mamá nunca habla. ¿La misma gitana? preguntó Inés, sorprendida. Parece que sí: más bien gorda, llena de polleras. Bueno, como todas, dijo Cuqui. No, ¿vieron que llevan el pelo largo trenzado?, ésta tenía el pelo muy corto, como un varón. ¡Una rebelde, viva la rebeldía! gritó Mimí. Siempre un poco desubicada Mimí, recuerdo que sus padres tenían mucho dinero y a Carla, más humilde, le decía la hija del fletero; pero estoy segura, no lo hace por maldad. Ahí me perdí pensando qué sería de la vida de Carla, lo último que supimos de ella es su viaje a Buenos Aires a probar suerte, con su hijito, creo que un varón. ¿Corte a lo varón?, no lo puedo creer, dijo Marce. Sí y después le predijo la muerte a mi papá. ¿Qué? Dijimos a coro. Bueno, él me contó que la gitana le dio otra oportunidad, esta vez debía hacer algo simple: alguien lo seguiría durante el día con la otra mitad del naipe, él sólo tenía que aceptarlo y darle treinta pesos. Obviamente, una coacción, dedujo Martita. Casi todas asentimos. Liliana estaba muy pensativa. Y un hombre mal vestido lo siguió durante un tiempo, siempre camino a su trabajo. ¿Con medio naipe en la mano? preguntó Marce. A eso no lo sé pero estoy segura que sí, dijo Graciela. No, si se las ingenian las guachas dijo Cuqui, a mí una me robó cincuenta pesos del bolsillo, me metió la mano y no me di cuenta ¿pueden creerlo? Y me vaticinó “felicidad”, a la semana me quebré la pierna, ¿se acuerdan cuando yo andaba rengueando con el yeso?, muy guachas son. Nadie miró a Caqui, a propósito. Seguimos a Graciela. Ustedes lo conocieron a mi papá. Y sí, lo conocíamos bien, si no hubiera sido por él que armó un lío bárbaro nos estafaban con el viaje a Bariloche. Y qué pasó con el hombre, le pregunté a Graciela. Te imaginás, mi papá lo ignoró primero y después le dijo de todo pero él lo siguió persiguiendo, nomás, callado. Qué pesado, interrumpió Mimí, todos los hombres son unos pesados. Finalmente mi papá lo denunció, esa tarde el hombre quedó demorado en la policía. Es lo último que me contó, al día siguiente, lo del infarto, ya saben. Graciela temblaba. ¿Se dan cuenta, ahora?. Nosotras nos miramos sin entender; quisimos abrazarla. Ella nos evitó, muy exaltada dijo: ¡la maldición de la gitana: el hombre que lo seguía no era un hombre, era su propia sombra! Cuando la sombra quedó entre rejas, mi papá tuvo que morir. Quien no proyecta sombra, está muerto ¿entienden?. Intentamos en vano calmarla. Vazco testarudo- ya gritaba- si tan sólo le hubieras canjeado el naipe por los treinta pesos…Graciela era un despojo, no paraba de llorar. Inés estimó que era mejor llamar a su marido. Quedamos desinfladas, sin ánimo. Llegó enseguida el marido, algunas pidieron un remisse, otras habían venido con su auto.
Permanecí con Inés hasta que se fueron todas. Me quedé pensando en un loquito inofensivo que solía vagar por San Vicente, mi barrio; sé que por temporadas lo internaban. Preferí creer que las gitanas lo usaron, pero no dije nada.

2 comentarios:

Anónimo dijo...


"Quién no poryecta sombra está muerto", me encantó. Ahora, más de uno se ha pegado un buen susto ne días nublados, no?

Qué bárbaro, cada día escribís mejor che!

Un abrazo enorme

Anónimo dijo...

QUE BUEN CLIMA DE SUSPENSO EN ESA REUNION !!LAS CHICAS ALLI PRESENTES SON LAS QUE SE VEN EN REUNIONES DE ESE TIPO Y GRACIELA...AH ! GRACIELAS
TAMBIEN SE ENCUENTRAN...ME GUSTO SOBRE TODO EL CLIMA QUE LOGRASTE. BESO