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15 jun. 2014

COPLAS A LA MUERTE DE SU PADRE,de Don Jorge Manrique - por Carmen Nani

Mi padre siempre recitaba este poema.... por eso lo elijo para desearle Feliz día, a todos los papás del mundo, 
Carmen

Mi papá, mi mamá y yo
                   I

  Recuerde el alma dormida, 
avive el seso e despierte 
  contemplando 
cómo se passa la vida, 
cómo se viene la muerte 
  tan callando; 
  cuán presto se va el plazer, 
cómo, después de acordado, 
  da dolor; 
cómo, a nuestro parescer, 
cualquiere tiempo passado 
  fue mejor.

                    II
Pues si vemos lo presente 
cómo en un punto s'es ido 
e acabado, 
si juzgamos sabiamente, 
daremos lo non venido 
por passado. 
Non se engañe nadi, no, 
pensando que ha de durar 
lo que espera 
más que duró lo que vio, 
pues que todo ha de passar 
por tal manera.

                    III

Nuestras vidas son los ríos 
que van a dar en la mar, 
qu'es el morir; 
allí van los señoríos 
derechos a se acabar 
e consumir; 
allí los ríos caudales, 
allí los otros medianos 
e más chicos, 
allegados, son iguales 
los que viven por sus manos 
e los ricos.

           
Constanza, papá , y Matías- mi familia
                INVOCACIÓN

3 jun. 2014

EL ESPEJO, cuento de Carmen Nani

“Nunca estás conforme, es como si algo te faltara.  No sé, como una parte que siempre estás buscando”, me había dicho.
Su sentencia fue motivo suficiente para una más de nuestras peleas.  Pensándolo bien, algo de razón tenía.  ¿Para qué mudarme a una casa, si en el departamento estaba tan cómoda?  Además, era más seguro.  No le daría con el gusto.  No desandaría lo hecho.  Empecé a embalar.
Cada objeto me regalaba algún recuerdo.  Los sillones de pana bordó conjuraron a mamá:” ¡No se sienten en los sillones! ¡Son nuevos!”.  No pude evitar una sonrisa al encontrar el agujero que tan cuidadosamente habíamos camuflado con mi hermano. Ya todos dormían, bajamos con sigilo, nos apoltronamos en el sillón de pana bordó para encender sendos cigarrillos. Queríamos aprender a fumar.  Un brasa se desprendió de mi cigarrillo y fue a parar a la pierna de mi hermano, que chilló más de susto que de dolor.  Yo me ahogué con el humo pero me atraganté, al ver que el ascua sobrevivía para terminar en una esquina del sillón.  Aprendimos a fumar, pero no esa noche.  La pasamos probando distintas formas de disimular el oprobio.  Tan bien logramos hacerlo, que recién ahora, y por casualidad, lo volvía a ver.
El escritorio y el recuerdo de papá, siempre leyendo.  La lámpara que sólo iluminaba la parte izquierda de la cara, su imagen en penumbras. Más de una vez me pregunté si no tenía algún parentesco con “Poe” o con “Narciso Ibáñez Menta”.
Cada uno de los utensilios de la cocina, pero especialmente el cucharón, me retrotraían a mi infancia y al canto de “La Tona”.  Siempre tarareaba o entonaba las coplas de la “Tarara” de López de Vega mientras preparaba su sopa de verduras.  Mi boca desprendía fluidos salados, al mejor estilo “Pavlov” ante aquel delicioso recuerdo.
El espejo sin embargo, era especial.  Convocaba todos los recuerdos, los contenía.  Amigo fiel, testigo silencioso de los momentos más importantes de mi vida, me acompañaba ahora, una vez más, en esta aventura.  Lo cubrí cuidadosamente.  Un imperceptible temblor me hizo notar su fragilidad.  Puse especial esmero en protegerlo para evitar que se dañara en el ajetreo de la mudanza.  Una vez que el camión estuvo cargado, lo seguí en el auto.  No podía dejar de observarlo.  Sobresalía del resto de los muebles, como tratando de recordarme su presencia.
Mudarme de un departamento a una casa fue un gran cambio.  Tenía mucho más espacio y quizás por eso demoré tanto en acomodar todo.  Cuando creía haber ubicado los sillones de pana bordó, me daba cuenta que quedaban mejor en otro sitio y los cambiaba.
“Típico”, me hubiera dicho.  “Nunca te convence algo de entrada”, pero como seguíamos peleados, no lo había vuelto a ver.  Por eso supuse que no debía darle importancia a sus palabras.
Así transcurrió el tiempo, colgando adornos, descolgándolos. La cortina de vual en la ventana del living, la de a cuadros rojos en la cocina, hasta que le llegó el turno al espejo.  Lo coloqué como siempre, frente a mi cama.  Tuve la sensación de que me sonreía agradecido.
Me sentía feliz en mi nueva casa y me dispuse a disfrutarla.  Algo, sin embargo, me tenía inquieta.  ¿Sería en realidad una insatisfecha como él había proclamado sotto in voce? Recorría la casa, con una taza de café en la mano, cuando me di cuenta de que no, de que él no estaba en lo cierto. Había encontrado la causa de mi inquietud: el espejo.