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20 ene. 2011

CUENTOS DE VERANO

                                                             BRASIL 
Por María Elena Garay                                                              

A la hora de decidir el destino de sus vacaciones, ellas discutieron acaloradamente. Inés, después de un año bastante pesado en la facultad, prefería un lugar tranquilo, en donde no hubiera relojes, colas de espera, turistas gritones atrapando imágenes que luego archivarían, bocinas ni tumultos. Mientras que a Celina, pura chispa, la tranquilidad le alteraba los nervios; se imaginaba en un safari, cabalgando a través de las montañas, haciendo surf sobre las olas o lanzándose de un paracaídas. Necesitaba movimiento.
Cuando contó sus ahorros, Celina comprendió que sus ambiciosos proyectos tendrían que ser postergados. Por eso, después del obligado y sabroso regreso a la casa de sus padres para hacer acopio de cariño, después del año de estudios en esta ciudad, admitió que si no podía hacer lo que quería, la voluntad de Inés le alcanzaba para cambiar de aire. Siempre tuvo respeto por las decisiones de Inés; decía poco pero lo correcto, tenía juicios prudentes y hasta sabios.
Pensaron en varios lugares. Al final, convinieron que una playa era una idea adecuada para las dos; Brasil tiene hermosas playas. La aventurera Celina preguntó por una rústica, “rara”, para caminarla y descubrirla por completo. Esto conformó a Inés; llevaría toda su batería de libros. Se decidieron por un pequeño pueblo de pescadores.

Llegaron por fin, un poco cansadas, al aeropuerto. Desde allí, una desvencijada camioneta las depositó en el pueblito. Esto es el fin del mundo, pensó cada una por su lado, con distintas expectativas.
En algo habían estado de acuerdo desde el principio: que fueran amigas entrañables, que viajaran juntas, estaba bien, pero cada una podía hacer lo que quisiera, así que cuando a las nueve de la mañana de ese día, Inés se quedó a dormir en la pequeña posada en la que se hospedaron, Celina bajó a la playa de aguas azules y arenas blancas. Vio la bahía abierta y las olas que la azotaban con ferocidad, recorrió el pueblo con sus casas de madera, el puerto y el muelle. A esa hora, las barcas ya habían partido mar adentro; recién al atardecer verían su regreso con las redes llenas, manejadas con presteza por hombres morenos. Por detrás, se alargaban las dunas y a la distancia, los morros, cubiertos por una vegetación exuberante.
Celina, realizado el reconocimiento del lugar, consideró que tenía muchas posibilidades. La posada, en realidad una casa de familia con cinco o seis departamentos a modo de bungalows, era cómoda, y la dueña cordial y solícita.
Esa noche, la única noche que durmieron juntas, se quedaron conversando hasta tarde. La luz tenue del farol y la brisa que entraba por la ventana, las devolvió relajadas a sus camas, para disfrutar al día siguiente del mar.

Amaneció temprano, con una luminosidad transparente. En la playa había gente; los chicos llenaban baldecitos de arena y sus padres reposaban al sol, tomaban mate, caminaban. Inés se sentó en su reposera con un libro y Celina se tendió en una lona, boca abajo. En esta posición estaba, sumida en quién sabe qué pensamientos, cuando escuchó una voz grave al lado suyo.
¿Vocé está sozinha? Aveia e mel...
Se incorporó, se sacudió la arena que el viento había pegado en su cara y vio a un hombre, alto y bien formado. Tendría unos treinta y cinco años, moreno, de pelo corto y sonrisa franca.
– Simeao Sinval – se presentó, dándole la mano. Irradiaba simpatía; comenzaron a intercambiar algunas frases y los malentendidos por el idioma los hicieron reír. Inés dejó su libro y se fue al mar. Celina y Simeao comenzaron a caminar por la bahía y al atardecer, mientras veían la puesta del sol, ya se entendían a la perfección. El había trabajado desde chico en los campos de Pirangi, en las plantaciones de cacao. Fuí un empreitado; hombre alquilado para levantar la cosecha, le contó; le explicó su trabajo: cómo derribaba los cocos con la daga, el espectáculo hermoso de los campos con el fruto amarillo y las cobras silbando entre las hojas caídas. Pero se había cansado de la vida miserable que llevaban en las barracas, del trabajo duro de sol a sol y había retornado a su pueblo de la costa.
Celina también habló de ella, de sus padres y hermanos que vivían en Salta, de sus estudios universitarios en Córdoba. Y le contó su admiración por Inés. - Inés será una artista, y la arquitectura será para ella algo secundario- le comentó. El no demostró interés en la vida de su amiga y siguió inquiriendo en la suya, a medida que caminaban al borde del mar, que se inflaba y se contenía lamiéndoles los pies, hasta que en un momento se encontraron rodando en una ola, en un torbellino de agua y arena, que los devolvió abrazados a la playa. A esa altura Simeao ya se estaba convirtiendo en torbellino para Celina. Ella no había sentido nunca esa urgencia, de sus palabras primero y de su cuerpo después, cuando lo fue descubriendo de a poco y quedó atrapada, como los peces que se debatían en las redes recién sacadas del mar.
Esa noche se refugiaron en una gruta, más allá de los últimos morros; el clima era perfecto, no hacía frío, aunque así lo pareciera por los brazos abrigadores de Simeao y por la pasión arrullada al compás de las olas, que los salpicaban en cada arremetida.
Inés se había afligido al principio por la ausencia de Celina, pero se alivió cuando supo que la dueña de la posada conocía a Simeao:
- Es un buen muchacho, un poco raro, pero no le hará ningún daño –dijo.
Desde ese día Celina vivió un sueño, no podía creer lo que estaba sucediendo, que eso fuera el amor tan esperado. En los pocos momentos del día en que la cruzaba a Inés, le hacía señales luminosas; ella toda era un sol.
Se sucedieron paseos fantásticos. A la noche se guarecían en la casa de él, una cabaña enclavada en lo más alto de un morro donde parecía que se podían tocar las estrellas. Y de día caminaban por las playas, cada vez más lejanas. Simeao tomaba un palo o una caliza que la resaca dejaba en la arena, y le escribía poesías que, extrañamente, no borraba la marea y aparecían brillantes a la luz de la luna, como surcos de cristal. O le recitaba los versos que cantaban en la barraca:
“Eu quero una morena
que seja bonita
que seja bonita
de laço de fita"
Simeao le confesó que la amaba, y se lo demostró cuando la llevó a ver a “Celeste”, su barcaza pescadora. Con un pincel y un tarro corrigió el nombre pintado en los listones de madera: Le puso “Celina”. Le dijo que al cielo ahora lo tenía entre sus brazos.
Una noche, la llevó al galpón de madera en donde se reunían los pescadores, él también era pescador. Cuando entraron se hizo un gran silencio; Celina creyó que estaba violando algún código de los hombres de mar, pero enseguida ellos siguieron con sus cantos, acompañados con guitarra y armónica, bebiendo cachaça. Allí, a la luz de los faroles a querosén, él ató a su cuello un collar de conchillas nacaradas a modo de alianza y ella pensó que ningún anillo de oro podría igualarla.
Cuando Celina descubrió, desde la playa, una casita pintada con colores fuertes, le dijo a Simeao: - Este lugar es como mágico; parece todo naturaleza virgen y sin embargo de aquí y de allá surge la gente-. Insistió en conocer a su dueña y aunque Simeao quiso seguir, su obstinación triunfó. Entró sola; él quedó a la espera. La mulata que la atendió fue toda generosidad para con esa turista tan bella; le regaló una loción preparada con algas maceradas con escamas, y una peineta para su pelo, hecha de espinazo de carpín dorado: -secado a la luz del plenilunio para que el yodo la vuelva fosforescente-, dijo la mujer. Con la pócima y el amuleto conseguiría el amor eterno de un hombre.
Cuando Celina salía feliz de la casita, la mulata vio a Simeao y comenzó a gritar: ¡preto, preto! , mientras cargaba en su enagua almidonada un ramo de flores blancas que fue arrojando de a una, mar adentro, con un murmullo que parecía una oración. Esto impresionó mucho a Celina; Simeao le contó que a menudo, la negra Virgolina perdía la razón; creía ver en un hombre cualquiera al suyo, que el mar se tragó un día en que las olas se salieron de quicio y se elevaron como montañas.
Celina veía muy poco a Inés, sólo unos minutos cuando pasaba por la playa de la posada. El día anterior a su partida, Inés estaba leyendo a José Saramago y le señaló una página: “...Quieres que te diga lo que estoy pensando, Dime, Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven”. Celina sonrió, ajena, y siguió a Simeao; le quedaban pocas horas.
La última noche fue de maravillas y planes; se encontrarían en un mes en Río de Janeiro, en donde Simeao tenía posibilidades de trabajo.
Dejaron la posada a la madrugada, la camioneta las llevaría nuevamente al aeropuerto. Pero el viejo vehículo les cambió los tiempos; el eje delantero se quebró; tardaron un día hasta que pasó otro rumbo al pueblo. Regresarían. Sus pasajes ya estaban vencidos, qué más daba.
Celina ardía en deseos de darle una sorpresa a Simeao. Eran las nueve de la mañana, en la playa tomaban sol cinco o seis turistas nuevos. Simeao estaba ahí; ella bajó corriendo. Llegó a su lado en el preciso instante en que él se sentaba junto a una muchacha y con voz grave le decía:
- ¿Voce esta sozinha? Aveia e mel...

12 comentarios:

Carmen dijo...

HERMOSO CUENTO, ESCRITO CON TU MAESTRÍA DE SIEMPRE... Y SÍ CREO QUE SIEMPRE PASA EN VERANO, NO POR NADA NUESTRAS ABUELAS DECÍAN... AMOR DE VERANO, CORAZÓN LASTIMADO... Y SÍ, PARA BIEN O PARA MAL, LAS MUJERES SOMOS UNAS CRÉDULAS SIN REMEDIO.

CAR

Ana dijo...

Muy bueno!
Cuándo aprenderemos...?
Muchas gracias
Un beso

Piel de lechuza dijo...

Ay Car, siempre tan generosa, en los comentarios como en todo. Y sí, las mujeres somos de enamorarnos fácilmente ...y después sufrimos, caray.
Un abrazo gigante

Piel de lechuza dijo...

Ana, creo que no aprenderemos nunca pero ¿por qué cambiar? ¿No es bueno enamorarse de buena fe, ser sensibles? Hummm...a veces no es conveniente ya sé.
Un abrazo amiga

Garoto dijo...

Me redudndo en mis comentarios: muy bueno!!!!! Es que ud. es muy redundante en la calidad de sus obras.

No sé por qué, me dieron ganas de comer galletitas!

Y si nos ponemos en plan melanco-brasilero, permitime que cite al maestro Vinicius:

"A felicidade é como a gota de orvalho numa pétala de flor.
Brilha tranqüila depois de leve oscila,e cai como uma lágrima de amor"


abrazo!

Monica dijo...

Yo también tuve una discusión con mi marido para ver a donde íbamos!! Terminamos decidiéndonos por uno de los hoteles cinco estrellas en roma!!! Realmente no me arrepiento de la elección de el!!!

Piel de lechuza dijo...

Garotiño! Es tan corta la felicidad y tan largo el olvido dice una zamba. Parece que en todos lados es igual.Pero qué época la de las galletitas no? Eu quero ir al mar!!!!!
Un abrazo bien salado y gracias por el seguimiento!

Piel de lechuza dijo...

Qué bueno que es discutir con tu marido Mónica, pelealo siempre y darás la vuelta al mundo!
Gracias por leernos!

Anónimo dijo...

Hola Piel de lechuza . Anoche pasó una sobre mi cabeza y me hizo recordar mi infancia cuando había tantas!. Chicas, muy bueno este blog e interesante lo que le sucedió a Cecilia , hay muchos de esos pero en verdad, ella tuvo unas vacaciones inolvidables.
Un abrazo y seguiré tras ustedes.
Rosy .

Piel de lechuza dijo...

Sí Rosy, la verdad es que tanto las lechuzas como los morenos buenos mozos se ven cada vez menos, ja ja. A pesar del bajón, Celina pasó unas vacaciones bárbaras, coincido.
Cariños y te tomamos la palabra ¡seguí con nosotras!

Anónimo dijo...

Hola, María Elena. Me llamo Mariángeles Abelli Bonardi, soy escritora, tengo 36 años y vivo en Neuquén Capital, hace dos meses publiqué mi primer libro, Ecos del decir (poesía, haikus y prosa poética), publicado por Editorial Ruedamares.
Conocí el blog por intermedio de Ángel Boncini, que me envió el enlace. Encontré artículos muy interesantes y los cuentos me han gustado muchísimo (de los suyos me gustó especialmente "Estás en un pozo"). Un saludo cariñoso para vos y tus cobloguistas. Nos leemos, Mariángeles

Piel de lechuza dijo...

Gracias Mariángeles. Vos sabés lo mucho que cuesta la difusión y que este blog haya llegado a vos es una alegría. Claro que está de por medio nuestro amigo Ángel y para él también van nuestras gracias. Trataré de conseguir tu libro! Tal vez puedas decirme si acá en Córdoba se distribuyó.
Muchos cariños y espero que no te perdamos como lectora
María Elena