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14 feb. 2016

DE ESPEJOS, por Carmen Nani

Una leyenda, dos cuentos y un texto conjugados por la imagen de lo que vemos, de lo que nos gustaría ver, y de lo que realmente somos a través de los espejos. Si deciden acompañarme, sigan los links...



El Espejo
Leyenda Japonesa Anónima

Había una vez en Japón, hace muchos siglos, una pareja de esposos que tenía una niña. El hombre era un samurai, es decir, un caballero: no era rico y vivía del cultivo de un pequeño terreno. La esposa era una mujer modesta, tímida y silenciosa que cuando se encontraba entre extraños, no deseaba otra cosa que pasar inadvertida. Un día es elegido un nuevo rey. El marido, como caballero que era, tuvo que ir a la capital para rendir homenaje al nuevo soberano. Su ausencia fue por poco tiempo: el buen hombre no veía la hora de dejar el esplendor de la Corte para regresar a su casa. A la niña le llevó de regalo una muñeca, y a la mujer un espejo de bronce plateado (en aquellos tiempos los espejos eran de metal brillante, no de cristal como los nuestros). La mujer miró el espejo con gran maravilla: no los había visto nunca. Nadie jamás había llevado uno a aquel pueblo. Lo miró y, percibiendo reflejado el rostro sonriente, preguntó al marido con ingenuo estupor:
- ¿Quién es esta mujer? El marido se puso a reír:
- ¡Pero cómo! ¿No te das cuenta de que este es tu rostro?
Un poco avergonzada de su propia ignorancia, la mujer no hizo otras preguntas, y guardó el espejo, considerándolo un objeto misterioso. Había entendido sólo una cosa: que aparecía su propia imagen. Por muchos años, lo tuvo siempre escondido. Era un regalo de amor; y los regalos de amor son sagrados. Su salud era delicada; frágil como una flor. Por este motivo la esposa desmejoró pronto: cuando se sintió próxima al final, tomó el espejo y se lo dio a su hija, diciéndole:

2 feb. 2016

ASIGNATURA PENDIENTE, de Carmen Nani


Lucía se sentó en un banco en frente del río. Un único banco, el paisaje deprimente. La bronca que venía rumiando se ahondó al recordar ese hilo de agua cristalino salpicado de patos que por supuesto habían desaparecido. De un tirón destapó la lata de cerveza, sacó el paquete del bolso, respiró hondo para atajar las lágrimas, y se acomodó para arremeter sin piedad el  tremendo sándwich de jamón crudo, queso y rabia. Cuando  abrió la boca como para engullir el último bocado de su vida escuchó que le gritaban:   - ¡Che, flaca! ¿me convidas?
Como si aquellas palabras las hubiera pronunciado Medusa, Lucía quedó petrificada.  Ese Che, flaca obró como un conjuro que la transportó de un latigazo a otro momento de su vida.
Era la fiesta de los octavos, y como cada año las profesoras homenajeaban a sus alumnos poniendo en escena una obra de teatro temática. Ese año el tema era princesas de Disney. ¿Quién no quiso alguna vez vestirse de princesa? ¿Quién no soñó con llevar uno de esos vestidos ajustadísimos en el torso,  con una falda amplia que al recogerla apenas, diera a luz un par de primorosos zapatos. Ese también, era el sueño de Lucia. Lo que no tuvo en cuenta fue que a menos que consiguiera un talle especial, sería imposible lucir como una princesa. Sin embargo, con negación estoica llegó a la casa de disfraces una tarde de calor sofocante.
Todavía convertida en estatua de sal, Lucía siente que  la misma vergüenza de aquella tarde le recorre ahora la columna. Aprieta el sándwich  con fuerza en un intento inútil por borrar esos recuerdos.
La encargada de la tienda la miró de arriba abajo y le ofreció un traje verde manzana que a Lucía le hubiera quedado  perfecto en la pantorrilla. 
 - Muy bonito, pero necesito uno lila o violeta, busco un disfraz de Rapunzel, contestó Lucía y  sintió la transpiración brotarle en la frente y en la espalda.
Sentada en el banco en frente del río, Lucía vuelve a brotarse en sudor aunque la temperatura no supera los veinticinco grados. Descubre con desagrado que aquel hilo incómodo le repasa la columna.” De Rapunzel, ¡Cómo se me pudo haber ocurrido disfrazarme de Rapunzel!” , piensa mientras estrangula el sándwich. 
 - Traje todo lo que tenía en violetas y lilas. Fijáte si alguno te anda.
Lucía lejos de amilanarse,  partió al probador muy resuelta.