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20 nov. 2011

PASAN LOS COMEDIENTES por María Elena Garay




Cada vez que morimos, ganamos más vida.
 Las almas pasan de una esfera a otra sin pérdida de personalidad,
y se hacen más y más brillantes. Víctor Hugo.
                                                 

                                                 I

Pasarás en el carruaje, con los demás artistas, ataviados con sus trajes de tafetán y terciopelo. Seguramente dormida, arrebujada en tu propia pollera, ancha, pesada y llena de polvo de camino.
Conozco la Comedia de memoria sin haberla visto nunca. Recito tus párrafos enteros. Al final de la función los cortesanos te llenarán de halagos, y los bufones del rey anunciarán varias veces tu salida. Al imaginarte tocaré el cielo.
Pero sólo estaré oculto en la espesura del bosque, fisgoneando entre las matas el paso del carruaje. Por días y días habré tratado de colarme en el palacio, en vano. Me quedaré esperando, sólo con la compañía de mi perro, entre las matas.
Antes habré recorrido otros pueblos y llegaré siempre cuando te hayas ido. Mi vida será el purgatorio de vagar, pobre campesino, buscándote sin encontrarte.
Hasta que un día el carruaje llevará cintas ondulantes. Serán blancas y reirás, tomada del brazo de Virgilio. Feliz, recién casada. Entonces me internaré por un largo tiempo en el infierno, mi pequeña, mi lejana Beatriz

.                                                    II

Has de mirarme con mal disimulado asombro, y te recostarás blandamente sobre la cama. Esa mañana habremos de correr sin aliento por las calles, como dos desangelados, y nos contaremos otra vez la historia de nuestro encuentro al pie de la torre Eiffel, cuando decididamente te llamé Beatriz y vos respondiste como si nos conociéramos de toda la vida. Y reiremos recordando mi primera frase para seducirte: - Te estaba aguardando en el infierno.
Por la tarde irás a tus ensayos de teatro y yo te esperaré con los ojos cerrados, soñándote en el sillón a rayas celestes y amarillas. Cuando vuelvas, la alfombra nos acariciará la espalda, mientras Van Gogh nos tira girasoles desde el cuadro y mi perro te lame la cara, como siempre.
La vida, escamoteando de a poco a tu carne su esplendor, cruel enfermedad, no ha de separarnos.
Partiremos de noche. Siempre estamos partiendo. Habrás preparado la cama con las sábanas más finas, la música será suave y nuestro perfil, imperceptible.
Entonces brindaremos por la eternidad y beberemos confiados el último trago. El del veneno. Del mismo vaso. Será en la madrugada, veinte segundos antes de que nuestros cuerpos se tensen al unísono, en un acorde final.

4 nov. 2011

RECUERDOS EN SEPIA por Carmen Nani

La tarde cumple su ciclo, y como cada año él también su ceremonia. Saca una fotografía de la caja que le pidió a la enfermera. La caja está poblada de imágenes y de recuerdos. El espejo que duerme en el fondo, los multiplica.

-         Vamos adentro abuelo, le dice mientras prepara la silla de ruedas.
-         Está muy fresco y le puede hacer mal -
” ¡Qué insolente! ¡Tratarme de viejo!”  El anciano aprieta los apoya brazos del sillón de mimbre con bronca. Las manos empalidecen. No se mueve ni guarda la foto.
-         ¿Es su hijo, abuelo?, la mirada del viejo se endurece. No la mira. La  enfermera entiende que ha hecho la pregunta equivocada.
“¡Qué Estúpida! ¡Quién querría ser su propio hijo!” El viejo se mira en la foto.

Cuarentón, bien parecido. Se examina los dientes con detenimiento. Se evalúa frente al espejo, como siempre. La piel suave. Loción para después de afeitar. Se peina. Después, sacude  levemente el pelo para darle naturalidad. “Bastante bien, no cualquiera”, piensa mientras se calza la campera de cuero y sale del departamento. No imagina que acaba de contemplar su imagen por última vez. No sospecha que ese que vio, solo será un recuerdo que no volverá a encontrar  en ningún espejo