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24 oct. 2010

PRINCESAS DE SANGRE ROJA (1) por María Elena Garay

Mundial de fútbol 2010. En el último partido, España y Holanda se disputan la tan ansiada copa. Entre los hinchas y simpatizantes enfiestados de rojo, amarillo y azul por un lado y naranja furioso por otro, dos parejas llaman la atención al ser captadas por la cámara: el príncipe Felipe Borbón, heredero de la Corona de España y su esposa Letizia Ortiz, y el príncipe Guillermo de Orange Nassau, heredero de los países bajos y su esposa la argentina Máxima Zorraguieta. Letizia, periodista y divorciada antes que noble, delgada hasta el paroxismo y Máxima, plebeya regordeta, hija de un miembro civil del régimen militar del dictador argentino Jorge Rafael Videla, entraron a dos casas reales europeas, seamos benévolos, por amor.
Matrimonios imposibles en la Europa decimonónica y mucho más atrás, en que los enlaces se producían entre miembros de casas reales para seguir sosteniendo sus privilegios de clase y las expansiones de poderío. Situaciones conflictivas en las que no faltaban las amantes cortesanas, las intrigas, los asesinatos y las enfermedades como la hemofilia y otra tal vez más moderna aunque no tanto como se verá.
Nos preguntamos si ahora con la libertad de elección, las princesas serán más sanas y felices. Pensando en Diana Spencer, ingresada pero no cobijada en la realeza británica por su casamiento con el príncipe Carlos, me entran dudas; pasó del olimpo del glamour a la muerte dudosa en un túnel de Paris tras años de engaños, desamor, enferma de bulimia y anorexia, víctima permanente de la hostilidad de su suegra, la reina.

17 oct. 2010

UNA TRENZA DE CINE, MÚSICA Y LITERATURA - por Carmen Nani

Saga de "El Padrino"
La música, para mí, pertenece al mundo del misterio, de lo inasible. La disfruto, la siento, la aprehendo con los sentidos, con la piel, con el alma, pero no me atrevería a explicarla. Sin embargo, escribo estas líneas, inspirada por la sensación de plenitud, de gozo, que experimenté al escuchar a una joven soprano, Katherine Jenkins una noche en la que, como dice Benedetti, los ángeles hacían el amor.  Escuchaba cada una de las canciones con el alma alborotada, cuando me detuve en una en particular y presté atención. Las imágenes de la saga del Padrino fueron colmando mi imaginario mientras Katherine Jenkins me deleitaba con la música de “Parla Piú Piano.” Era como una plegaria, la versión más dulce que había escuchado del tema de amor de esta película, que paradójicamente versa sobre el odio, y la venganza. The Godfather, conocida en español como El padrino, es una película estadounidense de 1972 dirigida por Francis Ford Coppola, basada en la novela del mismo nombre de Mario Puzo. A partir de este hallazgo comienzo a entrelazar el arte. Como cuando peinaba a mi hija Constanza, dejándome ganar ahora por la nostalgia - ya tiene diecinueve años - separo tres hebras, una de música, otra de cine y la tercera de literatura, porque de alguna manera, encuentro que estas tres manifestaciones del arte comparten un mismo fin: enaltecer el alma del hombre.
Cautivada por el sentimiento de profundo bienestar que experimenté mientras escuchaba "Parla pui piano" en la voz de K. Jenkins, evoco aquellas películas que me han conmovido como por ejemplo, Doctor Zhivago. Embriagada por las imágenes de esta conmovedora producción del séptimo arte, que se va trenzando con la  banda sonora a cargo de Maurice Jarre, me doy cuenta de que no hubiera podido disfrutar de un placer semejante si el escritor ruso Boris Pasternak (Premio Nobel de Literatura 1958) no hubiera escrito esta magnífica novela.

10 oct. 2010

LEER LO QUE NO ESTÁ ESCRITO, por Cecilia Spina

Frente a un texto escrito, leído o cantado; cuento, novela o poesía, puede ocurrir que vayamos a su encuentro, lo transitemos y en la ultima nota o en la palabra final  hagamos stop, cerremos el libro, y nos quedemos rumiando la trama de la historia, o repitiendo algunos versos que quisiéramos guardar en la memoria activa, como quien los tiene ahí, al alcance de la mano para una cita apropiada, o tarareando repetidas veces un estribillo que se nos quedó prendido en el oído o en otro lugar difícil de ubicar en el cuerpo, ya sea por el ritmo, por la melodía o por esas dos o tres palabras tan bien dichas.
Ese es el efecto primero del arte: arrebatar, enmarañarnos en el texto (en el caso específico de la literatura) provocando una divina CONFUSIÓN. Confusión… confundir… mezclar…  fundir cosas diversas de manera que no puedan reconocerse o distinguirse.
Pero existe otra alternativa. Acceder a ella, supone haber tenido esa porfía del curioso, del que se está preguntando en todo momento y situación el por qué. Es el destino de quien por un momento interrumpe el vuelo mágico de la historia y se detiene porque necesita hundir los pies en la tierra abonada del escritor. Allí puede ocurrir el descubrimiento de un mundo que compite en cuanto vasto y alucinante, con la misma obra de la cual fue una simple referencia de menos de un renglón. La adicionó el inconsciente del autor sin pretensión. O tal vez, sí. Eso de la intención queda flotando como flotan las preguntas sin respuesta.
Quisiera en dos o tres entradas sucesivas en este blog, poder ejemplificar lo que digo.
Comencemos, entonces. Va aquí una experiencia personal. La viví leyendo la novela “El reflejo de las palabras” de Kader Abdolah. En un momento del relato, que transcurre en una región montañosa de la antigua Persia, en una fría noche de noviembre, una mujer está por parir en casa asistida por una comadre. Según la tradición, una vez nacido el niño nadie debe hablar, deben ser muy bien pensadas las primeras palabras que lleguen al oído del niño. El autor de esta novela dice entonces, que el patriarca de la familia, llamado Kazem Kan, eligió para tal momento un poema, los versos melodiosos de un poeta medieval: Hafiz.

4 oct. 2010

ENCANTO DE LAS ESQUINAS CON OCHAVA por María Elena Garay



Bajo la fotografía de una casa color rosa, el epígrafe: Se encontró el lugar exacto de la casa del cuento de Jorge Luis Borges “Hombre de la esquina rosada”. No más enterarme e ir a la fuente, el mismo cuento que Borges quiso que se incluyera con ese nombre en el volumen “Historia universal de la infamia” ( tuvo otros nombres con anterioridad). El mismo autor sitúa el argumento en el barrio Santa Rita “entre el camino de Gauna y el arroyo Maldonado”. Según la topografía moderna, las Avenidas Gaona y Juna B. Justo (bajo esta última, está entubado el referido arroyo). Y si bien con esas coordenadas la casa estaría sólo sobre cuatro calles, el dato no me interesó pues el mismo Borges dijo que había situado el cuento en un lugar imaginario para que no se le encontrara errores; propio del genial escritor que hace de la aproximación y la duda un auto de fe. Sí me atrajo la fotografía de la casa, típica de las edificaciones rurales de los últimos años del siglo XIX y comienzos del XX, en ochava, pintada de color rosa fuerte obtenido de la mezcla de cal y sangre bovina, según la usanza.
Pero voy al punto: la esquina y la casa en ochava o con chanflán, curioso diseño que permite ver tres dimensiones: al frente, generalmente una puerta, y las paredes laterales con sus ventanas. Tengo para mí que
en esas esquinas ocurren cosas mágicas. Borges situó allí historias de compadritos, de orilleros. No la orilla de las aguas propiamente sino el arrabal, orilla “por donde Buenos Aires se iba deshilachando hacia el norte, el oeste y el sur, regiones de casas bajas en cuyo fondo se sentía la gravitación, la presencia
de la pampa, con calles a veces sin empedrar, de altas veredas de ladrillo, con jinetes y perros” según