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21 oct. 2011

INÚTIL RECORDAR por María Elena Garay


La creación de Adán (fresco de Miguel ´
Angel)
 Todo lo que se da llega a destiempo
No existe otra manera
Entre el ojo y la mano hay un abismo
Jorge Boccanera


Inútil recordar. Lo tenía tan claro en el comienzo de su travesía. Sabe que ha salido a buscar algo importante; ha caminado por días y ahora la fiebre lo confunde. Recuerda vagamente el castaño profundo de los troncos de árboles altísimos, sus ramas color gris plateado, las siluetas temblorosas entre las piedras, y el cielo azul. Añora la humedad, los estuarios de los ríos que se apresuraban a los pantanales.
Camina por una altiplanicie escarpada; el viento es helado y la arena se adentra en cada paso en las llagas de sus pies. Un dolor punzante como espinas. Sí, recuerda las espinas de los arbustos que dejó atrás; se ha pinchado y ha sentido el sabor de su sangre en la boca; ahora está reseca y el calor y la fiebre lo enajenan. Si tan sólo hubiera venido con uno de sus hijos. Está solo, hace mucho tiempo que está solo.
Se detiene a descansar un momento. Cómo olvidarse por qué ha caminado tanto. Se le viene a la mente la madre de sus primeros hijos, tan lejana que no recuerda el color de su pelo. ¿Negro, castaño? Aparece la paleta multicolor de las cabelleras de todas las mujeres que lo amaron. Tan amado y tan solo. Se levanta y camina un trecho más: pasando la meseta encontrará lo que busca, lo sabe y sigue casi sin aliento ya.
No se equivoca; tras el horizonte, una gran bajada lo apura a un terreno lleno de gomeros, mangles y helechos. Los cálices de las orquídeas le dan agua y toma el fruto delicioso de las moreras. Escucha el canto de los pájaros y el bisbiseo de las serpientes. Está en terreno conocido: se lo dicen los gritos de los monos y la furiosa hermosura de las plantas carnívoras. El sol está desapareciendo por la hora y la espesura; se tiende a dormir en un lecho de raíces leñosas, tapizado de musgos.
De pronto aparece una mujer, ella lo acaricia con una piel más suave que la de sus mujeres; una tibieza dulce lo golpea como gotas de lluvia y comprende que es su madre, y es a ella a quien buscaba. La fiebre ha cesado, ya no siente cansancio.
El hombre la mira como si fuera la primera vez, no la recuerda tan hermosa; no la recuerda. Tiene tantas cosas para preguntarle; él ha olvidado todo y ella tendrá que decirle cómo fue su infancia, cantarle las canciones de cuna, repetirle los cuentos, confesarle qué frutos ponía a los potajes que lo hicieron fuerte y añoso. Quiere recuperarse a sí mismo ¿Por quién sino por su madre?
El hombre luego, contará su historia, esa que ha olvidado, a sus hijos que son abuelos y a los hijos que vendrán. Y les hablará de ella, su madre, que ahora le está acariciando la cara y secando las lágrimas. Tienen tanto tiempo para estar juntos y su cansancio es tan grande; se acurruca en su regazo, contra su pecho, como un niño, y se duerme. La ha encontrado.
El sol aparecerá al día siguiente por entre las hojas gris plateado de los árboles del paraíso y Dios, desde lo alto hablará: He cumplido contigo, Adán; te he dado en el último sueño lo que tanto me reclamabas.


5 oct. 2011

LA FIGURA DE UNA MADRE

Como el próximo 16 de octubre se celebra el día de la madre intenté buscar información sobre la figura de la madre en la literatura. Para mi sorpresa y desilusión, mucho de lo que encontré, está bañado de un halo de tragedia y de muerte. La mayoría, asocia el recuerdo de la madre con un sentimiento de devastación, si  tenemos en cuenta la vida de sacrificios  que la generación de nuestras madres debió soportar, o de callosidad si nos referimos al residuo que aquel padecimiento dejó en nosotras. Un ejemplo de esto es la novela de Laura Esquivel “Como agua para chocolate.” Tita, la protagonista está condenada a la soltería a pesar del amor que siente por Pedro porque una tradición familiar le impone, como la menor de las hijas, cuidar a su madre hasta que ésta muera. Una madre que esta muy lejos de ser el estereotipo amoroso que cada quién puede concebir en su imaginario. Por el contrario, es una mujer dura, absolutamente egoísta que no duda en hacer de la vida de Tita un verdadero calvario. Pedro deberá buscar una solución de compromiso para estar cerca de Tita, casándose con su hermana Rosaura. La situación va generando una tensión agridulce que llenará todo el relato de acercamientos y desplantes, de dolor y esperanza. ¿Por qué mamá Elena es tan resentida y descarga toda su frustración en Tita? Como le pasa a todas las mujeres: por una pena de amor. Tita descubre que su otra hermana, Gertrudis no es hija de su padre cuando Mamá Elena es violada por unos asaltantes y Tita tiene que regresar para atenderla. Mamá Elena no acepta ni la ayuda ni los caldos  de Tita y muere a consecuencia de sobredosis de los purgantes que toma para evitar ser envenenada por ella. Es entonces cuando Tita descubre las cartas que cuentan la historia de amor de su madre y el padre de  Gertrudis.  Una novela que incursiona en el realismo mágico pero que arranca todo lo mágico que el amor de una madre puede lograr.
1914. Arde Europa. El archiduque Francisco Fernando ha sido asesinado en Sarajevo y brotan en el mapa las manifestaciones de una guerra que se convertirá en la mayor conflagración de todos los tiempos y se llevará millones de jóvenes vidas. ¿Qué relación hay entre el archiduque muerto y los hijos de Ana, humildes campesinos de Eslovenia? Ladislav, Janez, Josef, Franz y Ferdo: uno a uno la madre los verá partir, con el ardor juvenil en los rostros, hacia lo desconocido. ¿Cómo encontrar belleza en el horror? ¿Acaso alguien podrá rescatar de ese infierno el derrotero de sus vidas y reconstruir el vaivén de sus destinos? Ana, la madre amorosa que vio crecer a cada uno de sus cinco hijos y que enloquece de dolor al comprobar que la guerra lo ha tragado a todos. En “El oso de Karantania” de Cristina Loza, la madre representa ese amor incondicional,  ese amor que espera en silencio el regreso de sus hijos; ese mismo amor que la llevará a la peor de las muertes: sin los que  ha engendrado y en la más absoluta soledad. La madre es en este caso sinónimo de dolor.
Si buceamos en el cine,