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20 jul. 2012

METALÚRGICOS cuento de María Elena Garay

A Osorio lo llevarán. Vendrán de día, cuando el olor penetrante de los tintes lo bañe de sudor o tal vez en la noche, cuando el sudor siga bañándolo de miedo.

 El encargado los deja descansar media hora; el calor de la forja y el ruido ensordecedor del martillo que estampa el hierro en el molde son insoportables. En ese descanso, así, con los mamelucos llenos de manchas, se reúnen a comer algo. Después, vuelven a su tarea. Esa mañana, Osorio anduvo en la planta de ensamblaje con un presentimiento, como que la suerte le iba a dar una mano y después le quebraría el brazo, pero no le dio importancia; tenía franco de media jornada, la cantina estaba abierta, él y los compañeros se divertirían un rato. Osorio se prendió con el truco; qué carcajadas cuando bajaba el macho de espadas, la verdad es que lo venía siguiendo con insistencia; otra tela para papá, decía, y el fajo en su bolsillo crecía de a poquito. Su pareja era Santiago, famoso por sus mentiras y su cara de piedra. Fue una larga tarde, se gastaron la quincena entre juegos y vinos. Estaba también Carmelo Ramos; había traído a su hermano gemelo, como siempre. Tan idénticos, que trabajaban la mitad del día cada uno para hacer una jornada, y el patrón no lo sabía. Y por supuesto, Lázaro Pineda y Antonio Benavidez Arce. Los dos se habían mirado con recelo siempre. Es que Lázaro le decía bolita, y que había venido a robarles el trabajo. Antonio bramaba y varias veces pasaron a las manos. El día anterior, el boliviano había ido a la procesión de la Virgen de Urkupiña, la santa de Cochabamba, y le había prometido ser bueno para que le mantuviera el trabajo; a juzgar por lo sucedido, olvidó enseguida su promesa. Antonio hablaba siempre con Osorio, le contaba que el hambre lo había traído hasta estas tierras y que cuando se peleaba con Pineda le venía la añoranza. Se recluía para pensar o se iba a la línea de montaje y trabajaba solo. Así que no sorprendió a nadie que, en medio de una jugada de pase inglés, Lázaro Pineda quisiera hacerle trampa, que Antonio Benavidez Arce le escupiera la cara y luego agarrara un fierro. Osorio miró asombrado cómo el boliviano levantaba la barreta y la comenzaba a bajar de punta, justo sobre el cuello de Pineda, que se echó atrás. Pero no logró escabullirse del puntazo. Lázaro Pineda cayó para adelante, su mano derecha sobre las baldosas sucias y la izquierda en la garganta, tapando un líquido espeso. Los compañeros se agolparon, los murmullos subían. Osorio se desesperó. Vio agrandarse en el piso la mancha colorada, lo lastimaban los quejidos de Lázaro; se hizo paso entre el montón y vio el cuerpo en el suelo, mirándolo fijo, en sus ojos todavía un brillo. Osorio no quiso mirar más. Al punto del vómito, se volvió a su casa.
Ya de noche le contó a su mujer. Ella sólo dijo: Pobre Lázaro ¿cuándo lo entierran?. Esa noche Osorio no pudo dormir: se quedó en la cama tendido boca arriba, mirando el techo. Muchas veces había sentido la muerte a su lado, pero esta vez le había hecho un guiño. Tan apenado estaba: Lázaro Pineda ya no andaría más burlándose del boliviano, Benavídez Arce no podría cumplir con la promesa de traer a su mujer, y a ninguno de los dos los verían más en el riel del ensamblado. Al día siguiente, Osorio volvió a la planta. Vio con sorpresa cómo Lázaro Pineda golpeaba una varilla de hierro candente. Al lado, Benavidez Arce hacía lo suyo, entre chispazos, con la soldadura. Cada compañero estaba en su puesto. Osorio se arrimó a Santiago para preguntar lo que era imposible de entender y escuchó la respuesta: Antonio sacó la barra y la levantó, Lázaro le paró el envión; la mano del boliviano se abrió y la barra cayó al suelo. Lázaro la pateó y Benavidez Arce quedó arrodillado sobre las baldosas. Después de un silencio molesto- siguió Santiago- terminaron la partida de dados. Y se quedaron en la cantina un rato más, amigados, a las carcajadas. Osorio se retiró ese día diciéndole al encargado que se sentía mal. Su mujer, recién llegada de la escuela de los chicos, le dijo: mentiroso, mirá que andás contando historias. Volvió a pensar en la tarde anterior. Hasta el brazo vertical con la barra en lo alto, estaba bien. ¿Cómo fue que él vio otra cosa? No era la primera vez que se sentía confundido, a menudo se evaporaba su mente y ya no era él, sino otro hombre que desde lejos lo observaba; de pronto se deslizaba por un río en el que no podía hacer pie y el tiempo era un antes, un ser niño sin madre. Cuánto miedo. Por qué ese mameluco si los demás, una multitud, se cubrían con cueros; por qué esa luz de neón que lo encandila y esas voces que dicen tantas cosas Y lentamente volvía en sí: estaba en la planta, trabajando. Pensó en la pelea de Lázaro Pineda y Benavidez Arce. ¡Ahora se daba cuenta!: otra alucinación. Se sintió más tranquilo. Veinte años en la sección pintura de la planta, le van destruyendo la cabeza, en sus pulmones está grabado el arco iris. Cuando ya no sepa más su nombre, lo llevarán. Mientras tanto, cambia la nube de minúsculas gotas que salen del soplete, por el jornal. Sopesó los riesgos y pensó en su familia. Al día siguiente volvería a su puesto.

(Publicado en "El límite de lo irreal")

3 comentarios:

Car dijo...

Un cuento crudo, realista que pinta sin tapujos
el deterioro que tantos sufren en el anonimato... ¡Muy bueno! Un beso
Car

Betty dijo...

Me gusto muchisimo,inesperado, pero real. felicitaciones , es redondo y mas que contundente, me diò duro.
flicitaciones, flaquita!!! siga asi. besos.-

susana2126 dijo...

María Elena: Hermoso cuento, crudo y contundente.Como siempre manteniendo la atención hasta la ultima palabra.Además reflejas una realidad que en estos tiempos en que la desocupación golpea las puertas de tantos trabajadores, parece que se han olvidado las condiciones de trabajo de algunas especialidades que destruyen al hombre.Felicitaciones sos una escritora consumada.Susana