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31 dic. 2013

SI TE CREES GIL, UN GIL SERÁS, cuento de Carmen Nani

-      ¿Qué hacés?
-      ¡Me voy!
-      ¿Pero, a dónde?
-      ¿A dónde?  ¡No sé!  Pero que me voy, ¡me voy!
-      ¿Por qué?
-      ¡Porque me harté de que me agarren de Gil!


De un portazo Salerno se fue llevando sólo un par de mudas, algo de plata y eso sí, el auto.  Me van a agarrar de gil ahora, rumiaba mientras esperaba que el semáforo le diera paso.  Que Salerno dame plata, que me duele la cabeza, que estoy aburrida…  Desagradecida, pero se acabó.  Desde hoy, soy un hombre nuevo.  Para reafirmar lo que pensaba, aceleró a fondo y apenas el semáforo se puso en verde, salió picando.  ¡Cuánto hacía que no picaba! Claro como a ella no le gusta... y mientras disfruta del rugir del motor a máxima potencia, se siente libre, más que eso, poderoso, sí, invulnerable.
Después de dos horas de ir por la ruta ya mucho más tranquilo, casi feliz cayó en la cuenta de que tenía hambre.  Se detuvo en un cruce, donde había uno de esos carteles verdes con letras blancas, y ante la inmensidad de la tierra y la oscuridad de la noche sonrió. Cutralcó 1.200 Km. Suena bien; Cutrarlcó será, y enfiló hacia el sur buscando algún bodegón para comer, y pasar la noche si el cansancio lo vencía.  Después de media hora sin encontrar nada, escuchando música suave con el único inconveniente del crujir de su estómago, las luces a ambos lados de la ruta le dieron la pauta de que había llegado a un pueblo.  No le importó el nombre, lo único que quería era comer. Y comió hasta saciarse en el primer lugar que encontró.  A falta de otro mejor, decidió pasar la noche en el auto.
Al despertarse con las primeras luces del alba, lejos de amanecer cansado o mal dormido, experimentó una renovada sensación de libertad.  Lo único que le molestaba era la boca pastosa.  Buscó una estación de servicio, esas que parecen más un shopping ya que están provistas de todo lo necesario que un viajero puede llegar a necesitar; compró lo necesario para acicalarse y después, tomó un suculento desayuno.  Mientras tomaba el café con leche vio un cajero automático.  Sacó todo lo que le quedaba.  No le dejó ni un peso a su mujer.  Faltaba más, no te voy a dejar ni un peso.  Quería que sintiera su ausencia.  Cuando descubrió el celular debajo del asiento del auto, lo tiró al medio del campo.  Había cuatro llamadas perdidas:  lo había estado rastreando, sonrió con satisfacción.  Subió al auto y siguió su camino.
No tenía la intención de parar hasta la noche. Pero el hombre propone y Dios dispone.  Casi al mediodía distinguió un bulto en medio del camino.

Primero pensó que era el sol que lo encandilaba, pero cuando se fue acercando vio claramente a un perro.  Era un labrador inmenso, imponente. Un perro ¡Cómo había querido tener un perro!, pero claro a ella no le gustaban.  Paró el auto y lo miró por el vidrio; el perro le devolvió la mirada. Supo que el animal lo estaba esperando.  Abrió la puerta del auto y sin necesidad de llamarlo, el perro se acomodó en el asiento delantero; la gratitud se reflejó en los ojos del animal.  Lo llamó Zambo.  Y Zambo pasó a ser su única compañía.
Salerno por fin había descubierto por qué le gustaban tanto los perros: ¡No hablan! Era fascinante divagar a veces con sentido, otras no, y que su interlocutor lo mirara embobado.  Cada vez que Salerno giraba la cabeza  para hablarle directamente, Zambo paraba las orejas, sacaba la lengua y movía la cola como aseverando sus estupideces.  Nada que ver con ella, que lo contradecía en todo.
Al rato, encontró un cartel bastante despintado que todavía se dejaba leer: 25 de Mayo, Catriel, Chipoletti, Cutralcó. Los ojos de Salerno se iluminaron: Cutralcó 200 km, ya llegamos Zambo.  Pero el azar, o quizás su propia necesidad fisiológica, hicieron que no pudiera llegar a destino. Paró en un caserío cerca de un pueblo que le llamó la atención por el nombre: Plaza Hiuncul. Buscó un lugar decente porque ya que tenía que detenerse comerían. Pero cuando quiso entrar en una especie de taberna, alguien le dijo:
-      Animales, no.
-      Pero este perro es muy especial, le aseguro que no va a causar problemas.
-      Animales, no, repitió ahora la voz que provenía de una matrona generosa en carnes, con un delantal a cuadros con pechera que aumentaba sus dimensiones.  Buscó una mesa al lado de una ventana para controlar a Zambo que después de comer se sentó justo frente a la ventana a esperarlo. Que animal magnífico, pensó Salerno.

“Si ese no es el tipo que necesito, voy a pensar que mi olfato me está fallando. Tiene que ser, sólo un hombre de muy buen corazón puede mirar a un perro con tanta ternura,” la chica comenzó su actuación.
Salerno sintió que lo observaban. Giró la cabeza hacia el salón y vio que ninguno de los que ocupaban varias de las mesas lo miraban. Salvo que…pero no, Salerno, no seas Gil, no puede ser, esa chica es demasiado joven y linda… Sin embargo descubrió que cuando él giraba la cabeza para mirarla, ella bajaba la vista y se sonrojaba.  ¿Está llorando?  Que lo parió, pensó Salerno, no hay cosa que me pueda más, que una mujer linda que llore en silencio; sin hacer los escándalos que hacía la histérica de la otra.  Cuando vio que la chica sacaba un pañuelo y se limpiaba la cara, no pudo más. Tenía que saber que era lo que le pasaba.

“Picaste. Claro que si. No falla. Un par de lágrimas es lo más eficaz para tipos como estos. Justo lo que estoy buscando.”

Cuando por fin accedió a contarle lo que le pasaba, ya estaban entre las sábanas de un hotelucho que había cerca, donde no le hicieron problema por Zambo. El perro, que se había echado a los pies de la cama, se irguió en posición de alerta cuando escuchó los gemidos mezclados de uno y de otro. Zambo parado en dos patas, dispuesto a dar el salto que liberaría a su amo, descubrió que él no corría peligro alguno. Los observó un rato, movió la cabeza hacia la izquierda, después hacia la derecha con la mirada fija en su amo, y al verlo sonreír, sacó la lengua, movió la cola y volvió a su posición de descanso.
Ya no iría a Cutralcó sino a Plaza Huincul. Estaba decidido a darle una mano a María de los Ángeles; no podrían haberle puesto un nombre que le sentara mejor, pensó Salerno mientras era él, ahora, quien le limpiaba la cara.
-      Es mi papá sabes. Está enfermo.
-      ¿Es grave?
-      se está muriendo; y la enfermedad lo hace delirar.
-      Lógico.
-      Si, pero no es lógico que porque esté medio perdido, medio loco, crea que está esperando a su hijo.
-      Tu hermano.
-      No tengo hermanos.
-      ¿Entonces?
-      El cree que tiene un hijo. Siempre quiso un hijo varón. Por eso a mí no me quiere.
-      Claro, cómo no vas a llorar.
-      Pero hay más.
-      ¿Más?
-      Si, lo que pasa es que mi papá nunca se casó con mi mamá.
-      Pará, ¿cómo que no se casó con tu vieja?
-      No, ellos convivieron desde siempre. Mi pobre madre siempre tuvo la ilusión de que algún día se casaría con ella, la criada. Y ahora se muere.
-      Sí, eso ya me lo dijiste, pero…
-      Si no se casan, quedamos en la calle. ¿Te das cuenta?
-      Un injusticia, una verdadera injusticia.
Charlaron mucho, tanto que el drama de la chica se le hizo carne. Estaba dispuesto a ayudarla aunque tuviera que hacerse pasar por un hijo que no existía.
La chica lo invitó a bañarse juntos. Nunca me bañé con nadie. Cómo bañarme con aquella que después de sus sagrados baños de inmersión, me dejaba sin agua caliente. Salerno no supo qué hacer.
-      Bañáte tranquila, después lo hago yo.
Mientras esperaba a la chica, se encontró con la mirada preocupada de Zambo.
-      No te gusta, ¿no?,  el perro no movió la cola, ni sacó la lengua para desmentir lo que su amo le decía. Inmóvil, lo miró fijo.
-      Menos mal que no hablás, flor de sermón me darías. Pero no te preocupes, me baño y seguimos camino. Zambo parecía haberse convertido en una estatua.
-      Bueno, che, le doy una mano y nos vamos juntos, sólo vos y yo.
El perro no cambió de posición.
Cuando Salerno salió, ya bañado y acicalado, María de los Ángeles no estaba en el cuarto, y el perro menos. Supuso que habían ido a dar una vuelta.  Error: había desaparecido sin dejar rastro ni del dinero, ni del perro de Salerno.
-      ¡Hija de puta!  Gritó con furia, y se sintió humillado.
-      ¡No se va a escapar! ¡La voy a denunciar!
En ese momento, Zambo, aunque agotado de tanto correr, entró en la habitación y ladró con fuerza para hacerlo reaccionar.
-      ¡Zambo! Yo sabía que no podía ser; vos, no me podías haber traicionado.
Después de dejarse abrazar hasta casi asfixiarlo, el perro le acercó con el hocico, su billetera.
-       Está vacía, Zambo. Pero la vamos a denunciar, declaró recobrando la bronca por la humillación de saber que lo había tomado nuevamente por un gil.
Zambo gimió, le empujó una pierna, y se echó sobre la otra; lo miró suplicante.
-       Tenés razón Zambo.  ¿Qué voy a denunciar?  Y si lo hago, ¿quién carajo me va a creer?
 Se sentó en el cordón de la vereda y metió una mano en el bolsillo, mientras que con la otra acarició al perro.
-      Te das cuenta Zambo, me usó para afanarme, y yo que creía que había dejado de ser el gil de Salerno.  ¡Qué va!  Pero sabés una cosa:  gil o no, vos te venís conmigo, y juntos subieron al auto para desandar el camino.

    Un cuento muy simple, pero muy querido que quise compartir con ustedes para terminar este 2013... Ojalá que en el 2014 sea el mejor años de sus vidas,
Hasta pronto,
Carmen


6 comentarios:

Raquel dijo...

Gracias carmen hermoso regalo para comenzar el año...

María E. dijo...

Querida amiga, una cosa es cierta: sólo los perros nos son completamente fieles, ja, ja. Te deseo lo mejor del mundo, que nuestra amistad siga indestructible y que nuestros afectos sigan confortándonos. abrazo Car.

titiceballos dijo...

Carmencita espero que el humor que aparece en todos tus cuentos nunca te abandone, empezar la mañana con una sonrisa no es poco! espero que este 2014 nos encuentre más atentas no como el gil de Salerno!! jajaja felicitaciones Titi

Piel de lechuza dijo...

Raquel, bienvenida al blog! Ojalá que nos sigas leyendo siempre!
Un beso
Carmen

Piel de lechuza dijo...

ME, nada puede ser destruido cuando ha sido siempre tan cuidado... por nuestra amistad!
Un beso,
Carmen

Piel de lechuza dijo...

Mi fiel seguidora, Titi querida... es muy difícil arrancar una sonrisa en los tiempos que vivimos. Si has sonreído hoy, he cumplido con este cuento...
Un beso,
Carmen