BUSCAR

20 dic. 2011

EL REGALO por María Elena Garay



A los tres años, me trajiste un muñeco enorme, suave como el terciopelo de los capullos tiernos, con ojos de opalina azul que se hamacaban delante de mi asombro.
A los seis, la aventura montada en la vereda con dos rueditas cuidadoras, rodillas lastimadas, la total libertad de la siesta con el sol latiendo en mis mejillas.
A los quince, me trajiste la ilusión envuelta en un tirabuzón de giros, brillos, gasas, un zapato con el taco roto y quince rosas rojas sin espinas.
A los dieciocho, un quintal de mariposas volándome por dentro, los labios húmedos y ajenos explorando mis poros y la maravilla de la sed.
A los veinticinco, me trajiste la felicidad del domador de tempestades, los acordes de otro vals en el centro del anillo de oro, azahares en el pelo y la esperanza del para toda la vida.
A los veintiocho, un vientre tirante como uvas, el rayo que partió la tierra, el miedo de estar viviendo un sueño, el sueño de las mamaderas nocturnas, la cuna rosa y sus manitas...

5 dic. 2011

FRAGMENTO DE LA NOVELA "LA PATA DE CABRA"


                                                                         LOCOS DE AMOR                                                     
No, nada llega tarde, porque todas las cosas  
tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas;
sólo que, a diferencia de la espiga y la flor,
cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor...
...Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada,
que era como la llave de una puerta cerrada.
Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor, 
 ni siquiera entonces llegó tarde el amor.
                                                                                     José Ángel Buesa 

Cobijo entre mis brazos a este hombre que se me ofrece desnudo, absolutamente vulnerable. Le acaricio el cabello. Lo dibujo con la yema de los dedos. Ahora duerme tranquilo, sereno, inofensivo. Ha quedado quieto el deseo. Sólo me une a él la ternura y el saberlo tan carente de  afecto como yo. Lo siento respirar sobre mi pecho, tan mío, buscando aún en sueños mis caricias. Es como un gato acurrucado en los brazos de la persona en quien confía. No desconfía de mí. No sabe de mis remordimientos, ni de mis debates entre este hombre que ahora me cautiva, me consume, y ese otro que por momentos me amedrenta hasta el miedo más íntimo. ¡Cómo logro eternizar este momento, atraparlo en el tiempo! Conservarlo así, débil, frágil, sin una sola de sus máscaras. O la que tiene ahora es otra,